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Entre dos mundos

Ganadora del Premio Booker en el 2003 y una de las escritoras revelación de Gran Bretaña, a esta autora británica-bengalí no la quieren muchos de sus compatriotas de Bangladesh. Hasta la han amenazado. La literatura es un espejo incómodo.

2010/03/15

Por Juan Gabriel Vásquez

En el verano de 2006 se filmaba en Londres la adaptación de Brick Lane, la primera novela de Monica Ali, que ya para ese momento llevaba varios años siendo noticia: había sido finalista del premio más codiciado de la literatura inglesa, había vendido tantos millones de ejemplares, se había traducido a tantas lenguas. El título de la novela, que inexplicablemente ha pasado al español convertido en el exotismo hidrológico de Siete mares, trece ríos, se refiere a un barrio del este de Londres que desde hace varias décadas es el lugar de llegada de varias comunidades de inmigrantes. Una de ellas es la bengalí, a la cual pertenecen los personajes principales de la novela. Pues bien, durante ese verano la filmación de la película tuvo que trasladarse a otro barrio por razones de seguridad. Unos voceros de la comunidad bengalí se habían sentido ofendidos por el retrato que de ellos se hace en la novela, y decidieron convocar manifestaciones, amenazar con quemar los libros de Monica Ali, y sugerirle a ella que algo le podía pasar si decidía poner un pie por allí. Las reacciones variaron. Germaine Greer, una escritora que ha hecho de la corrección política una forma más de la imbecilidad, justificó la censura; Salman Rushdie, que de censura sabe más que cualquiera, la condenó sin atenuantes. Una de las acusaciones de los ofendidos sostenía que Monica Ali no tenía ningún derecho a describir la vida de una joven bengalí que no habla inglés, pues ella hablaba inglés perfectamente. Y Monica Ali se vio en la curiosa necesidad de justificarse diciendo que esto es precisamente lo que hace la literatura: ver a través de ojos ajenos.

Y es verdad que la mirada de Nazneen, la joven de dieciocho años que llega a Londres como parte de un matrimonio arreglado con un hombre de cuarenta, sin conocer las costumbres ni el idioma, no se parece en mucho a Monica Ali. Pero sí se parece a su madre, que hizo el recorrido inverso: siendo inglesa, se casó con un bengalí y, sin conocer ni su idioma ni sus costumbres, se mudó con él a ese país que todavía se llamaba Pakistán Oriental. Allí, en Dhaka, nació Monica Ali, pero no tardó mucho en cambiar de vida: no tenía más de cuatro años cuando estalló la guerra civil, y para todos fue evidente, después de varios meses de vivir con miedo, de dormir vestidos y de saltar por el balcón cada vez que alguien llamaba a la puerta, que tendrían que volver a Londres. “Las calles pertenecían a los tanques”, escribe Monica en un ensayo bellísimo. “Solo los muertos, apilados en los canales al borde del camino, podían compartir impunemente las calles”. Así que eso hicieron: viajar al país de la madre, pero sin el padre, que en tiempo de guerra tenía prohibida la salida de Bangladesh. Cuando él pudo alcanzarlos, escapando a través de la frontera india, lo hizo con la firme intención de regresar. Nunca lo hizo: los niños se acomodaron en la nueva sociedad, aprendieron la lengua de su madre y olvidaron poco a poco la del padre, y Bangladesh?se transformó para ellos en una tierra mítica. Y ya se sabe: no hay nada como el mito de unos orígenes para cautivar a un escritor. Así lo ha explicado Monica Ali: mientras que VS Naipaul habla en un libro de la necesidad de “encontrar el centro”, para ella la cuestión ha sido la diametralmente opuesta: buscar la periferia.

Y parece evidente que eso es lo que ha hecho en Brick Lane: indagar en la memoria de su tierra a través de la experiencia del inmigrante; explorar las tensiones entre dos generaciones, la que llega con el miedo de lo desconocido y la que nace y crece en el país de llegada y acaba por rebelarse contra sus padres. Brick Lane es una novela de aprendizaje: el aprendizaje de una nueva vida por parte de Nazneen. Pero también es una novela política, y no solo por el affaire que Nazneen tiene con un joven radical que ni siquiera ha visitado el país de sus padres inmigrantes. Es una novela de costumbres, una novela sobre el exilio, una historia de amor e incluso —allá, en el fondo— una novela sobre el 11 de septiembre. En la mejor tradición de la novela naturalista decimonónica, es todas esas cosas con igual éxito; y lo primero que uno siente con esta novela es sorpresa por el hecho de que sea la primera: su escritura es de una precisión de cirujano, y sus personajes, una mezcla muy lograda de Dickens y el Naipaul de Una casa para Mr Biswas. Gente entrañable.

Monica Ali publicó Brick Lane en el 2003. Cuando todos sus lectores esperaban un nuevo examen de la inmigración y sus tensiones, Ali, a sus treinta y ocho años, los sorprendió con Alentejo Blue, una viraje radical hacia un territorio por lo menos curioso: un pequeño pueblo de Portugal. La construcción del libro en sí es osada: cada capítulo se cuenta desde el punto de vista de un habitante del pueblo, desde el visitante inglés al campesino local. En conjunto, Alentejo Blue es una especie de respuesta a los críticos miopes que le reprochaban a Monica Ali escribir sobre experiencias ajenas. Hace poco le pregunté cómo había ocurrido eso. “Uno no escoge su material”, me dijo. “El material lo escoge a uno. Pensé que estaba escribiendo algo completamente distinto de Brick Lane, claro, y en algunos aspectos muy obvios los dos libros son polos opuestos. Pero ahora que tengo un poco de distancia, logro ver que no son tan distintos después de todo. Mis intereses son los mismos”. Son los intereses del escritor genuino, resumidos en una idea: entender tanto del mundo como sea posible.

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