Gustavo Agrango/ Foto: Lidia Corcione

Gustavo Arango: “escribir es una lucha contra la muerte y el olvido”

El narrador y periodista colombiano Gustavo Arango, quien ha sido finalista dos veces al Premio Herralde de Novela por 'El origen del mundo' en el 2007 y 'Morir en Sri Lanka' en el 2014, habla de sus reconocimientos y de las historias detrás de sus novelas.

2016/04/11

Por Ángel Castaño Guzmán

Radicado en Nueva York –donde es profesor universitario de literatura– el narrador y periodista colombiano egresado de la UPB, Gustavo Arango (Medellín, 1964), luego obtener el International Latino Book Award en 2015 a la mejor novela histórica con el libro Santa María del Diablo, regresa al ruedo editorial con Resplandor, una ficción en la que se cuenta el mítico viaje de un monje budista tras la sabiduría escondida en un libro. La interesante obra novelística de Arango le ha llevado a ser dos veces finalista del Premio Herralde de Novela (en 2007 con El origen del mundo; en 2014 con Morir en Sri Lanka) y ganador del Premio Bicentenario de Novela, entregado en México.

En una reciente columna mencionó usted que la escritura de Resplandor le tardó cuarenta años: desde los días de la infancia en que veía en la televisión los reinados de belleza y gracias a ellos conoció Sri Lanka. ¿Hubo diferencia entre la escritura de este libro y la de los demás? ¿A lo mejor esta es su novela más íntima? 

Casi todos mis libros han tenido una gestación larga. No han sido procesos continuos. Ha habido épocas de trabajo intenso, alejamientos, reencuentros con los temas. Hasta que al final cada historia pide ser concluida. Ese proceso es también una meditación sobre la forma. Tardé casi veinte años escribiendo Santa María del Diablo, aunque la etapa final fue muy breve y muy intensa. Con Resplandor el proceso ha sido el más largo de todos. Es una novela muy personal, como casi todos mis libros; pero es la más ambiciosa. Me propuse condensar dos mil quinientos años de historia, a partir de mis propias obsesiones. Escribir, para mí, es una lucha contra la muerte y el olvido. En cada libro dejo pedazos de alma que me sobrevivirán. Desde que comprendí que la literatura siempre es póstuma, he encontrado una enorme libertad para convertir en lenguaje mi experiencia personal.   

¿Cómo marcó su vida y su carrera literaria el asesinato de su padre? Dice usted en alguna parte que decidió hacer de su muerte una obra de arte.

Mi padre y yo éramos muy buenos amigos. Era un hombre bueno, pero tal vez ingenuo. En mi libro lo llamo “el vendedor de fantasías”. Fue él quien pagó la edición de mi primer libro de cuentos. Yo tenía veinte años cuando lo asesinaron y me quedé sin propósito, sin brújula. Es un tema que reaparece en muchos de mis escritos. Después de su muerte pensé mucho en la muerte. Pero la escritura misma me ayudó a encontrar rumbo y sentido. Así empecé a escribir Morir en Sri Lanka, un proyecto que incluye varios libros y que es la historia de un hombre que elige morir en un lugar remoto y lleno de leyendas (se dice que allí estaba el paraíso terrenal). Resplandor es parte de ese proyecto. Con los años, el dolor, la rabia, el sinsentido, pero también la gratitud y la alegría, se han ido volviendo arte.

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No deja de llamar la atención la historia del viaje del monje budista tras un libro. ¿Por qué creyó que una historia semejante le podría llamar la atención al lector de hoy? ¿El monje y su búsqueda son una metáfora de su vida de escritor y lector?

Siempre me ha fascinado la historia de ese monje que viajó catorce años, en circunstancias muy difíciles, para buscar un libro. Los libros son tesoros. Son de los pocos objetos que despiertan mi ambición de poseer. En un momento de la historia recuerdo que la primera vez que me alejé solo de mi casa, cuando era muy niño, fue para hacer un recorrido de ocho cuadras para comprar un libro. La historia de Fa Hsien es una celebración de los libros como objetos sagrados, pero es mucho más que eso.  Uno podría establecer muchas analogías: la del largo viaje comparado con el proceso de escritura, la del esfuerzo por materializar nuestros sueños o encontrar sentido en la vida. Pero es mejor dejar que el lector saque sus propias conclusiones. Sólo pensé en los lectores en la etapa final de escritura, cuando me propuse que el texto fuera muy diáfano. Fue entonces cuando pensé que todos estamos buscando sentido en la vida y que la historia de Fa Hsien puede ser muy inspiradora para muchos. 

Hablenos de hasta qué punto su trabajo periodístico alimenta sus ficciones. ¿El reportero ayuda al novelista, cómo conviven en usted estos roles?

Cuando estaba eligiendo una carrera, lo hice pensando en prepararme para ser escritor. Vi que muchos se habían iniciado como reporteros y me propuse seguir ese camino. En la universidad les decía a mis compañeros que un día trabajaría en El Universal de Cartagena, porque allí era donde García Márquez había comenzado. Al final lo logré. Allí velé mis armas. Allí escribí Un ramo de nomeolvides, el libro sobre los inicios de Gabo que me permitió después llegar a la academia norteamericana. Del periodismo aprendí cosas fundamentales: a no temerle a la escritura y a escribir bajo presión. También aprendí a apreciar la poesía de los hechos, de la realidad. Casi todas mis novelas están basadas en investigaciones que podría llamar periodísticas.

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Fa Hsien busca el libro de las disciplinas budistas luego de comprobar la degradación de su mundo. Igual le sucede al narrador del siglo XXI de su novela. ¿Qué papel juega la literatura en este mundo problemático y febril? ¿Pueden los libros redimirnos de las contingencias de la vida? 

Como bien señalas, hay correspondencias entre la búsqueda de Fa Hsien en el siglo V y la del viajero contemporáneo. Este último se marcha del lugar donde nació porque el desprecio por la vida le resultaba intolerable. Creo que también hay una relación poco evidente entre mis dos últimas  novelas. En Santa María del Diablo quedó implícito que seguimos siendo ese pueblo de abusos, traiciones y crueldades con que empezaron nuestras sociedades hispanoamericanas. En Resplandor hay una búsqueda del valor de la vida, de la importancia del respeto por uno mismo y por los otros. No creo que los libros en general puedan redimirnos. Son herramientas y todo depende del uso que les demos. Como decía Ezra Pound, un libro mal escrito es inmoral. Un buen libro es un diálogo de espíritus que lleva a profundidades a las que rara vez nos conduce la simple conversación.  

Luego de ser finalista del Herralde de Novela, de obtener el International Latino Book Award en 2015 a la mejor novela histórica, ¿qué proyectos literarios ocupan hoy su tiempo? ¿Qué pueden esperar los lectores colombianos en un futuro cercano de usted?

Me estoy tomando unas vacaciones de escritura. Disfruto mis clases. Estoy leyendo mucho, viendo películas (acabo de verme todas las de Kurosawa). Ahora es tiempo de nutrirse. Pero sé que en cualquier momento me va a venir la urgencia de terminar un libro que también llevo varios años escribiendo. Es la biografía de una bibliotecaria de la que tuve noticia por unos manuscritos suyos que encontré en un mercado de las pulgas. Marilla Waite Freeman nació en 1870 y murió en 1961, llegó a ser protagonista de la vida intelectual de los Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX, fue directora de la segunda biblioteca más grande del país, pero hoy está completamente olvidada. Mientras los lectores se ponen al día, estaré trabajando sin prisa en esa novela. 

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