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El último de los clásicos

Hernán A. Melo Velásquez hace un homenaje a Julien Gracq (27 de julio de 1910- 23 de diciembre de 2007)

2010/03/15

Por Hernán A. Melo Velásquez

Desde el comienzo de su carrera Julien Gracq asumió que un escritor debía desaparecer detrás de su obra. Tanto se eclipsó detrás de sus libros que se erigió, sin procurarlo, en nuevo mito literario contemporáneo. Esa misma discreción reiterada lo llevó a rechazar el Premio Goncourt –el más importante de las letras francesas– en 1951 por su novela El mar de las Sirtes, en el que una vez más apela a sus temas recurrentes: la espera, la decadencia y el enfrentamiento con algo que va a llegar.

Irremediablemente este rechazo terminó por hacerlo aún más célebre. En esto consistía la paradoja de su vida: alejándose, se hacía más notorio. Hasta que por fin un día, desilusionado, dejó de publicar para consumar su muerte literaria.

Un año antes de su nominación al Goncourt había consignado ya su postura con la publicación de La literatura en el estómago, un breve e incendiario panfleto de 74 páginas que originó un escándalo en el círculo editorial por referirse a lo que él denominó “el pequeño juego literario”, una teoría sobre los autores de culto creados por ruido mediático. “Julien Gracq era el último de nuestros clásicos, un escritor de otros tiempos, anterior al imperio de los medios de comunicación y a la derrota del estilo”, afirmó, tras su muerte el 23 de diciembre del año pasado, el editorial de la revista francesa Magazine Littéraire.

Julien Gracq –pseudónimo que elegiría Louis Poirier en homenaje al héroe de Rojo y Negro de Stendhal–, huyó siempre de la notoriedad, y se confinó en Saint-Florent-le-Vieil, su ciudad natal, a orillas del río Loira. Allí vivió en un austero retiro –ya legendario– hasta su muerte, aquejado de una hemorragia estomacal a los 97 años. Sin embargo, y a pesar de este aislamiento deliberado, solía recibir a ciertos lectores entusiastas que, por medio de una emotiva carta, obtenían el privilegio de visitarlo.

Su carácter y rigor hacían de él un personaje controvertido. Siendo teniente de infantería cayó prisionero en junio de 1940, pero más tarde fue liberado porque los nazis lo creyeron tuberculoso. Un compañero de reclusión contó que sobresalió entre los demás presos porque “fue para todos un motivo permanente de irritación y de admiración. Cuando todos detestábamos el campo de reclusión, ese Gracq, el más individualista, el más anticomunitario de todos, estaba allí dentro como sostenido por su desprecio, sin dejarse afectar por nada”.

Antes de la guerra, Gracq había remitido su primer manuscrito, El castillo de Argol, a la prestigiosa editorial Gallimard que posteriormente rechazó publicarlo. Tras este fracaso el editor José Corti –quien se convertiría en entrañable amigo– relató en sus memorias cómo en 1938 recibió por correo, acompañado por una carta escrita con tinta verde, un manuscrito que lo entusiasmó.

Nadie duda que desde su primer libro Julien Gracq pretendió alcanzar su originalidad a partir de una mezcla de emoción y distancia. Al igual que Edgar Allan Poe, manifestaba una especie de respeto e irrespeto por lo fantástico, a la vez inaccesible y cotidiano.

Sin el dinero suficiente para publicarlo, Corti se vio obligado a pedir al autor –temiendo que rehusara– que participara en los gastos. No obstante, para su sorpresa, Gracq no solo aceptó sino que mostró una fidelidad inquebrantable hacia la editorial, que duró hasta el final de su vida. Prueba de ello fue su resistencia a toda edición de bolsillo ofrecida por otras editoriales y que le asegurarían onerosos ingresos.

Corti lo recordó así: “Uno veía a un hombre de una elegancia sobria. Era un hombre del cual una síntesis solo podría definir como normal en todo. […] Gracq no es un hombre de conversación de salón. Es un hombre de tête-à-tête; aquel que busca en el interlocutor esa parte de singular, esa parte de humanidad que puede interesarle. […] Él decepcionará a todo aquel que busca en su conversación algo de la poesía de su obra, que espera que brote al fin la improvisación brillante donde estallará el espíritu, el humor, el gran rasgo de libertad”.

Sus gustos literarios eran claros. Corti aseguraba que Gracq “prefiere a Stendhal y a Balzac por encima de Flaubert, tiene una relación complicada con Proust, de quien dice ‘lo admiro. Pero no sé si me gusta’. Detesta a Sartre y se burla del llamado Nouveau Roman, adora a Nerval, Tolkien y Julio Verne explicando ‘yo lo idolatro, un poco filialmente. No puedo soportar que se hable mal de él. Sus defectos y su imperfección me ablandan’”.

Desde 1950 Julien Gracq, siendo ya célebre, combatía las nuevas amenazas contra la literatura: la nivelación por lo bajo, el avasallamiento de los espíritus, la aparición de un público desorientado –que no lee– y el hecho de que el nombre del autor representara un valor comercial. En resumen, un autor-vedette reducido a ser una figura de actualidad que produce literatura como se sirve y vuelve a servir un plato comestible que acaba fastidiando. Por eso Gracq prefería el ayuno mediático.

La paradoja es que su deceso ocasionó un despliegue que a él le hubiera producido dolor de estómago: su desaparición ocasionó un renovado entusiasmo en los lectores, y se produjo una especie de cita póstuma. Su partida adquirió también pues, en cierta manera, un carácter reivindicativo para su obra. Hoy el espacio de sus obras en las estanterías de las librerías es más importante y las ediciones se agotan.

El poeta y dramaturgo francés Alfred de Vigny dijo que la obra literaria es como un mensaje que el poeta deja encerrado en una botella para que el porvenir lo recoja. La botella que dejó Gracq cruza ya hacia nosotros por El mar de las Sirtes.

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