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Entre el recato y la lujuria

Elogiado con un respeto casi reverente por Roberto Bolaño y Carlos Fuentes, el genial y excéntrico Daniel Sada es hoy considerado el gran renovador de las letras mexicanas. Arcadia lo entrevistó en México.

2010/03/15

Por Daniel Centeno

A Daniel Sada no le gusta salir sonreído en las imágenes que le toman. Una fotógrafa norteamericana le pide que se despoje de su cara de seriedad y él responde, entre gracioso y apenado: “Es que si me río no se me ven los ojos. Se me ponen chinitos”.

Su sencillez contrasta con lo que ahora representa. Oriundo del desierto de Mexicali, Sada ganó por unanimidad el XXVI Premio de Herralde de Novela con su obra Casi nunca. El jurado, compuesto por el editor Jorge Herralde y el escritor Enrique Vila-Matas, entre otros, no dudó en descubrir para un público más amplio a un autor que hasta hace poco era de culto.

De él llegó a decir Roberto Bolaño: “Daniel Sada, sin duda, está escribiendo una de las obras más ambiciosas de nuestro español, parangonable únicamente con la de Lezama Lima. De mi generación es de los autores que más admiro, porque su proyecto de escritura me parece el más arriesgado”. Álvaro Mutis lo consideró “un artesano impecable, un narrador profundamente cercano a la esencia del hombre”. Juan Villoro lo vio como un renovador de la novela mexicana, y su compatriota Carlos Fuentes fue mucho más allá cuando no dudó en catalogarlo como “una revelación para los escritores españoles y para la literatura mundial”. Con estas credenciales era imposible que su nombre no estallara como una supernova.

Solo era cosa de sentarse a esperar.

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Sada es bonachón, y a veces responde con risas ahogadas. Por momentos parece un personaje digno de su obra. Da la impresión de que el absurdo lo acompaña tanto como a Demetrio Sordo, el protagonista de Casi nunca. El hombre, un agrónomo de mediados de siglo XX, un buen día decide que el sexo le dará sentido a su vida. Con una existencia gris, anclada en ciertos trabajos administrativos dentro de un rancho de Oaxaca, Sordo acude al primer burdel que se encuentra en su camino. Allí conoce a Mireya, quien responde a todo su desenfreno erótico. Alegre, lúbrico y con una llama inextinguible, Demetrio luego se topa con la recatada Renata, chica de buena familia, con quien decide formalizar una unión duradera. Sin embargo, su renuencia a dejar a la complaciente prostituta enmaraña su historia personal hasta límites esperpénticos. La trama, cruel y terrible, mezcla perversión con santidad bajo un ritmo vertiginoso, no exento de humor y con una propuesta estética que rezuma riesgo.

“El humor me amplifica la percepción –confiesa Sada–. Si yo prescindiera de él, siento que me limitaría mucho. Me volvería tieso, no podría relajarme. Sin embargo, el humor, como tema dramático, tiene sus particularidades. No termina en la ocurrencia, en el chascarrillo. Si yo, por ejemplo, le quito la silla a un personaje importante es una ocurrencia. ¿Pero qué sigue? El hombre se tendrá que levantar, va a insultar a la gente, va a sonreír… El humor necesita la repercusión, desarrollarse, para ser bueno”.

Cuando explica su obra resulta ineludible pensar en Franz Kafka. De Sada se han dicho muchas cosas. Casi siempre se le han rescatado influencias de escritores desaparecidos hace centurias. Sin embargo, en su nueva entrega parece planear el espectro del autor checo: las cosas simples se tornan complicadas, el humor es hiriente y cuesta no relacionar a Demetrio como un primo lejano del agrimensor de El castillo. “Soy un devoto y también un lector voraz de Kafka. Conozco sus diarios, cuentos y novelas. Admiro que en su obra haga que lo fácil se torne difícil. Ese es el sentido kafkiano: todo es muy complicado de realizar, aunque sea muy sencillo de verlo: un trámite, un papel, el hecho de quedar con un señor. Eso lo he aprendido en el escritor checo. En Casi nunca, por ejemplo, los personajes elaboran mucho las cosas, cuando pueden resolverse de manera más rápida y fácil”.

Con este libro vuelve a la temática de la periferia y a la historia de un hombre que debe decidirse entre dos mujeres, como sucede en su novela Una de dos. ¿Le ha pasado esto en la vida real?

De alguna forma me ha pasado. Dicen que toda literatura, quiera uno o no, es autobiográfica. Yo no me impongo temas. Soy un autor que no los busca. Los escritores, en especial si vienen del periodismo, van por las temáticas. En mi caso, estas surgen. Tengo un mundo particular, que quiero enriquecer y expandir. En ese sentido también me parezco a Kafka, porque creo que él nunca pensó en escribir sobre algo en particular.

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Sada supo desde pequeño que lo suyo era escribir. Su pueblo era minúsculo y allí solo llegaban con debilidad las resonancias del resto de su país. En su niñez, los libros eran tan raros y escasos como el honor. Por suerte, tuvo una maestra que quizás era la única que tenía una biblioteca en todo el caserío. Ella le prestó todo lo que tenía.

Pasaron los años para que el autor estudiara periodismo en Ciudad de México y se encontrara con la producción literaria contemporánea. Es probable que para el momento el choque fuera tremendo, pero no tanto como el que vino después: “En esa época pedí una beca del Centro Mexicano de Escritores y me la otorgaron. Juan Rulfo era el asesor más importante de la institución. Así que lo conocí y después empezó una estrecha relación. Él era mi maestro y yo su discípulo. Luego surgió una amistad, pero él murió y se interrumpió lo que habíamos sembrado. Convivimos mucho, de todas maneras… ¿Que si me parezco a él? No, en nada. Rulfo era demasiado grande como para compararme. Aprendí mucho de sus enseñanzas. Me dio grandes lecciones, y en ese sentido era muy intuitivo. Él no era un intelectual, un teórico o un académico. Rulfo tenía percepciones muy especiales. No te echaba discursos sobre lo que decía o escribía”.

Con dos maestros tan disímiles en el camino, Sada arrancó a escribir sin parecerse a casi nadie. A veces, le dio por contar historias en octosílabos y endecasílabos. Cerebral e inspirado a partes iguales, de su pluma salieron cuentos, poemarios, misceláneas y novelas, hasta que en 1999 entregó la ambiciosa Porque parece mentira la verdad nunca se sabe. El texto, que fue rechazado por varias editoriales, es una obra monumental que emocionó al avispero intelectual. “¡Uff! Fueron más de 700 páginas y como 90 personajes diferentes”, comenta sin dejar de entornar los ojos. El libro que hasta para su presentadora, Elena Poniatowska, era de altos niveles de exigencia, giraba en torno a un fraude electoral perpetrado en las narices de los votantes de un remoto pueblo mexicano.

¿Qué es lo más importante en la literatura?

Para mí lo más importante es el punto de vista, luego la estructura y por último el tema. Creo que si poseo la mejor historia del mundo, y no tengo resuelto el punto de vista o la voz del narrador, el libro va a ser un fracaso. La literatura es lenguaje, su vehículo más importante. Ahora sí quiero matizar esto: el lenguaje debe contribuir a reforzar la historia. Una no puede ir por un lado y el otro por otro camino. De nada sirve la experimentación en ese caso.

¿Sería errado decir que en su propuesta literaria sobresalen los personajes?

Considero que la historia y los personajes son primordiales. Trabajarlos es imperativo. Siempre digo que lo más importante en mis libros son los personajes, en segundo puesto los personajes y en tercero los personajes… Al lenguaje lo pondría en el cuarto lugar. En las mejores novelas que he leído, siempre recuerdo a los personajes.

¿No hay buenas novelas con malos personajes?

Para mí eso sería impensable. Desde mi punto de vista los personajes suelen ser hasta más importantes que las situaciones, porque son modificadores y transgresores. En cambio, en el cuento sucede lo inverso: las circunstancias sí pueden llegar a ser más trascendentes que sus protagonistas.

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Sada dice ser un autor minoritario, no un bestseller. “No sé lo que se siente vender para muchos lectores. Es verdad que tengo gente que me sigue. También se reeditan algunos de mis libros, pero tampoco ha aumentado tanto el parámetro. Quizás termine por expandirse con este premio. Estoy en un momento de crecimiento, que es benéfico, y espero que no me confunda”.

Su obra tampoco es tan desconocida, uno de sus libros fue llevado al cine.

Yo nunca pensé que mi literatura se iba a llevar al cine. De repente, se me acercó un director y me dijo que quería filmar porque mi obra era muy visual… Lo cierto es que nunca he escrito para verme en la pantalla. No me lo imagino.

Usted es graduado y fue profesor de periodismo. ¿De qué le sirvió esto?

Estudié periodismo, y me dediqué al oficio durante mis primeros años. Fui reportero seis años, con mis fuentes y todo eso. Me gustaba. Pero también me atraía la literatura. En un primer momento hasta quise estudiar Letras.

¿Por qué no lo hizo?

Porque sé que soy más del tipo de gente de la intemperie, no de cubículos encerrados, de esas oficinas en donde se hacen investigaciones. Yo quería el mundo, y por eso estudié periodismo. Para mí el humanismo no debe ser sólo académico. Necesito el contacto constante con la realidad.

¿Se necesita burdel?

Sí, Faulkner decía que el mejor sitio para escribir era un prostíbulo: porque en la noche hay mucho bullicio, y en la mañana la calma absoluta. 

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