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El viaje final

Hernán Ortiz rinde homenaje a uno de los escritores más importantes de ciencia ficción , Arthur C. Clarke (1917- 2008)

2010/03/15

Por Hernán Ortiz

Arthur C. Clarke, uno de los más reconocidos escritores de ciencia ficción de todos los tiempos, visionario, físico, matemático, inventor del concepto de satélites geoestacionarios de comunicación (la órbita de Clarke fue bautizada en su honor, al igual que una nave espacial, un asteroide y hasta una especie de dinosaurio), y fuente de inspiración para millones de científicos –entre ellos Tim Berners-Lee, que inventó la World Wide Web inspirado en su cuento Marque F. para Frankenstein–, murió el pasado 19 de marzo debido a un paro cardiorrespiratorio en su casa de Sri Lanka, donde había vivido desde 1956.

Sir Arthur Clarke, que nació en Inglaterra, participó en la Segunda Guerra Mundial, y fue nombrado en 1998 Caballero del Imperio Británico, había cumplido 90 años el pasado diciembre. Ese día dijo que no se sentía ni un día más viejo que cuando cumplió 89, y pidió tres deseos en voz alta: que la Sri Lanka étnicamente dividida encuentre la paz, que el mundo adopte recursos de energía más limpios y que los seres extraterrestres nos den una señal inequívoca de su existencia. “Siempre he creído que no estamos solos en el universo”, dijo Clarke, sentado en la silla de ruedas a la que había estado anclado desde hacía años debido los efectos del Síndrome Postpolio.

Y ahora Arthur C. Clarke, “padre de la revolución satelital”, “poeta laureado de la era espacial”, comentarista de la misión Apolo a finales de los sesenta y presentador de dos series de televisión sobre misterios de la ciencia, está muerto. Arthur C. Clarke está muerto y su ADN viajando a algún lugar del espacio. No es metáfora: una muestra del pelo de Sir Arthur Clarke hizo un vuelo suborbital el año pasado. Cuando el vuelo finalizó, la cápsula fue recuperada, y ahora el pelo se dividirá en dos partes: una para enviar a la luna en los próximos años con el vuelo del Premio Google Lunar X, y otra para un viaje más largo al espacio profundo. La propuesta, que hace parte del proyecto Team Encounter para enviar muestras de ADN a las estrellas, fue aceptada con gusto por Clarke, quien dijo: “Algún día, una supercivilización podría encontrar esta reliquia perteneciente a una especie desaparecida y yo podría existir en otro tiempo”. Clarke especulaba que de esta forma podía recrearse un ser física y mentalmente, y junto a la muestra de ADN, adjuntó una nota escrita a mano: “Que te vaya bien, mi clon”.

Buzz Aldrin, uno de los astronautas que caminó en la Luna en la misión Apolo 11, dijo que “la visión positiva del futuro de Sir Arthur entusiasmó a generaciones con respecto a la exploración espacial, e inspiró a millones de personas a ejercer carreras científicas”. La NASA también dijo que una multitud de jóvenes fue inspirada por su “visión optimista de cómo los viajes espaciales podrían transformar sociedades, economías y al mismísimo ser humano”. Y tal vez ninguna civilización extraterrestre lo clone, pero sus ideas seguirán palpitando y respirando en la cultura, y el mundo que se imaginó cada vez se hará más real. El concepto del ascensor espacial, popularizado en su novela Fuentes del Paraíso (1979) como una eficiente alternativa a los cohetes, se ha convertido en un nuevo campo de estudio en la ciencia. Y sus más de cien obras (entre las que se destacan Cita con Rama, El fin de la infancia, Los nueve mil millones de nombres de Dios, La ciudad y las estrellas y Cánticos de la lejana tierra) exploran las posibilidades de la innovación humana en términos de ciencia y tecnología, y los efectos de estas innovaciones en el hombre, llegando a preocuparse incluso por los aspectos espirituales.

Pero no hubo rituales religiosos de ningún tipo en el funeral de Arthur C. Clarke. Él sostenía que “la religión es un mal necesario en la niñez de nuestra particular especie”, y había dejado instrucciones para que en su funeral sonara la música de 2001: una Odisea del Espacio, película cuyo guión escribió conjuntamente con el director Stanley Kubrick. Este guión, inspirado en el cuento El Centinela, exploraba, entre otras cosas, los efectos de una inteligencia artificial que adaptaba características humanas hasta el punto de tener miedo de que le borraran los recuerdos, el contacto de la humanidad con una inteligencia extraterrestre, y el lugar del hombre en el universo, en un viaje desde el espacio conocido hasta el infinito: un lugar extraño y simbólico donde el protagonista experimenta un encuentro con lo divino. Paralelamente al guión, Arthur C. Clarke escribió la novela 2001, a la que le siguieron 2010, 2061 y 3001: La Odisea Final.

Clarke fue un escritor muy prolífico, y su última novela, The Last Theorem, co-escrita con Frederick Pohl, será publicada este año.

“Algunas veces me preguntan cómo me gustaría ser recordado”, dijo Sir Arthur Clarke en su último cumpleaños. “He tenido una carrera diversa: escritor, explorador submarino, promotor espacial y divulgador científico. Y de todas ellas, desearía ser recordado como escritor: uno que entretuvo a sus lectores y que, espero, logró estimular su imaginación”.

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