RevistaArcadia.com

El Tiempo sí se detuvo

El historiador César Augusto Ayala acaba de publicar un libro según el cual el sesgo político de El Tiempo durante el Frente Nacional pudo haber atizado la violencia política que hoy se padece.

2010/03/15

Por Daniel Pacheco

Después de los años de la violencia bipartidista, cuando al menos 300.000 colombianos murieron en la guerra atizada por las élites de los partidos Liberal y Conservador, y luego de cuatro años de la dictadura militar de Gustavo Rojas Pinilla, nació el Frente Nacional. Los principios de este acuerdo, pactado en medio del gran guayabo de las élites políticas de ambos partidos por sus culpas durante la Violencia, fueron la repartición milimétrica de la torta burocrática entre unos y otros. El sistema consistió en presentar un candidato único entre los dos partidos, alternando entre un liberal y un conservador cada cuatro años. En 1962 le llegó el turno a Guillermo León Valencia, del Partido Conservador, quien recibió un fervoroso apoyo del diario El Tiempo, un diario liberal.

El Frente Nacional fue una manera de instaurar de nuevo la democracia, luego de la dictadura del general Rojas Pinilla en la cual se censuró a la prensa. Sin embargo, fue un retorno con ambigüedades graves. El temor a volver a despertar los brotes de violencia bipartidista hizo que los dos partidos dominantes renunciaran a enfrentarse entre sí en las elecciones. En ese contexto, el Frente Nacional fue, en palabras del historiador Francisco Gutiérrez, un “pacto defensivo”: contra la violencia, contra la dictadura y contra el comunismo. Y la estrategia del diario El Tiempo para defender el pacto fue la probada táctica del fútbol: la mejor defensa es el ataque.

Hace un mes se publicó Exclusión, discriminación y abuso de poder en El Tiempo del Frente Nacional, un estudio del historiador de la Universidad Nacional César Augusto Ayala. Ayala se dedicó durante varios años a analizar el cubrimiento que El Tiempo hizo de las elecciones legislativas y presidenciales de 1962, cuando el Frente Nacional se jugaba su segunda elección. Su investigación se centró en las noticias, editoriales y caricaturas publicadas entre el 1 de enero y el 15 de mayo, de ese año, y lo que en ellas se publicó sobre los dos principales candidatos que se oponían al Frente Nacional: el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), de Alfonso López Michelsen, y la Alianza Nacional Popular (Anapo), de Gustavo Rojas Pinilla.

Ayala utilizó para su investigación el método del lingüista holandés Teun van Dijk, Análisis Crítico del Discurso (ACD), para investigar los problemas sociales y políticos de la historia colombiana relacionados con el ejercicio del poder por medio del discurso. En palabras más sencillas, lo que este libro busca es entender cómo el lenguaje público, en este caso el lenguaje utilizado por los medios de comunicación, utilizó estrategias para influir sobre las actitudes, opiniones y criterios de las personas. En el fondo de esta búsqueda existe una suposición básica para los estudiosos del ACD, y muy relevante para las sociedades democráticas: el discurso, en palabras e imágenes, tiene efectos en cómo nos comportamos. Lo que los medios transmiten se incrusta en nuestra mente y genera procesos mentales que nos predeterminan a actuar de una manera u otra.

La democracia caníbal

El corazón de la tesis de Ayala sobre los abusos de poder de El Tiempo “es que extirpa las posibilidades de una democracia plural”. La defensa del Frente Nacional, jurado propósito del periódico (“El Tiempo está al servicio de los ideales de fe democrática y solidaridad patriótica que el Frente Nacional preconiza...” se lee en la primera página de las ediciones de domingo en esta época), se canalizó por la creación de y el ataque a un enemigo interno. Este fenómeno fue el que hizo que Ayala estudiara el discurso de 1962, pues fue en esas elecciones cuando por primera vez “se comenzó a construir una noción de miedo y amenaza dentro del mismo país por medio del discurso”.

De esta noción surgió una tesis ampliamente discutida en la historia colombiana, sobre los efectos que este pacto político tuvo en el conflicto posterior del país. Para Ayala, “la guerrilla viene de la autoexclusión” que el Frente Nacional impuso en la democracia. Aunque esta tesis es discutida por historiadores como Francisco Gutiérrez y Daniel Pecault, es fundamental para entender por qué Ayala juzga el uso del discurso en El Tiempo como un abuso de poder. Un uso incluyente del discurso por parte de El Tiempo en el 62 tal vez habría contribuido crear una democracia plural e incluyente, lo que a su vez, habría evitado las injusticias sociales que fomentaron la creación de las guerrillas.

Usos y abusos de poder

En la obra de Van Dijk, la noción de abuso de poder está directamente ligada con el uso de ciertos discursos para “reproducir la desigualdad y la injusticia”. Aquí el problema está en distinguir cuándo el uso de un discurso se convierte en un abuso de poder. La tarea de hacerlo no es fácil, pues como dice Ayala, “todo discurso tiene una pretensión de poder”. Visto de manera más simple, lo que dice esto es que todo acto de comunicación pretende en el fondo convencer a las personas de hacer algo o pensar algo. La pregunta es: ¿cuándo se vuelve abusivo el uso del discurso para persuadir?

Por ejemplo, si El Tiempo era abiertamente el órgano del Frente Nacional, ¿por qué es entonces abusivo que trate de convencer a los ciudadanos de que la Anapo y el MRL son una mala opción para la democracia? Para explicar este punto Ayala pone el ejemplo de una entrevista entre Patricia Janiot, de la cadena de noticias cnn, con el presidente de Venezuela Hugo Chávez. Janiot le pregunta a Chávez por qué se queja del cubrimiento de los medios de la revolución bolivariana si CNN hace notas constantes sobre lo que pasa en Venezuela. Chávez contesta que el problema no es que se cubra la revolución, sino cómo se cubre.

Discriminación y exclusión de Rojas Pinilla y el MRL

En efecto, Ayala muestra que la Anapo de Rojas y el MRL de López son temas constantes en las páginas de El Tiempo. Sin embargo, en la forma sistemática como el periódico informa sobre ellos se encuentran elementos que inducen ?a los ciudadanos a temer y a odiar a otros miembros de la sociedad colombiana que solo buscaban abrirse un espacio en la democracia. Un buen ejemplo aparece en el editorial del 30 de abril de 1962, citado en el libro de Ayala: “…nuestros compatriotas van a decidir entre Guillermo León Valencia, que representa la concordia, la paz y el Frente Nacional; Jorge Leyva, que significa el sectarismo; Alfonso López Michelsen que simboliza la amenaza marxista, y Gustavo Rojas Pinilla, que augura la repetición de épocas amargas para la Patria”.

En “este sistema —escribe Ayala—, los titulares y los contenidos de las noticias preparaban el campo de la recepción, luego un editorial pontificaba sobre el asunto y, finalmente, la caricatura reafirmaba el acto de habla”. La virtud de este estudio es mostrar cómo esos ataques no eran dirigidos desde la ceguera de odio, sino con una frialdad calculada e intencional para eliminar al enemigo. Y esto se hace evidente en cómo se desplazó la opinión del diario en contra de López Michelsen al considerarlo una mayor amenaza que la Anapo. El 44% de los editoriales después de las legislativas se fijaron en el MRL y sólo 20% en la Anapo. Luego de las elecciones legislativas de marzo, en las que el MRL obtuvo 601.926 votos mientras que la Anapo consiguió 115.587.

Si el abuso del poder de El Tiempo contribuyó a crear las guerrillas, como sostiene Ayala, y con ella el germen de muchos de nuestros males, es una discusión histórica que se seguirá dando gracias a trabajos como este. Pero el tema del poder y los medios tiene una relevancia actual. Ayala dice que la única diferencia entre El Tiempo de hoy y el de 1962 es que “el de antes era mejor”. Esta afirmación se puede interpretar de dos formas. Primero, que hoy El Tiempo, y para el caso cualquier otro miembro de la “gran prensa”, tiene peores estrategas a su cargo. O, segundo, que sin asumir estrategias claras, reproduce discursos de otros poderes en su afán por llenar páginas con menos redactores, en un mundo de noticias más inmediatas.

A pesar de la percepción común, los medios de hoy parecen encajar mejor en el segundo caso. No hay tanto maquiavelismo explícito como la gente cree, aunque tampoco se puede negar de tajo el afán de autoprotección de una comunidad que busca perpetuar sus fueros. Pero lo que resulta realmente preocupante sería la sospecha del uso y el abuso de medios incautos por parte del poder.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.