Foto: Andrés Camilo Gómez

“Nada muere. Todo se adapta a una nueva época.”

El escritor catalán Jorge Carrión estará en Bogotá el 23 de junio en Centro Gabriel García Márquez y el 24 de junio en Casa Tomada para hablar de sus más recientes obras. Entrevista.

2015/06/23

Por María Camila Pérez B.

Nacido en Tarragora en 1976, Jorge Carrión ha gozado de amplio reconocimiento en el mundo literario durante los últimos años. El escritor catalán ha publicado desde ensayo hasta ficción y este año culmina un proyecto en el que viene trabajando desde hace cinco años: una trilogía futurística compuesta por las novelas Los muertos (2010), Los huérfanos (2014) y Los turistas (2015). Arcadia conversó con él sobre su proceso de escritura y su amor por las librerías.  

Para ser un escritor tan joven ha publicado mucho en los últimos años. ¿Cómo es esa rutina de escritura?
La verdad es que la mayor parte de mis libros los empecé a escribir cuando viajaba. De modo que he publicado mucho en estos años porque tenía muchos proyectos empezados de la época en la que no daba clases y me dedicaba solo a escribir. Por un lado ha habido una experiencia muy intensa de escritura de las tres novelas (Los huérfanos, Los muertos y Los turistas), estuve cinco años con ellas, y por otro lado están mis ensayos Teleshakespeare (2011) y Librerías (2013) que son proyectos muy diferentes. Yo creo que en lo que más energía he gastado ha sido la trilogía. Tanta energía que ahora ya no se me ocurren más novelas.

¿Cómo varía el proceso de escritura a la hora de escribir ensayo y ficción?

La verdad es que para mí son géneros afines. A mí me gusta y me interesa sobretodo narrar ensayando o ensayar narrando, de modo que hay libros que son de no ficción porque el mejor modo de trabajar ese tema, como las librerías o como las series de televisión, es la crónica ensayo. Y hay libros en los cuales las ideas son difíciles de concluir, están muy abiertas o son muy imaginativas, y ahí trabajo el ensayo crónica ficción. Pero todos mis libros se parecen bastante porque siempre hay una orden de narrar y de pensar más allá de los límites de la ficción y de la no-ficción.

Su libro Mejor que ficción (2013, Anagrama) reúne veintiún crónicas de distintos autores. ¿Cuál fue el proceso de selección de los textos?
Por un lado me impuse escoger veintiún cronistas de España y América Latina en relación al siglo XXI y después intenté que fuera lo más representativo posible. Elegí a cronistas de varias generaciones, de los años cincuenta, sesenta, setenta, que estuvieran vivos, que hubiera cronistas del cono sur, de Colombia, de México, del Caribe, de España, que hubiera cronistas hombres y cronistas mujeres y fue una selección difícil que tiene mucho que ver con mis viajes. Cuando viajaba leía crónica, compraba libros de crónica, me enviaban antologías y libros de crónica a Barcelona, leía El Malpensante, leía Gatopardo, leía Letras Libres y con todo ese archivo intenté encontrar veintiún nombres que fueran significativos. Algunos de ellos lamentablemente murieron durante el proceso de selección, como Carlos Monsiváis, de modo que fue un proceso difícil para intentar ser justo en la pluralidad de la selección. Una vez los seleccioné contacté a cada autor para escoger juntos la crónica que fuera más adecuada. El libro es una vuelta al mundo y hay crónicas que ocurren en muchos países muy distintos: a menudo ni siquiera es el país del cual viene el cronista. Por ejemplo, Juan Villoro habla de Japón y Martín Caparrós habla de África.


Foto: Andrés Camilo Gómez

Teniendo en cuenta la muestra que eligió, ¿qué diferencia ve entre la crónica que se escribe en Europa y la que se escribe en Latinoamérica?

No le veo muchas diferencias. Creo que en los dos ámbitos hay grandes cronistas y grandes narradores de lo real. Lo que sí es cierto es que en América Latina hay más conciencia de la crónica como marca de prestigio mientras que en España la palabra no tiene esa aura, pero se publica igualmente crónica y reportaje con estilo literario.

Librerías (2013, Anagrama) es un recorrido por estos espacios culturales y una especie de “cronología del desarrollo” de dichos lugares. ¿Cuál es la importancia de las librerías en la actualidad?
Para mí es un espacio fundamental de la historia de la cultura. Es el espacio complementario de la biblioteca: no hay biblioteca sin librería ni librería sin biblioteca. Tanto la biblioteca pública, nacional o municipal, como la biblioteca privada en casa. Hay una especie de hilo conductor o de cordón umbilical entre la biblioteca y la librería. Lo que he hecho durante quince años en todos mis viajes es visitar las librerías más significativas, interesantes e históricas de cada lugar al que he ido. De aquí en Bogotá en Librerías aparece la Gabriel García Márquez, pero en mi anterior viaje descubrí la Madriguera del Conejo y Casa Tomada, y ahora iré a descubrir y a fotografiar Wilborada. Siempre estoy buscando e investigando las librerías porque, extrañamente, nunca se habían reivindicado ni historiado. No se ha publicado nada que yo conozca que intente contar la historia de las librerías y hablar de las más importantes y significativas.

¿Cómo se tejen los espacios culturales que menciona alrededor de la figura de la librería?
Yo creo que como lugar de encuentro de tertulia han sido, desde el siglo XVIII, lugares equivalentes a los cafés y los cafés han perdido fuerza como centros culturales. Las librerías en cambio se mantienen como lugares de discusión y de difusión de la literatura y de la cultura escrita. Ahora se va a publicar en italiano, en francés y en inglés y hablando con los traductores de estas nuevas versiones me decían que por un lado tengo razón, que son lugares que no desaparecerán nunca, pero por otro lado en cada país se vive diferente el fenómeno de la librería. Por ejemplo, en Colombia o en México son muy importantes las cadenas de libros. Hay un dialogo interesante entre las pequeñas librerías de barrio y las grandes cadenas que tienen prestigio cultural. En Colombia el Fondo de Cultura Económica tiene un poder editorial y como cadena muy importante. En cambio en Estados Unidos o en Inglaterra o en España, las cadenas de libros no tienen este prestigio. En cada país, en cada cultura y en cada idioma veo que se va a recibir de manera distinta el libro.

¿Hay alguna librería en particular que lo haya marcado?

Muchas. Tengo un recorrido de librerías favoritas por todo el mundo y siempre que voy a una ciudad intento volver a esa librería. En librerías digo que quizás la primera fue una que ya no existe que se llamaba El Pensativo de Guatemala, porque fue la primera librería del mundo en la cual me sentí como en casa. Y me refugiaba en ella cuando llovía, cuando estaba solo y me pasaba las tardes leyendo, mirando libros o tomando café. De modo que fue esa donde empezó todo lo demás.


Foto: Andrés Camilo Gómez

¿Qué piensa de las personas que afirman que el oficio del librero está en vía de extinción?
Yo creo que están equivocados y que mientras haya librerías habrá libreros. Lo que tiene que hacer el librero es pensar que ya no está en la misma época que estaba en el siglo XX y que la prescripción ha mutado. Ahora la prescripción no depende de figuras de autoridad, sino de Twitter, de GoodReads y de algoritmos a los que debe adaptarse. Pero para mí, todo ese discurso de la muerte de la novela, la muerte de la librería, la muerte de la pintura…es absurdo. Nada muere, todo cambia y todo se adapta a una nueva época.

¿Cómo cree que se va a acoplar esa figura al fenómeno de lo digital?
Yo creo que también es un proceso lento y se está buscando el formato perfecto. Todo los que hace diez años dijeron que ya no leeríamos en papel se equivocaron, de modo que intentar pensar el futuro no es demasiado recomendable. De hecho, en Los huérfanos (2014, Galaxia Gutenberg) pienso en un futuro a 30 años tras una tercera Guerra Mundial, porque me parece mejor, en términos literarios narrativos, acabar con el mundo tal como lo conocemos para inventar un mundo radicalmente distinto que nos ayude a pensar en el nuestro en vez de intentar fabular algo verosímil que nunca va a llegar. La literatura está llena de novelas que creyeron imaginar mundos  posibles y cuando ha llegado esa fecha hemos visto que el mundo no se parece en nada a lo narrado. Conceptualmente sí, por ejemplo, a lo que Orwell imagino en 1984 o Kubrick en 2001, pero no en todo lo demás. Me parece que es mejor trabajar desde la imaginación pura que intentar pensar en hipótesis del futuro.

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