Ray Loriga en Bogotá. Crédito: Juan Carlos Sierra.

Guerra, literatura y aburrimiento con Ray Loriga

Hablamos con el ganador del Premio Alfaguara 2017.

2017/08/14

Por José Londoño

El nombre de Ray Loriga vuelve una y otra vez cuando hablamos de literatura española. Lleva veinticinco años escribiendo y ya lo han traducido a más de diez lenguas. Sin embargo, su literatura –por el afán de catalogar que tienen algunos periodistas y biógrafos– ha sido dejada un poco de lado, y ha sido tildada de rebelde y experimental. ¿Cuántos años han pasado para seguir en lo mismo? ¿Qué relevancia tiene seguir contando que Ray Loriga usa gafas de sol, fuma cigarrillo, bebe cerveza y es adorado por Gael García, quien le celebra en YouTube su última novela? ¿Qué nos aporta dar a conocer lo particular de su forma de vida?  Mejor dedicarse a su literatura, abandonar el rol de paparazzi.

Ray Loriga tiene cincuenta años y su muy trabajada novela Rendición ganó este año el Premio Alfaguara porque es una novela valiosa y pertinente para nuestros tiempos, así sea fantasiosa y de alguna manera replique la estética moderna de escritores como Kafka, Orwell o Swift. Arcadia habló con él sobre Rendición, la promoción de los escritores, el aburrimiento, la adultez y la hipocresía europea, entre otros temas.

En distintas entrevistas que le han hecho me llamó la atención saber que los entrevistadores buscan frecuentemente revelar anécdotas extravagantes o confirmar estereotipos que se le atribuyen, como que es un rebelde y un escritor maldito. ¿Qué piensa de la obsesión mediática con la vida de los famosos y del morbo amarillista?

Me parece absurdo en general, y muy absurdo en concreto en el asunto de la literatura. Si mi aspecto hace veinticinco años era distinto, si tenía el pelo más largo, si llevaba anillos o no llevaba anillos son temas que, me parece, no tienen ninguna importancia o trascendencia, y que nada tienen que ver con la literatura. Igual insisten y no sé por qué. No le veo un básico sentido. Pero pues bueno, me he acostumbrado, aunque me parece un poco absurdo. Tampoco le veo el más mínimo interés. Llevo veinticinco años publicando. Y soy un novelista. No soy un cantante. No soy un actor famoso.

Con base en esto, ¿no preferiría a veces guardar su memoria para su círculo íntimo, y no compartirse en lo público? Es decir, ¿no preferiría darles más silencios a los entrevistadores y personas que comercian y trabajan contando vidas como la suya?

Es que es muy difícil porque el trabajo del escritor y la promoción son totalmente opuestos. El trabajo de un escritor es silencio, soledad, y pues estados embebidos en tu cabeza y en lo que estás haciendo, en tus lecturas y la escritura. ¿No? Ese es tu trabajo esencial como escritor. Es escribir, y luego ese porcentaje de promoción, que bueno, hay que hacer, porque son las leyes del comercio y el mercado. Y si quieres ser escritor necesitas dinero para vivir. Yo me lo tomo con sentido del humor, y no me lo tomo como picar piedra o ser fusilado. Todo, digamos, es una parte estrógena. No tiene mucho que ver con tu trabajo verdadero.

Una constante de sus entrevistas es que dice que es una persona aburrida. Háblame del aburrimiento. ¿Es importante aburrirse?

Creo que la pasión por la literatura nace por el aburrimiento, por lo menos ese es mi caso. Aquello que decía Machado: “La infancia es lluvia tras los cristales”. Cuando no podía salir a la calle a jugar, me gustaba mucho jugar al fútbol. Algunas veces no podía estar afuera, porque estaba lloviendo, y me quedaba acostado, mirando las paredes. Y en las paredes hay unos estantes. Y en los estantes hay libros. Y abres uno y es Athos. Y ya no estoy en mi habitación sino en los mares del Sur. Estoy en otro sitio, estoy en otro lugar, estoy en una aventura, estoy en otra persona parecida. Y por ahí empieza la literatura. Pero eso necesita de esas dosis de tiempo muerto, de aburrimiento. Y sobre todo en la infancia, que es cuando nace –en la infancia y la adolescencia– la pasión por la lectura, por la escritura. Entonces, cuando digo que soy una persona aburrida, me refiero a que la vida de un escritor es bastante monótona y silenciosa. Es decir, estás todo el día sentado a la mesa, pensando, dándole vueltas a la cabeza a ver si sabe algo, lo corrige, lo vuelve a empezar. Y así día tras día. Por eso los trabajos de las vidas de escritores son tan raras. No es muy cinematográfico eso de tener a un señor o a una señora, por muy fascinante que sean Virgina Wolf, Stevenson o Conrad –Conrad por lo menos era más aventurero–. Pero el clásico lector lo que hace es estar sentado a leer y a darle a unas teclas. Es decir, no tiene una coreografía muy atractiva el ser escritor. Entonces pues sí, a mí no me parece aburrido lo que hace cualquier escritor. Es divertido en tu cabeza, tanto cuando escribes como cuando lees. Pero visto desde afuera no es nada espectacular.

Su literatura fue algunas veces escrita para jóvenes, o así lo marcó el mercado. También como un joven escritor fue promocionado. Pero ahora tiene cincuenta años. Además Rendición no es como aquellas novelas que, dicen, deberían leerse en la juventud. Qué piensa al respecto.

Para mí la literatura siempre ha sido un asunto muy serio. Cuando tenía veintidós años, que empecé a escribir y publicar, y no era como ahora que tengo cincuenta, para mí no era menor la literatura que hacía a esa edad. Y sigue sin serlo. Pero sí lo tenía muy claro, y lo tuve entonces y lo tengo ahora, que a los veintidós años no intentaba impostar una voz de autor como los que yo leía, autores ya de experiencia vital. Antes me parecía una impostura ser un escritor de veintidós años con una voz de cincuenta años por el mismo motivo que hoy me parece una impostura tratar de ser el escritor edgy, el escritor de la nueva ola, ¿no? Pues soy el escritor que soy, con veinticinco años y cincuenta años. Eso me tiene en un lugar que no es en el que empecé.

Pasemos ahora a su novela. Trabajó con mucho rigor la voz, el estilo discursivo. Me llamó la atención que al narrador nunca se le llama por un nombre, y que la “ciudad utópica” no tenga nombre sino descripción, la ciudad transparente. Pero sobre todo me gustó que a la voz principal le resultara difícil tomar una posición. Hábleme de esa voz.

Parte del drama de este personaje es que solo se empieza a preguntar por la maldad que le rodea cuando lo afecta a él, directamente –cosa muy humana, por otro lado–. No tiene ningún rasgo heroico. Es más bien bastante miserable su conducta, incluso cuando intenta justificarla, ¿no? Porque al mismo tiempo se escuda en “no le vi nada malo a la nodriza, cuidó muy bien de mis hijos, nunca tuvimos queja, pero el gobierno sabrá”. Lo mismo le pasa con el panadero, lo mismo le pasa con los gitanos, que son apartados del grupo de supervivientes, y el tipo va a la suya. Sí, solo protege a su mujer y al niño Julio, que ha recogido, que es un poco el niño sustituto de sus propios hijos. Realmente a lo que pasa no le ve pegas suficientes como para hacer algo al respecto. En ese sentido, digamos, es perfectamente corriente. Hasta que no nos toca a nosotros, no sabemos. La injusticia es un concepto, y solo cuando nos pasa a nosotros es cuando nos preocupa.

Cuando uno llega a la ciudad transparente uno empieza a ver, como en una canción de Leonard Cohen, que la categoría de aliado, enemigo y gobierno fluctúan, al igual que las fronteras. Los aliados de ayer son los muertos o enemigos de hoy. Las viejas guerras son traumas que habitan las mentes de los pensionados. Cuénteme por favor de esos giros y cambios, de la imprecisión de las guerras.

Me gusta que cite a Cohen porque de alguna manera cuando escribía tenía en la cabeza sus melodías de un disco como The Future o canciones como “The Partisan”; esas canciones que evocan situaciones de guerra con un lenguaje a veces semi bíblico, como en The Future, que dice, digamos “viste el futuro y es asesinato”; o en “First We Take Manhattan”, que anuncia una gran catástrofe y no se especifica el tiempo, un tanto apocalíptico. El sentimiento o la idea es un movimiento de algo que no ha llegado, pero que es familiar y está. Leonard Cohen en sus canciones está hablando de las relaciones de poder y sumisión, está hablando de las relaciones sociales y políticas, y ese es el territorio en el que me interesaba situar la novela.

Para terminar, quería plantear una relación, que no sé si sea forzada. Su novela se escribe en un momento en que millones de humanos sueñan con moverse a Europa por habitar el sueño del bienestar, por inmunizar sus vidas de problemas como el hambre, la guerra y el miedo. Cientos se mueren en el intento de conseguirlo. Sin embargo, Europa tiene una población notable, y en crecimiento, de migrantes cuyos países fueron ex colonias. Muchos de ellos, habiendo alcanzado Europa, se han de tragar los sueños, han de simplemente adaptarse a situaciones de supervivencia, decepción y exclusión. ¿Hay una relación entre estos temas y su novela, digamos, de ciencia ficción?

Sí, evidentemente, porque Europa de alguna manera ha sido el sueño del Bienestar en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, y una vez que la reconstrucción de Europa ha sucedido, y la reconstrucción de Alemania, y luego con la Unión Europea –ahora en entredicho por el Brexit–. ¿No? Una sociedad supuestamente más perfecta. Pues claro, son sociedades que yo conozco muy bien. No solo la española, sino también la de los países todavía más avanzados: los escandinavos, Alemania, etcétera, etcétera. Pero es una sociedad perfecta con unos límites no tan claros. El bienestar es compartible para un número concreto de personas. Acepta unos flujos migratorios según conveniencia. Es decir, la sociedad de servicios y la mano de obra más barata son un grupo necesario que Europa aprovecha para ganar. Mientras esto esté organizado de esa manera funciona, pero si entra más gente te das cuenta de que ese bienestar no es compartible. Tiene unas líneas muy duras para proteger a quienes ya estamos ahí. Y esto pasa y se ve clarísimo en el ascenso de la ultraderecha en Francia, incluso en Grecia, con El Amanecer Dorado.

Y están las purgas en las fronteras.

Sí, clarísimo. Se habla frecuentemente del muro de Trump, que ha sido muy comentado por todos los cantantes, los artistas, los escritores. “El mundo tiene que ser de puertas abiertas”, dicen.  Y en mi propio país también he escuchado estas cosas. Me parece un ejercicio de hipocresía brutal porque tenemos un muro con África en las fronteras españolas que estamos obligados a vigilar. Y están muriendo los subsaharianos subidos a una verja de espinos. Y los otros están tratando de entrar por el Mediterráneo, ahogándose en masa. A las playas llegan cadáveres. Pero no son las mismas en las que se bañan los turistas. Entonces inventarse que Trump es quien se ha inventado la frontera me parece un ejercicio de hipocresía grave de Europa. Efectivamente este bienestar, hay que ser muy honestos, es un bienestar de los que estamos aquí, de los que supuestamente hemos nacido allí, y de los que supuestamente nos merecemos ese bienestar. Parece que el resto no se lo merece. Todo eso es preocupante. Y has hablado de los cambios, ¿no? Esta novela habla de las translaciones. Uno cree que la vida es una cosa cuando está en una situación. Pero cuando pasa a estar en otra cosa, resulta que la vida no es lo que uno imaginaba, y que ni si quiera uno es quien imaginaba ser. De ahí el asunto de la identidad, que es quizá el que más me preocupa en el libro. Este personaje cree que es de una determinada manera, más o menos tiene apaciguada su conciencia y tiene organizado su mundo, o su mundo se va al garete y tiene que adaptarse a otra circunstancia, dándose cuenta que él no era quien creía que era. Y también se da cuenta de que el progreso lo excluye. Por más que intenta adaptarse el mundo, no resulta apto. 

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