Foto: Claudia R. Niño.

"Para mí escribir es igual a jugar Tetris": Carlos Castillo Quintero

El cuentista, novelista y editor boyacense ha publicado algo más de una docena de libros. Entre los más recientes se encuentra el de cuentos 'Dalila Dreaming' y la novela 'Gente rara en el balcón'. Dice que el cuento es un arte y que hace falta una dedicación de tiempo completo para hacerlo bien.

2016/04/22

Por Ángel Castaño Guzmán

Nueve de los doce cuentos de Dalila Dreaming, de Carlos Castillo Quintero (1966), han sido premiados en concursos literarios. Citadinos hasta la médula, los relatos incluidos en el libro dan cuenta de la marginalidad y la desolación que acompañan la cotidianidad de los hombres y las mujeres de hoy. Castillo Quintero además del cuento cultiva la poesía y la novela, géneros en los que también ha cosechado laureles, entre los que cabe destacar el Premio Nacional de Poesía Universidad Metropolitana de Barranquilla y el Bienal de Novela corta de la Universidad Javeriana.

Después de cultivar el género durante décadas y de dar clases en talleres literarios, ¿a qué conclusiones ha llegado sobre este tipo de texto?

De lo mucho que se podría decir al respecto, y que se ha dicho, me quedo con tres consejos. El primero es de Jean Genet y va dirigido a su funámbulo en un bello y doloroso libro, dice: «Cree sólo en tu alambre, en tu arte, y no regreses. Mira hacia abajo, no vale la pena». El género del cuento es así, no tolera a los aficionados, no es para escritores cansados o de fin de semana. Requiere de especialistas, gente dedicada por completo a su alambre, que vivan allí.

El segundo no es un consejo sino una confesión y la hace Truman Capote en el prefacio de Música para camaleones, dice: «Al principio escribir fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y mal; y luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil, pero brutal». El cuento es eso: un arte, y requiere de disciplina, destreza, y comprensión de la técnica. Es necesario estar en capacidad de establecer —lo dice Capote— «las diabólicas complejidades de dividir los párrafos, la puntuación, el empleo del diálogo. Por no mencionar el plan general de conjunto, el amplio y exigente arco que va del comienzo al medio y al fin». Así las cosas, tomar un taller de escritura creativa no sobra. El tercer consejo es de Juan Carlos Onetti, oro puro, dice: «Roben si es necesario. Mientan siempre». Asumo que se refería a la literatura, pero con él nunca se sabe.

Su respuesta me trae a la memoria un artículo en el que García Márquez considera que la literatura nacional es de hombres cansados. En su opinión, ¿seguimos en las mismas? ¿Existen las condiciones para que los autores colombianos se dediquen de lleno a las letras?

En ese artículo, publicado hace más de medio siglo, García Márquez señala que en Colombia «no existiendo las condiciones para que se produzca el escritor profesional, la creación literaria queda relegada al tiempo que dejan libre las ocupaciones normales». Desde entonces algunas cosas han cambiado, la principal tiene que ver, precisamente, con la existencia misma de Gabo, de su obra, y de su premio Nobel. La generación que le siguió, si bien disfrutó de un justo y necesario encumbramiento del oficio, no pudo sacudirse la sombra del coronel Aureliano Buendía. Autores como Germán Espinosa, Óscar Collazos, R.H. Moreno Durán o Fernando Cruz Kronfly, cuentan con una obra meritoria, pero no dieron el salto que podría esperarse después de lo hecho por Gabo.

Lo que hemos visto en estos tres primeros lustros del siglo XXI es muy diferente: sin ambages digo que hoy en Colombia hay escritores profesionales, la mayoría hechos a pulso, página a página, dedicados a su oficio y con la posibilidad de vivir de él, con obras que cada vez ganan mayor reconocimiento internacional, son ellos: Evelio Rosero (1958), Pablo Montoya Campuzano (1963), Juan Gabriel Vázquez (1973) y Antonio Ungar (1974). Todos han publicado novelas, sin embargo los cito aquí porque son también grandes cuentistas. Y ninguno da muestras de cansancio. Después de ellos viene una generación pisando duro.

En los cuentos de Dalila Dreaming hay una fuerte dosis de desamparo y desamor. ¿Qué tanto se refleja en ellos la visión que usted tiene del mundo?

Considero que se debe escribir con las entrañas, dejando todo en el texto, pero teniendo claro que la vida de uno es una cosa y lo que escribe otra. La visión del mundo que un autor refleje en su obra, puede coincidir o no con su propia vida, eso en realidad no importa. En algunos casos es un calco (Fernando Vallejo, por ejemplo, así lo proyecta) y en otros no mucho. 

Al final —de eso trata este oficio, creo yo— el autor desaparece y queda su obra, sus personajes. Sherlock Holmes, por citar alguno, tiene carta de ciudadanía en todos los países del mundo y en casi todos los idiomas. De Arthur Conan Doyle, en cambio, se conoce muy poco. Siempre me ha llamado la atención aquella anécdota según la cual Conan Doyle es repudiado por la sociedad londinense y se gana el odio de sus lectores después de publicar “El problema final", relato en donde muere su detective. ¿Por qué perpetró semejante barbaridad? Era cierto que había creado a Sherlock, y escrito sus historias, pero eso no le daba derecho a matarlo. Hoy el agudo Holmes sigue vivo en el cine y en la televisión y muchas de sus frases, incluso las que no pronunció nunca en los libros, son patrimonio popular. ¿Cómo sucedió este milagro? Elemental, mi querido Watson. Así mismo, en Picardy Place, Edimburgo (lugar de nacimiento de Conan Doyle) hay una estatua de Sherlock Holmes, es decir del personaje y no de su autor.

Una respuesta más directa a esta pregunta sería: No, el desamparo y el desamor que hay en Dalila Dreaming pertenece exclusivamente a sus personajes y al universo que habitan, mi visión del mundo es diferente, cambiante, acaso feliz. A veces, sin embargo, en alguna noche sin orillas, coincido con alguno de ellos y competimos por quién toma primero la pistola, o se arroja con más esperanza a la ruta de un Transmilenio.

Los personajes de todos los cuentos del libro son melómanos: el protagonista de Agujero negro y la de Cuatro acordes para Roque Daltonescuchan una y otra vez Light My Fire, de The Doors. ¿Qué papel jugó la música en general y el rock en particular en su formación de escritor? ¿Por qué le gusta tanto esa canción de The Doors?

No puedo escribir sin música. Cada libro mío, incluso, tiene su propia banda sonora. Con Jim Morrison he establecido una conexión que me pone a escribir: me gusta su voz, su poesía, su ebriedad, su abismo. Lo percibo —y no podría explicar por qué— como un compañero de sala de parto. Al Rey Lagarto (y a mi hija Catalina) le dedico el que considero mi libro más importante hasta ahora: Gente rara en el balcón (premio CEAB, 2015), novela que se publica por estos días. Son cerca de 250 páginas en donde Light My FireAlabama SongThe End y People Are Strange (de ahí viene el título del libro) suenan todo el tiempo. En los dos años largos que me tomó la escritura de esta novela, fui armando en YouTube una lista con los temas que aparecían en cada capítulo. Y así, con los audífonos a un volumen imposible, en cada jornada de trabajo los escuché mientras mis dedos iban haciendo lo suyo sobre el teclado.

En Alicia Cocaine (premio Bienal de Novela Corta Universidad Javeriana) nuevamente suenan los Doors, pero también AC/DC, The Rolling Stones, Radiohead, y Los Toreros Muertos, entre otros. Este libro había permanecido inédito y este año, como novedad para la Feria del libro de Bogotá, lo publica la Editorial 531.

Pero hay otras voces y otras músicas. Mi compadre José Alfredo Jiménez es un invitado frecuente en mis relatos. Así mismo, de aquella hipotética sala de parto, aún me queda un llanto que no me deja dormir, el de un bebé triste que bautizaron como Héctor Juan Pérez Martínez, y con quien tengo un vínculo quizá mayor que el establecido con Morrison: sí, algún día espero escribir una novela dedicada a Héctor Lavoe y su música.

A pesar de ser cuentos autónomos, los de Dalila Dreaming tienen puntos de conexión: el narrador de Todos amábamos a Monina Klevens es el mismo de Hazlo por Van Gogh y las mellizas Joanna y Anamilé protagonizan al menos tres. ¿Cómo fue el periodo de escritura de estos textos? ¿De entrada los pensó así o los puntos de encuentro se dieron en el camino?

Hace unos quince años escribí una novela. El detonante de ese libro fue Anamilé, personaje trágico basado en la historia de una persona real. Hice una edición casera (diez originales firmados, que dejé en manos de amigos) y me olvidé del libro. Con el tiempo condené esa novela a una existencia fantasmal. Sin embargo Anamilé, su historia, continuó exigiendo ser narrada.

Cuando escribo soy metódico. Antes de iniciar defino el tema, elaboro un esquema general y hago un esbozo de los personajes; así inicié Dalila Dreaming. Con el avance del libro noté que el narrador era el mismo que había utilizado hacía ya más de una década en aquella novela negada. Era su voz.

En mi juventud, en una consola conectada a un televisor, jugaba Tetris. Como se sabe, este juego consiste en ir acomodando horizontalmente cuatro cambiantes poliformas que se anuncian con anticipación en el costado derecho de la pantalla. Para mí escribir es igual a jugar Tetris. Hay que trabajar cada texto estando alerta, pendiente de la figura que viene.

Con esa lógica se armó Dalila DreamingMonina, el primer cuento, se acomodó sin dificultad a los personajes de Van Gogh, y éstos a Pepe, el esquizofrénico director de talleres de literatura que protagoniza Dalila. Luego reapareció Anamilé, y pronto el dibujo definitivo del libro estuvo listo, todo gracias a ese narrador, a esa voz del pasado que vino y se impuso. Al final incluí Reunión familiar, un cuento que había sido publicado años antes en“El corazón habitado: últimos cuentos de amor en Colombia”, antología muy completa editada en España y que incluye autores como Jorge Franco, Santiago Gamboa, Juan Gabriel Vázquez, Juan Álvarez, Andrés Mauricio Muñoz, entre otros, pero que en nuestro país se conoce muy poco.

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