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El principio del placer

Llega una vez más el Mapfre Hay Festival a Cartagena y decenas de escritores conversarán sobre su oficio durante cuatro días, en los que la ciudad se convierte en una puerta abierta a ideas y opiniones inteligentes. El gran escritor inglés Ian McEwan, invitado central del evento, conversó con Arcadia por teléfono.

2010/03/16

Por Marianne Ponsford

El año antepasado, cuando comenzaron a publicarse los escalofriantes testimonios de los paramilitares en el proceso de Justicia y Paz en Colombia, el paramilitar Francisco Villalba, quien dirigió la masacre de El Aro, en Antioquia, confesó que el uso de las motosierras en el descuartizamiento de los cadáveres se había abandonado porque la motosierra se enreda en la ropa y por eso no era práctica.

En El inocente, la cuarta novela de Ian McEwan, publicada hace veinte años, en 1989, la pareja protagonista debe deshacerse de un cadáver y opta por el descuartizamiento. Durante ocho largas páginas, McEwan describe el proceso con una precisión tan minuciosa como devastadora: “Pasó la sierra sobre la parte de atrás de la rodilla. Se atascó inmediatamente. Era la tela, y debajo, los tendones como cuerdas. Levantó la sierra y, sin mirar los dientes, la colocó en posición de nuevo y trató de tirar de ella hacia sí. Sucedió lo mismo”.

¿Cómo pudo McEwan saber un detalle tan escabrosamente exacto? ¿Cómo es posible que supiera que la sierra se atasca en la ropa de un cadáver?

Fue justamente esa implacable precisión de paciente relojero suizo, aplicada a temáticas tan macabras que le merecieron el sobrenombre Ian McAbre, la marca de agua de la presentación en sociedad de su escritura en 1978: una precisión incisiva, meticulosa y brutal. Leer los primeros cuentos y novelas de Ian McEwan es vivir una experiencia tan perturbadora como fascinante, y tan incómoda como poderosa. En aquella primera prosa, las temáticas de McEwan se hundían en los rincones más secretos y depravados de la sexualidad humana, desde el incesto en El jardín de cemento hasta el tenebroso eco de las orgías sangrientas de El placer del viajero. Y algo extraño y brillante en el fondo de su escritura tenía el anzuelo de una seducción tan abrumadora, que arrastraba al lector consigo en una batalla digna de El viejo y el mar.

McEwan recibió el beneplácito de la crítica muy pronto en su carrera. El gran crítico inglés V.S. Pritchett le dedicó una elogiosísima reseña en 1980 en The New York Review of Books, que lo puso en la órbita de los escritores jóvenes que había que leer. Tenía en ese entonces apenas 30 años.

Había nacido en Aldershot, al sur de Londres, en 1948, pero pasó su infancia como tantos expatriados de su tiempo fuera de Gran Bretaña. “Solo pasé los primeros dos o tres años de mi vida en Inglaterra. Mi padre era soldado, y viajamos mucho. Vivimos primero en el Lejano Oriente, en Singapur, y luego en el norte de África, en Libia, un país que adoré de niño. Luego fui a un internado en Inglaterra” –me dice en la entrevista telefónica que concedió para Arcadia–. Su voz es sorprendentemente cálida y cercana, y siento al otro lado de la línea a un hombre concentrado, dispuesto a dar respuestas genuinas. Forma las frases con una lentitud calmada, alargando las vocales de una palabra mientras su cabeza busca cuidadosa la otra, la palabra más exacta posible. De inmediato uno percibe con sorpresa que las miles de entrevistas que ha dado en su carrera, a interlocutores tan serios como Richard Dawkins o Steven Pinker, no han hecho de él un divo insoportable, como ha sucedido con tantos escritores latinoamericanos.

“Para entonces, en la década de los sesenta, Gran Bretaña estaba disfrutando de una especie de recuperación de la guerra. Mi familia no era en absoluto rica, nadie lo es con el sueldo de un soldado, pero había suficiente para comer. Y sí, podría decir que tuve una infancia muy feliz”. McEwan fue uno de esos niños con pecas y orejas puntiagudas que armaba modelos de los aviones de la Segunda Guerra y aprendía el código Morse. “Es cierto que crecí con la sombra de la guerra. Pero es que esa sombra dominaba todas las vidas. La generación de mi padre fue completamente moldeada por la guerra, y todos mis profesores del colegio eran ex soldados; durante los primeros veinte años después de la guerra uno tenía la sensación de que todo el mundo acababa de quitarse el uniforme”.

Pero hacia comienzos de los sesenta existía la sensación generalizada de bienestar, reflejada en la famosa frase del Primer Ministro Harold McMillan, de que “la gente nunca había estado tan bien”.

La novela que catapultó a McEwan al podio de los grandes escritores vivos se llama Expiación. Antes de publicarla, McEwan había escrito otras tres novelas que confirmaron su prestigio, Perros negros, Amor perdurable y Ámsterdam. De Amor perdurable se suele decir que sus primeras páginas están fácilmente entre las más hermosas de la prosa inglesa. Puedo dar fe de que son de una belleza extraordinaria.

McEwan protagonizó un rifirrafe literario en la prensa cuando ganó en 1998 el archifamoso Premio Booker en Gran Bretaña con Ámsterdam, una deliciosa obra no muy bien recibida por la crítica, en la que McEwan cambió su universo macabro por el de la comedia –aunque no muchos la llamarían así–. Con una trama de rivalidades entre dos muy británicos amigos, incursionó en el mundo del poder inglés y dibujó un panorama tan burlesco como escandaloso de los políticos conservadores. Lo que molestó a los reseñistas de libros fue el viraje del escritor. Criticaron el aburguesamiento de sus temáticas, y le dieron un palo tremendo a lo que llamaron “su domesticación”.

Pero el Booker es un premio poderoso. Las ventas de sus libros se multiplicaron y los ojos de los lectores esperaron con avidez su siguiente obra y entonces llegó Expiación, publicada hace ocho años y llevada al cine por Joe Wrigth. La novela vendió millones de ejemplares y convirtió a McEwan en el escritor nacional. Expiación es una novela sobre la responsabilidad moral de nuestros actos. McEwan, extremista que es, somete a su personaje principal, la niña Briony Tallis, a un castigo brutal por una mentira infantil que tiene consecuencias desastrosas. La novela narra con una brillantez casi insoportable el desastre de Dunquerque, aquella catástrofe bélica que despertó a los británicos a la realidad de la guerra. Tal vez por eso tocó una fibra profunda en una psique nacional, orgullosa de su papel en la Segunda Guerra Mundial. “Sí, todavía está ahí, yo lo siento, un sentido fuerte de orgullo ante el hecho de que en 1940, Gran Bretaña era la única democracia de Europa, y luchó por mantenerla. Claro que los países ocupados tuvieron una experiencia mucho más amarga de la guerra; nosotros no tuvimos ni las traiciones ni el dolor que vivieron los países ocupados por un enemigo extranjero como les pasó a Francia y Polonia. La Segunda Guerra Mundial es todavía muy poderosa en la narrativa nacional. Cuando un historiador escribe un libro sobre esa guerra es muy leído aquí, así que aún se mantiene como una parte crucial de la idea de sí misma que tiene Gran Bretaña como nación.

Sábado, su siguiente novela, fue publicada tras el 11 de Septiembre. McEwan dice que en esa novela intentó tocar un cierto grado de culpa liberal. “Yo quería decir: así somos en Occidente… Tenemos mucho, y en la lucha por defenderlo podemos ser muy crueles; algunas personas se vieron reflejadas allí; en países como Inglaterra y Estados Unidos la gente suele creer que tiene tantos problemas como los otros, pero no es cierto. Y ya ve, a alguna gente le dio rabia. La novela trata de contar la vida de un hombre satisfecho que súbitamente se ve obligado a sentir ansiedad por el estado del mundo. Ya sabe, 85% de la población británica vive bastante bien… Este es un tema difícil… la felicidad es un tema difícil en la literatura”.

“Sí, a mis personajes les suceden muchas cosas terribles, pero cuando me atreví a ser bueno con uno de mis personajes, en Sábado, los lectores protestaron. Le di a Henry Perowne una gran casa, muchísimo dinero, una esposa que adoraba…, ¡y algunos lectores se pusieron furiosos! Durante toda mi vida de escritor a mis personajes les sucedían cosas horribles y a nadie le importaba. Apenas le di a un personaje un poco de comodidad, se armó Troya”.

Aunque él no está de acuerdo, el estilo de McEwan es elegante y silencioso. O por lo menos, no es extravagante como el de Salman Rushdie o William Ospina o García Márquez. Pero tal vez por eso mismo, le gusta leer a los escritores que él considera “grandes performers” como Nabokov, Updike y Saul Bellow. “Ellos son como artistas del trapecio. Hace poco volví a leer El amor en los tiempos del cólera. La primera vez que la leí no me gustó, pero ahora la verdad es que me sedujo. Me fascinaron esas imágenes de un mundo en el que es tan difícil que algo cambie. Ese olor a podredumbre, esos interiores desvencijados de mansiones sombrías, y la desesperanza de un amor que se atreve a durar toda la vida”.

McEwan es un lector voraz. La última novela que leyó es Summertime, la recién publicada última parte de la trilogía autobiográfica de Coetzee. “No lloré, pero recuerdo que al final tenía un nudo en la garganta, en parte de pura admiración, y en parte por gratitud, por una extraordinaria sensación de triunfo del escritor”.

McEwan es un hombre racionalista y, por supuesto, ateo. Detesta las religiones y las utopías. Ha estado en las Islas Galápagos y en el Canal del Beagle, siguiendo las huellas de Darwin. Y es poco romántico a la hora de pensar en el poder de la literatura. “Yo no dudo del poder del lenguaje, pero a veces tengo una frustración con la literatura. Una sensación de que no logra todo lo que desea lograr. Que lucha. Poner cada emoción, cada sensación y cada pensamiento en palabras es tan difícil. Y sí, si sufro de dudas pero supongo que es parte del proceso de escribir. Aunque, sabe, a veces los escritores cometemos el error de creer que es imposible vivir sin la literatura. Yo conozco gente que nunca ha abierto un libro y es compasiva, inteligente, graciosa… Hay que tener cuidado. Tal vez sea un problema común a todas las profesiones, cirujanos, economistas y novelistas, eso de creer que lo que uno hace es una actividad central para el mundo y que todo lo demás es brumoso o secundario”.

Pero aún así, su visión de su oficio poco tiene que ver con esa angustia existencialista que conforma un acendrado estereotipo literario en nuestras latitudes: “Muchos escritores pueden ser infelices, pero el oficio de sentarse a escribir palabras cada día es un acto optimista porque uno cree que lo que hace resistirá el paso del tiempo y que existirá independientemente de uno. Todo arte contiene la semilla del optimismo. Todo acto creativo lo tiene, y por supuesto incluyo el científico”.

Para McEwan, “de la literatura tomamos un sentido más refinado de quiénes somos, en términos de nuestras emociones privadas o de nuestra relación con los otros, con la sociedad o con el Estado. Lo que pasa es que nunca deberíamos olvidar que en el centro de todo está el principio del placer. Tiene que haber placer en la literatura. Si no lo hay, está muerta. Y a veces olvidamos esto. Peor para nosotros”.

Después de tantos años publicando con regularidad una novela tras otra, libretos para ópera, cuentos y ensayos, las cosas no se vuelven más fáciles para McEwan, “pero tampoco más difíciles. Cuando comienzo a escribir una novela, siento que tengo 23 años otra vez y que me enfrento a mi primer libro. Siento que tengo que comenzar a aprender a escribir una vez más. Simplemente tengo la sensación de que estoy en las estribaciones de una montaña, cuya cima no se ve, y que va a ser un viaje largo. Un viaje que me enseñará a escribir ese libro, pero no otro. Cuando cierro la puerta de mi estudio el mundo se sume en el silencio. Y deja de perturbarme”.

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