Detalle de la portada de "Alexis o el tratado del inútil combate" de Marguerite Yourcenar.

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Giuseppe Caputo, empedernido lector y jefe de prensa de la editorial Alfaguara, comparte con los lectores sus novelas favoritas sobre el universo homosexual. Como él mismo dice, “permítanse los lectores conocerlos, no para ‘ser más cultos’, sino para sentirse traducidos, para acercarse a sus propias almas“.

2010/06/22

Por Giuseppe Caputo

Despertando

Confesiones de una máscara, de Yukio Mishima

El protagonista es un insólito niño que durante años afirmó que podía recordar lo que había visto al momento de nacer. A los cuatro años quedó “ahogado por el deseo” al toparse con un joven que cargaba sobre su hombro un pedazo de madera. Se convierte en un adolescente aturdido, excitado por las flechas clavadas en el cuerpo de San Sebastián. Imágenes todas que dieron inicio a sus fantasías sádicas, a su deseo de cargar un dolor en el cuerpo.

Y luego siga con: Confusión de sentimientos, de Stefan Zweig, y Nadan dos chicos, de Jamie O’Neill.

En prisiones o encierros

El beso de la mujer araña, de Manuel Puig

“Es que siento unas cosas raras”, le dice Molina a Valentín, su compañero de celda. El primero es homosexual y está preso por ser un presunto corruptor de menores. El segundo, por subversivo. Ambos comparten su soledad y el miedo a la tortura. Para pasar el tiempo conversan de todo y de nada. Poco a poco se van confesando, acercando, hasta que llegan a protagonizar una escena de sexo absolutamente sobrecogedora.

Y luego siga con: El milagro de la rosa y Santa María de las flores, de Jean Genet, y El lugar sin límites, de José Donoso.

Sexo

Prince y Léonardours, de Mathieu Lindon

Con Prince y Léonardours, soldados y novios en una guerra sanguinolenta, es posible vivir momentos hermosamente pornográficos. Cualquier apreciación que pueda hacerse sobre la novela, cualquier aplauso, se queda corto. Mejor compartir una de las mejores escenas: “El soldado le empuja brutalmente por detrás, y Prince cae de rodillas en el fango, trabado. Levanta las nalgas. A su alrededor se amontonan los cadáveres (…) Primero penetra a Prince con el cañón del revolver. Queda una sola bala en el cargador, y al soldado se le ocurre una partida de ruleta rusa. Prince no quiere, pero juegan igualmente. La bala no sale”.

Y luego siga con: Amado mío, de Pier Paolo Pasolini; La noche es virgen, de Jaime Bayly; Aprendices de brujo, de Antonio Orlando Rodríguez; y La biblioteca de la piscina, de Allan Hollinghurst.

Liberándose

Maurice, de E.M. Forster

Aunque Forster no se atrevió a publicar este libro en vida, la historia del joven Maurice es muy liberadora. Rodeado de personas convencionales, se atrevió a tener una colección de pensamientos sucios y olvidó, con catorce años cumplidos, “que alguna vez había carecido de sexo”. Cuando le dijeron: “Todo es correcto en el mundo. ¡Varón y hembra! ¡Qué maravilla!”, él respondió: “Creo que nunca me voy a casar”.

Y luego siga con: Martin Bauman, de David Leavitt, y El nido de la serpiente, de Pedro Juan Gutiérrez.

Defendiéndose

Al diablo la maldita primavera, de Alonso Sánchez Baute

Edwin Rodríguez Buelvas comprendió “desde pelaíto” que su “rollo” era con los hombres, que sería “la oveja rosada” de su familia. También le dijo a un castrador castrado que “los libros que tiene de pared a pared nunca jamás le enseñaron a no sentirse acomplejado por ser homosexual ni, muchísimo menos, le enseñaron el significado de la palabra humildad. Porque la humildad tiene estrecha relación con el amor propio, y cuando una no se quiere a sí misma tiene que crear mecanismos de defensa ante el resto de la humanidad. Y esto generalmente es lo que se llama arrogancia”.

Y luego siga con: Contra la homofobia, de Jeremy Bentham, y De profundis, de Oscar Wilde.

Amando

El río del tiempo, de Fernando Vallejo

“Y de rencor en rencor me fui adentrando en la noche oscura del odio, donde dispersas brillaban una que otra chispita de amor. El amor, pienso yo, sólo vale así. El que quiere a todo el mundo no quiere a nadie”, escribió Vallejo en Los días azules, la primera de las cinco novelas que componen El río del tiempo. Me sorprende que de manera reiterativa los medios, los lectores, hablen de los odios profundos de Fernando Vallejo y mencionen sus amores, si los mencionan, como de pasada. Yo no he conocido a nadie que ame como ama ese hombre.

Y luego siga con: El desbarrancadero y La virgen de los sicarios, también de Fernando Vallejo; El cuarto de Giovanni, de James Baldwin; y Un hombre soltero, de Christopher Isherwood.

Confesándose

Alexis o el tratado del inútil combate, de Marguerite Yourcenar

Alexis escribe una carta a Mónica, su mujer, detallando lo inútil que ha sido el combate que ha sostenido durante años en contra de sus inclinaciones. “Te pido perdón, lo más humildemente posible, no por dejarte, sino por haberme quedado tanto tiempo”, le confiesa. Duele mucho el tiempo perdido: el de los dos, por supuesto.

Deseando, contemplando

La muerte en Venecia, de Thomas Mann

El célebre escritor Gustav Aschenbach, protagonista de la novela, viaja solo a Venecia y se encuentra con una ciudad decadente, sacudida por una epidemia de cólera. En el hotel donde se hospeda observa con asombro a un muchacho de unos catorce años, Tadzio, “un efebo de cabellos largos (…) El rostro, pálido y graciosamente reservado, la rizosa cabellera color miel que lo enmarca, la nariz rectilínea, la boca adorable y una expresión de seriedad divina y deliciosa hacían pensar en la estatuaria griega de la época más noble”. De tanto contemplarlo, a Aschenbach le dará la impresión de que el joven bello le sonríe a lo lejos, de que le hace señas “hacia una inmensidad cargada de promesas”. Y se derrumbará.

Tengo miedo torero, de Pedro Lemebel

Carlos vive en Santiago y prepara un atentado a Pinochet. Una amiga —la Loca de al frente le dicen— contempla lo que ella llama sus dedos largos y sexuales, su “entrepierna arqueada”, su “cuerpo nudoso y elástico” cuando, una tarde, Carlos se tiende a tomar el sol cerca de ella. Pero no se da por enterado, así como tampoco sabe que su amiga congela ese momento para recordarlo en el futuro, “para pajearse con la vulnerabilidad del recuerdo suspendido”. Ya luego, por su cumpleaños, Carlos se emborracha en casa de la Loca: queda inconsciente y ella lo masturba.

Y luego siga con: Inventario secreto de La Habana, de Abilio Estévez, y Toda esa gran verdad, de Eduardo Montagner.

Pensando

Contranatura, de Álvaro Pombo

“¿Pero quién desea en realidad ser independiente, ser libre?”, escribe Álvaro Pombo en Contranatura, novela que es también una crítica a lo que el autor llama la “excesiva mercadotecnia y trivialización” de la homosexualidad. Ramón Durán, uno de los protagonistas de esta novela erótica y psicológica, ha deseado siempre ser amado intensísimamente. “Durán desea amar y ser amado: desea hacer perder la libertad y, a cambio, perderla él mismo. Ni el amante ni el amado son libres, sólo son esclavos felices”.

Y luego siga con: Reflexiones sobre la cuestión gay, de Didier Eribon; Cónsules de Sodoma, de varios autores; Diario, de André Gide; Maricones eminentes, de Jaime Manrique; Florence de la A a la Z, de Florence Thomas; y El amor en tiempos oscuros, de Colm Tóibín.

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