Foto: Cortesía EAFIT.

"Los coreanos han aprendido a vivir con las pruebas nucleares": Andrés Felipe Solano

Arcadia habló con Andrés Felipe Solano, ganador de la segunda edición del Premio Biblioteca Narrativa Colombiana.

2016/01/27

Por Daniel Rivera Marín, Medellín

No es una novela ni un libro de cuentos y no termina de ser una crónica, está más cerca de ser un diario. A este libro —editado por la periodista argentina Leila Guerriero— le pasa lo que a Prosas apátridas, de Julio Ramón Ribeyro, no encuentra una clasificación y quizá en eso esté su éxito, en que los lectores se reconocen en esa mirada, en su agudeza, en lo próximo que puede estar el que escribe.

Corea: apuntes desde la cuerda floja, de Andrés Felipe Solano, publicado por la editorial de la Universidad chilena Diego Portales, ganó este martes la segunda edición del Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana. El libro que habla del miedo a una guerra, del miedo a descubrir en la pareja —en su idioma lejano— a un desconocido, del miedo a no terminar una novela, de la tragedia de no tener café una mañana cualquiera.

Algunas citas. Le dice Cecilia —la esposa coreana del escritor— a Andrés: “Desde que me acuerdo, en marzo siempre estalla la guerra”. Una cita de Rubem Fonseca: “El objetivo honrado de un escritor es henchir los corazones de miedo”. Un apunte suelto: “Un gran charco de vómito en el metro. Hasta ahora, este es el acto más violento que he presenciado en Corea”. El inicio del miedo: “Nadie sabe qué pasa a cincuenta kilómetros de Seúl. Esa es la distancia que hay hasta la frontera con Corea del Norte”. La pequeña gloria de cada día y su revés: “Ayer recibí un pequeño pago extra por la revisión de un manuscrito de una traducción para LTI Korea. Como si el dinero me envileciera —se ha vuelto escaso por estos días en que no trabajo en el instituto a causa de las vacaciones de verano— decidí gastarlo todo en un mismo día”.

Andrés Felipe Solano es un extranjero, ni más ni menos. A veces un extranjero en su propia vida, su mejor adversario. Aunque no es un libro exhibicionista, pues guarda con pudor y elegancia las costuras, sí están allí las pequeñas piezas que pueden formar una vida. Este, un libro hecho de retazos, de pequeñas imágenes —está dividido en las cuatro estaciones del año—, aún no se consigue en Colombia, ojalá que el premio recibido motive a unos cuantos libreros y editoriales.  

El libro recuerda mucho a las Prosas apátridas, ¿fue una referencia?

Cuando el libro empezó, la idea era escribir unas crónicas de ciertos aspectos de Corea. Pero yo al final de la entrega de la primera estación incluí unas entradas un poco más personales y eso le gustó mucho a Leila, que me dijo si quería seguir por ese camino. Yo estuve un poco reticente porque no tenía la idea de hacer un diario. Ella me mandó Prosas apátridas y ahí encontré que ese podía ser un camino porque yo ya tenía muchas anotaciones de ese tipo, pero no las había incluido. Ella desbrozó el camino por ese lado. Ese puede ser un libro guía, está hermanado de cierta manera.

Hay comentarios muy íntimos sobre la vida en pareja, ¿no significaban un lío?

Yo llevo siete años casado con Cecilia y nuestra relación es muy abierta en esos términos. Ella puede entenderlo. Incluso ella puede hacerse esas mismas preguntas. No fue tan complicado. Una vez empecé a poner ese tipo de cosas no creí que estuviera siendo desleal. Ahora que lo pienso quizá lo pude hacer, porque yo estaba casi seguro que a ella no le iba a interesar ese libro, porque a ella le gustan las novelas. Este libro era un poco Corea y nuestra vida, así que no le interesaba.

El libro tiene dos miradas, una a su vida y otra a Corea, ¿cuál es la columna vertebral?

Lo bueno que puede tener el libro es que no era sólo un diario íntimo ni solo unas crónicas de un extranjero viviendo en las antípodas. Los cruces de esas dos cosas es lo que tiene de significativo el libro.

Pero no es una crónica, aunque usted es más reconocido como cronista

A mí me sorprende que digan que es una crónica, porque hay entradas muy personales, no solo con Cecilia sino con mis padres, mis amigos. Mientras escribía estaba muy lejos de Colombia y no pensaba mucho en cómo se iba a leer y de pronto eso mismo repercutió en haberme lanzado de esa manera, aunque tampoco creo que sea un libro exhibicionista, pero sí la cuota de honestidad le da mucha vida.

¿Qué tanto hay de Leila en el texto?

Ella no estaba interesada en funcionar como una editora periodística porque era un diario, ella no podía dictarme las emociones. Lo que ella hizo fue clavar un par de agujas y me activo ciertas formas, me ayudó a detectar ciertas miradas y una vez estuvimos de acuerdo que había un camino, yo me fui solo.

Hay mucho temor de la guerra…

Yo aún vengo con eso, lo cargo, y reviso periódicos. Hace poco hicieron otra prueba nuclear. Los coreanos han aprendido a vivir con eso. De alguna manera es equivalente al miedo de nosotros en Colombia, al miedo de hace unos años. En una crónica que se publicó en Soho cuento la visita a tres puntos difíciles de la frontera, ahí se muestra que la industria militar es muy pesada y mucha gente quiere mantener esa tensión porque hay mucho dinero para crear nuevas armas y nuevos tipos de defensa. El miedo sigue.

Habla de la escritura de una novela en el libro, ¿cómo va el proyecto?

Llevo mucho tiempo pensando en esa novela, que es la que cuento ahí en en Apuntes sobre un veterano de la guerra. Creo que este año puede salir porque no quiero cargar con ese muerto mucho tiempo.

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