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"Los periodistas debemos desligarnos de la falsa aureola de imparcialidad": Paco Gómez Nadal

Nacido en Murcia (España), el periodista Paco Gómez Nadal tiene fuertes vínculos profesionales y afectivos con Colombia. Desde unas prácticas profesionales en El Colombiano, la realidad nacional ha sido un tema que le inquieta y asombra. Frutos de ello Los muertos no hablan (2002) y La guerra no es un relámpago (2016), libros de no ficción que narran el dolor de las víctimas del conflicto armado.

2016/02/29

Por Ángel Castaño Guzmán

¿Cómo llega a interesarse un español en el conflicto armado de un país latinoamericano? 

La verdad es que me escudo poco en el pasaporte o en la nacionalidad. Yo nací y me crie en un pueblo del sur de España, en el Mediterráneo, y, de algún modo, intuía que para conocerme tenía que conocer a los otros. No sé si elegí Colombia, pero la verdad es que tras la primera experiencia de 1996 sabía que debía volver para tratar de entender lo que había vivido. En la guerra de Colombia conocí lo más hermoso y lo más diabólico de nosotros los seres humanos y poco a poco fui tejiendo unas complicidades muy profundas con las comunidades. Una vez que has conocido su experiencia de resistencia, no puedes abandonarlos.

Usted llega a Colombia a hacer prácticas profesionales en El Colombiano. ¿Qué recuerda de esos años? ¿Cuáles fueron las diferencias entre el oficio periodístico español y el colombiano que encontró? ¿Hubo alguna experiencia de esos primeros años en el país que lo haya marcado?

 El Colombiano de 1996 fue para mí una escuela única. Había un grupo de periodistas jóvenes comprometidos con los derechos humanos y que se autoformaban de manera intensa. Además, aunque esto ha cambiado, en aquella época la dirección del medio apoyaba sin fisuras un tipo de periodismo valiente y arriesgado. Me tocó cubrir esa dura época en el Urabá antioqueño y creo que esa experiencia, siendo tan joven, me transformó como profesional y me enganchó de forma indisoluble con Colombia.

El periodismo colombiano de esos años era vibrante y de avanzada en comparación con un periodismo español que empezaba a “dormirse” en un clima de democracia formal.

Hubo muchas experiencias que me marcaron. Pero quizá rescataría tres que me obligaron a cambiar, primero como persona y después como periodista. Una fue la violenta entrada paramilitar a Riosucio (Chocó) a finales del 96. La segunda es la cobertura de los campesinos resistentes en el río Jiguamiandó. Y, sin duda, la masacre de Bojayá. Llegué a Bellavista el día 4 de mayo, fui el primer periodista y tenía la ‘chiva’. Sin embargo, lo que era mi mayor ‘éxito’ profesional me obligó a cambiar toda mi forma de entender el periodismo.

Luego de escribir en el prólogo de Los muertos no hablan que ese trabajo era una venganza contra la muerte y contra el periodismo, ¿ha cambiado en algo su visión de ambos elementos después del paso de los años?

Creo que cuando escribí Los muertos no hablan se produjo una inflexión en mi forma de entender el periodismo. Cada vez me interesa menos el suceso y me concentro más en los procesos. Trato de entender antes de contar y de escuchar antes de teclear. Ha pasado mucho tiempo y lo que he hecho es profundizar en esa forma de hacer las cosas. Es verdad que eso tiene un peaje alto. Yo dejé de comer gracias al periodismo porque decidí hacerlo por mi cuenta y con los tiempos de los procesos. En todo caso, compensa. Los periodistas debemos mirarnos al espejo y desligarnos de la falsa aureola de imparcialidad o superioridad que, por cierto, casi nunca se cumple.

En un ensayo usted cuestiona algunos conceptos que durante mucho tiempo han marcado el norte al periodismo: la objetividad y el distanciamiento. ¿Estamos ante una crisis de los modelos tradicionales del periodismo?

Es que es muy raro que se sigan enseñando modelos del periodismo liberal de principios del siglo XX. Se está transformando mucho en la forma pero poco el fondo. Es decir, mucho periodismo multimedia, mucha fragmentación de los formatos, pero poco debate conceptual sobre para qué, con quién o cómo hacemos periodismo. La objetividad es un autoengaño en el que los periodistas más subjetivos se sienten cómodos. El distanciamiento es un imposible en contextos de guerra como el de Colombia. Creo que hay que apoyarse más en la profesionalidad, la honestidad intelectual y la formación permanente para hacer buen periodismo. El riesgo de no cambiar ese fondo es que el periodismo profesional sea sustituido por una especie de comunicación bloguera no siempre rigurosa.

¿Cuáles son los valores que deben regir el comportamiento profesional de los nuevos reporteros?

Los valores sí deberían ser los clásicos. Honestidad, humildad, curiosidad desbordada, autoexigencia, humanismo sin contención, pensamiento crítico, ni un gramo de cinismo y un alto grado de responsabilidad social. Pero si me preguntara por cuál es el más importante creo que es el de la humildad: controlar al ego al máximo y ser conscientes de que son otros los que saben y nosotros los que contamos. Las personas que hacemos periodismo manejamos un bien común y eso nos obliga a una doble responsabilidad cuando hablamos de deontología profesional.

La guerra no es un relámpago es su segundo libro sobre la comunidad del Medio Atrato. ¿Qué ha encontrado en los seres que allí habitan que los convirtió en personajes de su trabajo? ¿Por qué, en mirada de extranjero, los colombianos hemos olvidado el dolor de esas regiones periféricas?

La realidad en el Medio Atrato y en el Chocó me ha servido para entender a Colombia en su complejidad y creo, sinceramente, que es un buen caso para fijarse y aprender de lo que no se debe hacer y de lo que sí se puede hacer. De hecho, La guerra no es un relámpago parte de Bojayá y del Medio Atrato pero, en realidad, trata de ser una explicación compleja de Colombia.

Creo que el resto del país no mira acá como no mira a la mayoría de territorios periféricos. Se trata de una mezcla de centralismo urbano, de racismo y de una estructura colonial del poder que sigue viendo a buena parte del país como zona de conquista. Es imposible, además, que el resto de colombianos se acerquen al Chocó porque su realidad está marcada por los medios de comunicación y la inmensa mayoría son bogotanos, urbanos y mestizos… y con esas gafas es difícil ver al Chocó con empatía.

 Las Farc, el 6 de diciembre de 2015, fueron a Bojayá a pedir perdón. Usted, que cubrió el evento, ¿qué puede decirnos de dicho acto? ¿Estos episodios refrendan la intención de paz de la insurgencia o son simples medidas cosméticas para ganarse la aprobación ciudadana?

 Después de estar en estos días de nuevo en Bellavista puedo dimensionar lo que pasó el 6 de diciembre. Es impresionante ver cómo se han empoderado las comunidades, cómo vuelven a creer que tiene sentido trabajar por la paz, pensar en el futuro.

No puedo asegurar qué significó el acto para las FARC, aunque en las entrevistas que mantuve después con ellos me pareció que, aparte del valor ‘escenográfico’ del evento, sí lo sintieron como un  momento especial. La masacre de Bojayá tuvo demasiado costo político y social para la guerrilla y el momento del perdón tenía que llegar. Pero creo que lo importante ha sido el efecto en las víctimas que se han sentido respetadas, visibilizadas.

Ahora esperan que el gobierno cumpla su promesa de pedir perdón y asumir sus responsabilidades. De todas formas, sí creo que Colombia debe dejar de sospechar sobre la autenticidad de cada paso que dan los actores que están en la mesa de negociación. Restablecer algún tipo de confianza en el otro es el primer paso para que la construcción de la paz territorial sea posible.

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