RevistaArcadia.com

Entonces, hijo mío, renuncia a la felicidad

La infancia parece ser un tema que la literatura contemporánea ha recuperado. Aquella época en la que para muchos está situada la felicidad, para los personajes de tres novelas recientes es el encuentro con la tristeza del mundo de los adultos.

2010/03/15

Por Conrado Zuluaga

El lugar común pregona que la infancia y la adolescencia son las épocas más felices. Como si ese espacio fuera el país de jauja, allí se vive —insiste el lugar común— lejos de toda preocupación, ajeno a cualquier incertidumbre, libre de cualquier estrechez.

Sin embargo, algunos novelistas se empeñan en mostrar que no es así; que, al contrario, puede ser uno de los períodos más desesperantemente tristes y solitarios. Como si la frase inicial de Paul Nizan en Aden Arabia: “Yo tuve veinte años. No permitiré a nadie decir que esa es la edad más hermosa de la vida”, cubriera todo el período comprendido entre el nacimiento y la edad adulta.

Varias novelas en los últimos años abordan esa perspectiva y todas ellas han alcanzado cierta notoriedad. Hay en ellas una visión devastadora de la infancia y la adolescencia, un mundo o una época desgarrada. Una especie de tierra de nadie en donde la infancia ha sido corrompida debido a las situaciones generadas por los adultos que lo han echado todo a perder.

Tres aparecieron en sus idiomas originales en el 2006, las tres se encuentran traducidas al español y su publicación ha constituido, al igual que en otros idiomas, un acontecimiento literario. Solo en el mundo, primera novela del escritor nacido en Nueva York, de origen libio, Hisham Matar y El niño con el pijama a rayas, del autor irlandés John Boyne, aparecieron en febrero de 2007. La tercera, Cómo el soldado repara el gramófono, del escritor bosnio (bosnio por su padre, serbio por su madre) Saša Stanišicc, también es su primera novela, y los lectores le han brindado una calurosa acogida.

Bruno, el niño que tiene al otro lado de la alambrada un amigo llamado Shmuel y que “usa” un pijama a rayas, apenas ha cumplido nueve años; la misma edad de Solimán (o Sluma, como lo llama su madre) en la Libia que Gaddafi gobierna con mano déspota. A su vez, Aleksandar, el chico nacido en Visegrado (hoy ciudad de Bosnia-Herzegovina) es un poco mayor, ha cumplido doce cuando tiene que huir de su tierra, de su ciudad, de su entrañable Yugoslavia, a punto de convertirse en seis países distintos.

Estos son los protagonistas de tres historias que tienen un común denominador: son relatos conmovedores, contados con un dramatismo contenido y severo, sin aspavientos sentimentales ni alharacas técnicas. Aquí no hay glamour a la caza del lector impresionable propenso a la lágrima fácil, ni exhibicionismo literario para asombrar incautos. Y eso obedece a que son historias honestas y, por tanto, no requieren de trucos para atrapar la atención del lector.

Tres relatos en donde el dolor, la decepción, la frustración, la pregunta sin respuesta, la duda, la identidad, el perdón, la intolerancia, el abuso, la traición y la incertidumbre son la moneda de todos los días. Y los niños, en la medida en que crecen, en la medida en que se preguntan e intentan descubrir de qué material están hechos el mundo y los hombres, tienen que aprender a trajinar esos enlodados conceptos. Pero no son estas novelas, como puede aventurar alguien de forma apresurada, libros que contengan fervorosas denuncias o encendidos alegatos moralistas en pro de la niñez en el mundo. El alegato, la discusión, el diálogo, están en la conciencia de cada uno de los personajes, en particular de los protagonistas. Son, pues, debates consigo mismos, preguntas sin respuesta que los obligan a una asunción de responsabilidades y normas y gestos y actitudes —sin tener a veces conciencia plena de lo que hacen— que los colocan frente a situaciones límite en donde, en la mayoría de las ocasiones, la pérdida de un ser querido o la muerte de ellos mismos es el único fin posible. Y comprenden entonces que si bien hay que temer a la muerte, también hay que ser capaz incluso de cantar bajo la amenaza de su espada. Como lo hizo Sherezade durante muchas noches, a sabiendas de que cada una de esas noches podía ser la última.

Mientras observa cómo su madre es consumida por el alcohol y su padre desaparece una temporada en las mazmorras del régimen, Solimán se pregunta de dónde sacaba Sherezade el valor para contar. La misma pregunta que deben hacerse todos los lectores: ¿de dónde sacan el valor estos chicos para afrontar un campo de concentración como Auschwitz, un régimen dictatorial y represivo como el de Gaddafi, que transmite por la televisión las ejecuciones en la horca de sus enemigos políticos, o una guerra fratricida como la que destrozó física y moralmente los Balcanes?

¿De dónde salen la fuerza, el valor y el coraje de estos niños? Una buena parte de esa fuerza surge del desconocimiento de las circunstancias y las implicaciones que provocarán sus actitudes en el odioso y mezquino tejido urdido por los adultos. De ahí que no sean calculadores ni taimados, su fuerza está más en la incertidumbre que en la esperanza. La esperanza, como dice uno de ellos, no es un invento de Dios sino de la literatura. Otra importante porción de esa dosis de coraje proviene de la imaginación, la imaginación desbordada del chico que cree que con ella puede cambiar el mundo, que nadie puede derrotar la magia y la fantasía, que la realidad es apenas el punto de apoyo para disparar la imaginación. Y, por último, de la enseñanza de alguien —mayor casi siempre— que observa con escepticismo y desdén el estado actual de cosas; que no convoca al desorden pero tampoco se acoge a las normas impuestas por los políticos o los militares; que ha alcanzado el suficiente grado de desprendimiento frente al mundo y de ascendencia sobre la comunidad, de suerte que sus opiniones son más importantes que las leyes escritas; de alguien que comprende que primero está el sentido de pertenencia y de solidaridad, antes que cualquier otro tipo de consideración.

Y, en medio de ese devenir incierto, Solimán se pregunta si él y sus amigos de infancia, serán capaces de crecer, de hacerse hombres, sin parecerse a sus padres; y Aleksandar descubre que le falta “todo lo que se necesita para contar mi historia como uno de nosotros: la valentía del Drina; la voz del halcón; el lomo de nuestras montañas duro como la roca; el talante impertérrito de Morsa y el entusiasmo de quien añora la verdad”. Bruno, por su parte, no alcanza a hacerse la pregunta. Empeñado en ayudar a su amigo Schmuel que no encuentra a su padre en el más siniestro de los campos de concentración alemanes, camina cogido de la mano de su amigo sin percatarse de que el destino final, el término de su desazón está ahí enfrente, a unos pocos pasos de él. Los tres pueden en un momento de sus trayectorias pensar como Solimán, que de haber sabido lo que les iba a ocurrir habría tomado como la opción más acertada “escapar mar adentro”.

Otra historia, tan conmovedora y dramática como las de ellos tres, es la de Michael Berg, el lector de la novela homónima del escritor alemán Bernhard Schlink. Publicada en 1997, El lector también es la historia de un muchacho de quince años, en los tiempos de la posguerra, seducido por una mujer mayor que él, a quien unos años más tarde juzgarán por sus crímenes en un campo de concentración. Un muchacho que se enfrenta a un problema de honor, no de ideologías; de dignidad, no de credos, del paradigma entre la comprensión y la condena. Al final, Michael comprende la necesidad de “inventarse” una historia para poder, después de todo, vivir consigo mismo.

Pero es Pelo de zanahoria, publicada por primera vez en 1894 y reeditada recientemente, la que alcanza una cota todavía insuperable. Han trascurrido 115 años y hoy todavía se discute si es prudente que los adolescentes lean este libro de Jules Renard que alcanzó la posteridad tan pronto como hizo su aparición.

Aquí no hay guerras, no hay marchas al exilio, no hay pérdidas de seres queridos, aquí se trata apenas de una familia compuesta por una madre, un padre y tres hermanos, de los cuales ‘Pelo de zanahoria’ es el menor. Aquí se trata de las arbitrariedades e injusticias de una familia en confabulación con una sociedad indiferente a la suerte de los pequeños. En la paz tienen lugar las escaramuzas familiares, tan devastadoras como cualquier guerra. Un breve diálogo, uno de los pocos que el padre sostiene con su hijo, revela en toda su magnitud el sombrío escenario por el que deambula agobiado ‘Pelo de zanahoria’:

—Piensas con los pies. ¿Ves claro en el fondo de los corazones? ¿Eres ya capaz de comprenderlo todo?

 —Todo lo que se refiere a mí, sí, papá; al menos lo intento.

—Entonces, hijo mío, renuncia a la felicidad. Te advierto que nunca serás más feliz que ahora. ¡Nunca, nunca!

—¡Vaya futuro!

—Resígnate, blíndate, hasta que una vez que seas mayor y dueño de ti mismo puedas emanciparte, renegar de nosotros y cambiar de familia, ya que no de carácter y de humor. Hasta entonces, intenta superarte, ahoga tu sensibilidad…

Un humor negro que opera como muro de contención ante tanta adversidad, es otro ingrediente decisivo —junto a la entereza y el valor— en la contienda que libran estos personajes. Un humor negro y una fina ironía le permiten a ‘Pelo de zanahoria’ y a Aleksandar sostenerse en sus propósitos, sortear los escollos que se presentan a diario en sus vidas cercadas por el infortunio.

Cinco relatos tremendamente humanos de muchachos a quienes les queda muy difícil comprender los ocultos móviles que arrastran los adultos. Cinco talantes dignos de admiración, ricos en su interioridad, que dejan muy atrás esos estereotipos de algunas novelas de actualidad que revelan una anemia espiritual crónica.

Ana María Moix, quien tuvo a su cargo la traducción y el prólogo de la novela de Renard, comentó en las páginas iniciales que lo único lamentable era que el autor hubiera sido incapaz de preguntarse “no tanto por qué aquella mujer (en este caso la propia madre del autor, pues Renard transcribió en la novela buena parte de su tragedia) era tan odiosa, sino por qué era tan infeliz”. Interrogante que tal vez podrían formularse los cinco personajes de estas novelas: ¿por qué los adultos son tan infelices? Pero esta es una pregunta para responder quién sabe por quién y, claro está, en otra ocasión.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.