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“Nuestra memoria histórica se nutre de mentiras y de incertidumbres”: Enrique Santos Molano

'Las grandes noticias colombianas', editado por Semana Libros, es el más reciente trabajo del ensayista, historiador y periodista bogotano. Un ambicioso trabajo a través de la historia de lo que hoy es el territorio colombiano.

2016/03/17

Por Ángel Castaño Guzmán

La bibliografía de Enrique Santos Molano incluye diversos registros estilísticos, en los que cabe subrayar la crónica histórica, la novela y la biografía. Su riguroso trabajo investigativo le ha convertido en uno de los escritores colombianos mejor dotados para narrar nuestra historia. Las grandes noticias colombianas, su más reciente libro, hace un recorrido histórico desde el momento en que se asentaron en el territorio colombiano las primeras comunidades humanas hasta nuestro efímero y cambiante presente.

Las grandes noticias colombianas es un trabajo muy ambicioso: busca contar con la sencillez del periodismo la historia nuestra desde la civilización del Abra hasta la muerte de Arnoldo Palacios. Comencemos con dos preguntas de rigor: ¿Cuál fue el parámetro para seleccionar los hechos? ¿Cuánto tiempo le tomó la investigación para escribir el libro?

La idea era suministrar al lector una visión de nuestra historia, en forma de panorámica periodística, que le permita ver cómo no hay hechos aislados y que todos los sucesos de la historia, en este caso la colombiana, vienen encadenados desde los más remotos hasta los más actuales; traté de mostrar también, dándoles relevancia a los hechos culturales, las bondades intelectuales de un país al que el sensacionalismo noticioso, de propios y extraños, ha querido tipificar como una nación de violentos, de narcotraficantes y de estafadores internacionales. La investigación de este libro ha sido casi tan larga como mi propia vida. Comencé a reunir y ordenar cronológicamente los hechos que me iba encontrando en diversas lecturas, desde principios de los años sesenta, en una labor casi diaria que recorrió bibliotecas, archivos, hemerotecas, etcétera. Han sido más de cincuenta años, con más de trescientas mil fichas de apuntes.

En el libro usted señala algunas de las inconsistencias de la historiografía nacional, por ejemplo el cuento de los colonizadores de las guerras entre las naciones chibchas. Según sus pesquisas, ¿qué tan acertada es la historia de los libros de texto? ¿Nuestra memoria se nutre de mitos o de certezas?

Los conquistadores y sus cronistas escribieron la historia a la manera de los vencedores, mostrando todo lo que los favoreciera e inventando todo lo que perjudicara la imagen de los vencidos. Así, aquellos eran los buenos y los naturales de América los malos de la película. La mayoría de los libros de los “cronistas de Indias” merecen muy poca credibilidad. Nuestra memoria histórica se nutre de mentiras y de incertidumbres, y los investigadores del futuro tendrán en ese campo remoto de la conquista y de la historia de los pobladores originales mucho material y mucho trabajo para reconstruir la verdad.

Poderosamente me llamó la atención la reivindicación que hace usted de dos personajes del periodo de la colonia: de Álvaro de Oyón, el primer rebelde, y del escritor Francisco Álvarez de Velasco y Zorrilla. ¿Qué encontró en ellos de reseñable? En su opinión, ¿por qué no son muy conocidos fuera de los círculos académicos?

Precisamente esa pregunta que usted me hace es la que yo busco que se hagan los lectores, pero con la idea de que además tomen la iniciativa de buscar la respuesta. ¿Por qué aparecen en este libro como personajes dignos de memoria los muy desconocidos Álvaro de Oyón, rebelde, y Francisco Álvarez de Velasco y Zorrilla, escritor? Aparte de que, no obstante el olvido que los ha sepultado en la memoria de las generaciones siguientes —el memoricidio histórico, como lo llama atinadamente Gloria Gaitán— tuvieron acciones relevantes en su tiempo y en su actividad, que merecen ser reivindicadas, estas notas sobre ellos son un experimento para saber hasta donde todavía alienta en los colombianos ese sentido de la curiosidad (el sexto sentido) sin el cual la vida es tan insípida. No sé si el experimento tenga algún resultado positivo —su pregunta me hace pensar que sí— pero a menudo sucede que una cosa piensa el escritor y otra el que lo está leyendo.

Detengámonos en su evaluación de algunos personajes colombianos del siglo XIX: el suyo es uno de los pocos textos recientes que transmite una imagen favorable de Tomás Cipriano de Mosquera y de Rafael Núñez. Háblenos del legado de políticos tan polémicos.

Como Bolívar y como Nariño, Mosquera y Núñez han sido víctimas de la superficialidad de los historiógrafos colombianos que, con excepciones notables (Indalecio Liévano y otros pocos), se limitan a reiterar clichés establecidos por las pasiones políticas. Se juzga a personajes como Mosquera y Núñez por sus pequeños defectos y se olvidan sus grandes virtudes. Ambos dejaron un legado de arquitectura e ingeniería de la nacionalidad colombiana. Intentaron crear una nación desde posiciones diferentes, el federalismo y el centralismo, y terminaron por coincidir en que, después de veinte años caóticos e ingobernables, el federalismo no era opción válida para edificar una nación con su propia identidad. Núñez y Mosquera nos dejaron un legado de honestidad, desinterés y visión objetiva tanto del presente como del futuro. Si pudiéramos estudiar sus realizaciones administrativas, su pensamiento político y económico, superando hoy las pasiones que, a favor o en contra, despertaron en su momento, y que continúan hasta nuestros días, tendríamos mucho que aprender de ellos ahora que estamos buscando la paz y preparándonos para un posconflicto del que nadie tiene idea de qué se trata. Es una de esas palabrotas que todo el mundo pronuncia y que ninguno visualiza. Si no estudiamos las lecciones del pasado, no tendremos herramientas para enfrentar el presente y encarar el futuro. Ese es, en síntesis, el testamento político que nos dejaron pensadores como Mosquera y como Núñez.

¿Qué tanto afectó el partidismo en la concepción que tenemos de nuestra historia? ¿Se han dejado llevar nuestros historiadores por las pasiones de secta?

Sin duda, la historia colombiana, que está signada por la acción de dos partidos políticos tradicionales, y hoy prácticamente en extinción (aunque han tenido siempre la capacidad de resucitar, mas no de mejorar) ha sido escrita por historiadores de esta o de aquella colectividad política, y es en consecuencia una historia parcializada y desvirtuada por el sectarismo. No quiero decir que un escritor de historia no pueda o no deba tomar partido, está bien que lo tome, pero sobre hechos comprobables, con análisis que vayan al fondo de las causas que los originan, y siempre con un severo sentido crítico sin importar de quién se trate. 

Antes señalaba usted el énfasis que quiso darle a los hechos culturales de nuestra historia. En su opinión, ¿qué papel ha jugado la cultura en la creación de nuestra identidad? ¿Los artistas colombianos han estado a la altura de los desafíos que les pone la realidad nacional.

Jugó un papel de suma importancia en los siglos XVIII, XIX y hasta los años sesentas del XX. Después, al revolverla con la farándula y frivolizarla, esa importancia ha disminuido, pero está ahí latente, en espera de mejores tiempos en los que la ignorancia y la mediocridad dejen de ser un “factor cultural”. La cultura, en su expresión de conocimiento de la belleza y de capacidad de transmisión del mismo, es fundamental para construir identidad, así como su ausencia contribuye a desaparecer la identidad. Los artistas colombianos, en la literatura, en las artes plásticas, en la música, para no citar otras disciplinas que también pueden inscribirse en la cultura, han captado la esencia del espíritu colombiano, pero la falta de difusión, el olvido devastador en que esas obras van cayendo, nos priva del beneficio que nos brindan como espejo para reconocer nuestra identidad.

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