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“¿Es que vos sos optimista?”

Acaba de publicar una selección de sus columnas en el diario El Colombiano. Él dice que son crónicas, a pesar de que hace veinte años le prometió a Sábato no dedicarse al periodismo.

2010/02/09

Por Pascual Gaviria

Juan José Hoyos acababa de recibir su libreta de reportero. El sobrevuelo nocturno de una avioneta llena de cocaína sobre el Valle de Aburrá entregaba las emociones iniciales para sus delirios de primerizo en el oficio. Una caravana de taxistas y curiosos se encargaron de alumbrar la pista del aeropuerto Olaya Herrera y el vuelo despistado terminó con un decomiso y dos tripulantes en fuga. Era un bautizo premonitorio para lo que vendría después: años de noticias sobre hazañas mafiosas, masacres mafiosas, tramas mafiosas, fiestas mafiosas. El Medellín de comienzos de los ochenta no era plaza para bostezos y sin darse cuenta Hoyos se convirtió en un gacetillero experto en gatilleros. El martes era su día de descanso, pero casi siempre se cerraba en las afueras de la morgue.

Era lógico que el cubrimiento de esa especie de logia siniestra y fascinante terminara con una visita al capo mayor. Después de un fin de semana en el zoológico de Nápoles, como enviado especial del periódico, Pablo Escobar le propuso a Hoyos que fuera su cronista oficial. El patrón hablaba de becas y de contar una historia de su vida y obra que tuviera como pistoletazo inicial la muerte de un elegante pionero de la mafia que vestía de paño verde y zapatos blancos. Pero una entrevista con un capo de distinto calibre ya había marcado otros caminos para Hoyos. Manuel Mejía Vallejo lo embrujó con una charla de ocho días, era su primer encuentro cercano con un escritor y se convenció de que el periodismo sería una buena vía para buscar su voz de narrador.

Hoyos me dice que por esos tiempos todavía guardaba una especie de complejo de periodista. La frase de Cepeda Samudio, según la cual el periodismo es literatura de urgencia, no había calado lo suficiente. Los martes que el orden público dejaba libres se dedicaban a un oficio de mayores quilates y frecuencia más elevada: la escritura de su novela Tuyo es mi corazón. Con la publicación de la novela apareció otra entrevista memorable, las palabras de un capo mayor de la literatura latinoamericana impusieron nuevas obligaciones. Editorial Planeta lo reunió en Medellín con Ernesto Sábato, que había llegado para la promoción de algunas de sus obras. Sábato se despachó contra el periodismo, le decía a un Hoyos tembloroso que era mejor trabajar de bulteador que alquilarles la mente a los vendedores de papel entintado. Luego de la diatriba, Hoyos tomó aire e hizo su confesión de parte: “Maestro, debo decirle que yo soy periodista”. Sábato sacó una edición de El túnel y lo hizo jurar con mano arriba que dejaría el periodismo para dedicarse a la literatura. Hoyos dejó el periódico en parte por el tedio de la sangre y en parte por los ímpetus del novelista recién graduado.

Pero fue imposible huir de las manías periodísticas. Un tesoro de diarios viejos en la hemeroteca de la Universidad de Antioquia marcó la recaída. Hoyos se convirtió en un lector de prensa caduca, un especialista en diarios vencidos y polillas. Entre vejeces se convenció de que existe un periodismo que vale tanto como cualquier literatura y que los pliegos de prensa no excluyen la narración: “He vuelto a hacer periodismo y sin embargo no creo haber violado el juramento a Sábato”.

De hecho, su libro más reciente, publicado por Hombre Nuevo Editores, es una colección de columnas de prensa aparecidas en El Colombiano durante los últimos tres años. “¿Columnas? No, yo prefiero llamarlas crónicas”. Está bien, convengamos en que Viendo caer las flores de los guayacanes es una reunión de crónicas, y digamos de una vez que huyen de la actualidad como del demonio y persiguen retratos sorprendentes, personajes dedicados a algunas anomalías sublimes.

Uno podría decir que las notas del argentino Roberto Artl, por ejemplo, son las de un observador, las de un caminante caviloso y afilado. Y las de Luis Tejada son propias de un ensimismado de café, un pensador que puede escribir sobre la metafísica del bostezo. Las crónicas de Juan José Hoyos por su parte parecen sobre todo el producto de un escuchador profesional, tanto como el personaje de una de ellas, que se sienta en las esquinas de Tokio, en las tardes, para servir de oído universal. Los personajes hablan entre susurros, un poco cansados, y Hoyos los va llevando con delicadeza, escribiendo entre dientes, si tal cosa es posible. Debo confesar que en algunos momentos rogué porque su pluma diera una estocada menor o visitara la crueldad o entregara una gracia malediciente, pero sus historias de cantinas y sacristías, de encrucijadas y puñales, de enterradores y cantantes baratos se dedican a otras artes: a la búsqueda de algunos secretos a los que muy pocos le entregarían su curiosidad.

Al final de la charla le digo a Hoyos que en un momento las crónicas parecen compartir un aire melancólico de final de tarde y un pesimismo de reproches. Me mira entre risas y me pregunta si acaso es posible ser optimista en el siglo xxi: “O es que vos sos optimista”. Le digo que no por reflejo y me remata después de despachar el último sorbo de la cuarta cerveza: “Entonces dejá de joderme la vida”.

Antes me había dicho que Sábato lo previno en el momento de la publicación de su primer libro: “Ese sueño era una semilla y ya la sembraste, se va convertir en un árbol y eso tiene un problema, cualquier perro puede venir a mearse en él”. Espero haber sido un perro con alguna nobleza. Y algún mordisco, como es justo.

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