Foto: Gilmar Villamil

"No sé si hoy querría escribirle otra vez a Pablo Escobar"

Silvia María Hoyos habla sobre su libro 'Los días del dragón', publicado por Semana Libros, y sobre la correspondencia que intercambió con Pablo Emilio Escobar Gaviria.

2016/07/05

Por Giuseppe Caputo

¿Por qué decidió publicar su correspondencia con Pablo Escobar ahora? ¿Por qué no publicó las cartas antes, cuando Escobar estaba con vida, por ejemplo?

Hay varias razones por las cuales no publiqué esas cartas antes. En primer lugar, cuando él acepta mantener aquella correspondencia conmigo lo hace con la condición de que sea un asunto entre él y yo, y acepté hacerlo así. Luego de su muerte, hubiera podido ser un momento “oportuno”, desde el punto de vista periodístico. Sin embargo, todavía tenía miedo. Las cartas, cada vez que las veía, me producían miedo. Finalmente, cuando ese miedo desapareció, el reto era cómo darlas a conocer, cómo hablar de ellas sin que sonara apologético. Además, no quería hacer un libro sobre Pablo Emilio Escobar. Quería contar ese pedazo de la historia de la ciudad y del país desde el punto de vista del reportero raso que, como yo, fue testigo de excepción de aquellos hechos. Las cartas fueron un episodio más.

¿Qué le impactó más de las cartas?

En el momento en que las recibí, la confusión y la mezcla de sentimientos eran muy fuertes. Las cartas en sí mismas eran el impacto. Con el tiempo y la distancia que este permite sobre los acontecimientos, empecé a ver más allá de la indignación, otras cosas. Por ejemplo, me sorprendió muchísimo su planteamiento sobre las mujeres, el homosexualismo y la droga. Me impactó mucho la importancia que decía merecerle el tema de la educación. Era como si quien escribía nada tuviera que ver con el personaje que mataba a sangre fría. Fue desconcertante, por ejemplo, que en una de sus cartas, la única que escribió a máquina, ofreciera disculpas por los “borrones”. Recuerdo que eso me indignó. En ese momento, hace poco más de 24 años, me pregunté indignada, por decir lo menos, cómo podía pedirme perdón por los borrones cuando había cometido tantos errores que le costaron la vida a miles de personas, entre ellas a algunos de los míos.

Pablo Escobar asesinó a su tío, Carlos Mauro Hoyos, quien fue procurador general en su momento. Y como escribió Carolina Sanín, Escobar Gaviria fue “el victimario de toda una nación”. Quisiera preguntarle por el conflicto moral, si lo hubo, a la hora que decidió ganarse la confianza de Pablo Escobar para hacerle las preguntas que quería.

Debo decirle que ese asunto no pasó por mi cabeza. En medio de mi terrible ingenuidad, creía que iba a confrontarlo. Me movían una curiosidad adolorida y la rabia.

¿Qué le escribiría hoy a Pablo Escobar? ¿Cómo sería el tono de la carta? ¿Lo trataría con deferencia?

No sé si hoy querría escribirle otra vez. Quizá no. Siento que las heridas que nos dejaron aquellos días a los colombianos, en mi caso particular, están sanando, y cuando eso ocurre, cuando uno sana, la vida sigue fluyendo por el camino que cada quien escogió transitar, con los ojos y el corazón mirando hacia el frente. Al final uno termina por entender, tarde o temprano, que las respuestas estaban dentro de uno mismo. Lo demás es seguir respirando por la herida.

¿Cómo le ha explicado a su hija quién fue Pablo Escobar Gaviria?

María José nació y creció oyendo hablar de él pero quizá la primera conversación a fondo sobre el tema ocurrió cuando ella tenía unos once años. Era la edad en la que jugaba a ser grande, así que mi vestier se convirtió en su lugar favorito. Buscando ropa y collares de la mamá para sus juegos, esculcaba cajones y todo cuanto pudiera. Así encontró un día la caja en la cual yo guardaba las cartas. La sorprendí porque la sentí muy callada. Cuando entré al vestier, estaba sentada en el piso leyendo las cartas. La dejé terminar y luego me preguntó si el señor que había escrito las cartas era el mismo de las bombas. Cuando le dije que sí, quedó muy confundida. Recuerdo que me preguntó además por qué mataba. Yo sólo atiné a decirle que estaba enfermo.

¿Cree que una buena parte de Colombia ha romantizado e incluso santificado a Pablo Escobar?

No sé si la palabra sea romantizado pero lo que sí sabemos todos los colombianos es que era un personaje extraño. Un ser con una personalidad y una mente muy complejas que supo explotar su faceta política para construir una imagen sólida, casi indestructible, entre la gente del pueblo a la cual le ayudó. Hizo esto utilizando el populismo como herramienta y su dinero como motor de ese proyecto social que se convirtió en algo muy parecido a un fenómeno social en ciertos sectores de Medellín. Es tan complicado de explicar el tema como difícil de entender por qué para ellos es Dios y para el resto de la humanidad, el demonio. Esa duplicidad de narraciones obedece justamente a la dualidad de Pablo Emilio Escobar, monstruo para la mayoría pero al mismo tiempo redentor para otros tantos (no pocos). Y a propósito de narraciones, Escobar Gaviria visto como personaje plantea un asunto que ya la literatura ha abordado de muchas maneras. El ejemplo más conocido podría ser la novela de Stevenson El misterioso caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. No estoy comparando a Pablo Emilio Escobar Gaviria con estos personajes. Lo que quiero decir es que la dualidad es también parte de la condición humana y por lo tanto un asunto del cual se ocupan las artes como la literatura o el cine, u oficios como el periodismo.

¿Usted ha sido capaz de conciliar a Escobar, el victimario, con el Escobar que escribió esas cartas?

Al cabo de veinticuatro años he logrado apaciguar la rabia y creo que, además del efecto sanador del tiempo, que todo lo cura, se debe a que he logrado conciliar esos dos opuestos.

Esta crónica personal está signada por el miedo. Hoy, desde la distancia, ¿cuál diría que fue momento más difícil de toda esa época?

Para el país y la ciudad ese fue un solo momento, largo y prolongado como una mala noche. Cada muerte, cada atentado parecía ser peor que el anterior. La agonía por la espera de la entrega, especialmente en el último intento, cuando la esperanza de todo un país estaba puesta en la decisión de la Constituyente sobre la no extradición de colombianos, fue un momento de mucha tensión pues de ello dependía que Escobar Gaviria se entregara y terminara el horror. Fueron horas de mucha angustia.

Por su trabajo como periodista, y por el hecho de vivir en Medellín durante una de las épocas más difíciles de nuestra historia reciente, a usted le obsesionó saber cómo se le habla a un hijo de la muerte. Quisiera preguntarle, pasado todo este tiempo, cómo ve usted la muerte ahora. ¿Ha cambiado su perspectiva?

Voy a contestarle como lo hizo Manuel Mejía Vallejo. Si la memoria no me falla, fue él quien dijo cuando le preguntaron algo parecido que no le daba miedo la muerte sino la “morida”. Después de haber visto tantas personas asesinadas, esa muerte me aterra pero sobre todo porque esos cuerpos abaleados, violentados, hablan de la brutalidad del ser humano, de esa parte oscura y nefasta que también nos habita y que en algunos está más viva que en otros.

¿Y qué piensa su hija de la muerte?

Esa es una de sus obsesiones. Ella fue diagnosticada a los seis años con trastorno de ansiedad por miedo. De eso ha sufrido toda su vida y la muerte es el “coco mayor”. Cada tanto, aún hoy, me pide que le prometa que no voy a morirme jamás. Cuando tuvo conciencia de la muerte, como a los diez años, me hizo prometerle, así no sea posible, que nunca voy a morir.  

¿Todavía siente en su día a día la inminencia de la violencia que sentía (y que había) a finales de los ochenta y principios de los noventa?

Hace tiempo dejé de sentir esa sensación de peligro mezclada con miedo. Creo que aquello que respirábamos en Medellín especialmente por aquellos días se fue. Nunca he vuelto a sentir nada parecido y Medellín también ha cambiado. La ciudad tiene aún heridas abiertas pero nada es comparable al horror de aquellos tiempos.

¿Qué le falta a Colombia? ¿Y qué le sobra?

En Colombia nos hace falta sanar. Las dinámicas del conflicto no nos dan tiempo a reponernos de un dolor cuando ya estamos recibiendo otro. Nos hace falta tiempo para sanar. Pienso que es la única manera de perdonar. Con la herida abierta es difícil hacerlo, sobre todo hoy, en estos tiempos en los cuales el debate por el proceso de paz divide entre odios y amores. Sin embargo, como país, nos sobra la fortaleza, la capacidad de “aguante”, para usar un término bien coloquial.

Encuentre aquí más información sobre Los días del dragón: Mi correspondencia con Pablo Escobar y otras maneras de sobrevivir a la guerrael libro de Silvia María Hoyos. 

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