Sánchez Baute, fotografiado en su apartamento en Bogotá.

Escribir con sangre

El escritor vallenato, autor de Al diablo la maldita primavera y Líbranos del bien ha vapuleado las conciencias de quienes creían que aún en el siglo XXI había temas vedados en la literatura colombiana.

2010/06/22

Por Catalina Holguín Jaramillo

La voz procaz, divertida y desenfadadamente gay de Edwin Rodríguez Buelvas, protagonista y narrador de Al diablo la maldita primavera, reveló a los lectores colombianos un mundo que latía en el corazón de Bogotá. El supermercado Carulla de la 63 con séptima en Bogotá se conoce ahora como Gayrulla y sus más asiduos clientes ya no son espectros construidos a partir de desinformación y chismes, sino seres humanos con rostros y sentimientos. Algo parecido fue lo que logró Hanif Kureishi con la población paquistaní en Gran Bretaña: convirtió a una población excluida en individuos de carne y hueso. Esta ópera prima de Sánchez Baute ganó en 2002 el Premio Nacional de Novela de la Secretaría de Cultura de Bogotá. Como dice Edwin al final de la novela, “yo me hice respetar, y el destino me premió. Y ahora sí, hagan una bulla, carajo.”

Gracias a su talento, Baute también se ganó un importante espacio en la literatura colombiana. Hace un año y medio publicó la novela Líbranos del bien, en la cual cuenta la historia de dos célebres hijos de Valledupar conocidos como Jorge Cuarenta y Simón Trinidad. En esta novela, como en la primera, Sánchez Baute hace literatura enfocándose en lo importante: el machismo, la intolerancia y la imposibilidad de la empatía.

Al diablo la maldita primavera ganó Premio Nacional de Novela en el 2002. Antes de eso, ¿usted estaba en el clóset?

Antes de eso estaba inmerso en la búsqueda de mi identidad y el egocentrismo no me dejaba ver más allá. Ahora las preocupaciones personales quedaron atrás. Me duele cada noticia que toca el miedo, el odio y la violencia que se respira en mi país y lucho por el afianzamiento de los derechos humanos, particularmente el respeto a la vida y la tolerancia.

¿Cómo cambió su vida después del premio? En especial, ¿cómo cambió su relación con la comunidad gay de Bogotá?

Mi trabajo no es buscar el aplauso. Si quisiera ser popular me dedicaría a la política o abriría una discoteca. Los amigos son circunstanciales, la literatura no. Desde la publicación de Al diablo… me he dedicado a lo que más me interesa: la literatura. Es lo único que importa constatar.

En Líbranos del bien usted ahonda en una historia que muchos en Valledupar y en el país prefieren no discutir. ¿Esta novela cambió su relación con la gente de Valledupar?

Mis apellidos están divididos: mientras los Sánchez Mejía son gente tolerante y respetuosa de las vidas ajenas, los Baute —con excepción de mi mamá— son rabiosamente homofóbicos. Esto no ha impedido la publicación de mis novelas ni lo tengo como un referente para cambiar mi modo de vida. No pido permiso para vivir en un mundo que también me pertenece. Soy un gay militante en cuanto lucho por los derechos de los míos. No me interesa alardear de mi condición, pero evidencio el hecho político de existir sin pedir permiso ni comprensión a nadie.

Fina Palmera y el escritor que narra Líbranos del bien toman las riendas de una historia que había sido contada casi en exclusiva por los medios. ¿Siente responsabilidad de contar, desde las márgenes, historias excluidas por los círculos del poder nacional?

Como escritor, mi única responsabilidad es la honestidad al contar mis historias. Como intelectual, siento que debo poner mi entusiasmo al servicio de las minorías. Lo veo como un pago natural por el talento que me regaló la vida. Esto que digo no es dogma sino mi verdad. Prefiero enfatizar en los valores humanos y los conceptos culturales que trato de imprimirle a mi obra. El aprendizaje de la verdad, además de doloroso, es lento. Es un viacrucis que solo los escritores, en parte tal vez, conocemos. Las circunstancias personales que rodean al escritor pueden influir sobre su obra pero no sobre su mensaje, que es de índole general: escudriña la sensibilidad humana. Por eso en mi obra estará siempre latente el sufrimiento y su búsqueda. Lo dijo Goethe: “De todo lo que he escrito amo solo lo que he escrito con sangre”.

¿Cree que en la literatura colombiana hay una tradición literaria gay? ¿Se siente parte de ella?

Carezco de los sesgos que menciona. La literatura, como la condición humana, es una sola. La amo en su conjunto sin establecer estas sutiles discriminaciones. Me enmarco dentro de la literatura nacional en su conjunto. Gané el Premio Nacional de Literatura, ¡no el de literatura gay! Mis preocupaciones van mucho más allá de mi sexualidad. Antes que gay soy hombre. Si el tema me resta alguna energía es buscando evitar que las nuevas generaciones de gays padezcan mis mismas discriminaciones. No me interesa ser referente de nadie ni de nada. Mi único interés es contar historias. Tampoco creo que la literatura tenga alguna función salvo la del placer que genera en el lector.

¿Cómo describiría su identidad narrativa?

El sufrimiento y la sensibilidad son los temas que me inspiran. Hablo de lo gay como consecuencia de mi interés por la condición humana. Trato el tema con poesía, respeto, humor y hasta con compasión. Para algunos, Al diablo… es la historia de un gay que lucha por la fama, quedándose en la banalidad del lenguaje al mencionar marcas de moda. Al diablo... es la tragedia de alguien en la búsqueda del amor y de su identidad. Desde allí conservo una preocupación por entender la condición humana, así como un afianzamiento de los valores universales y los derechos del hombre. La oralidad ha sido eje central de mi trabajo, pero es prematuro señalar lo que pasará en el futuro.

¿Proyectos futuros?

Últimamente estoy escribiendo como si me fuera a morir mañana. Amalaya de allí resulte algo publicable. De no ser así, tampoco me preocupo. Me gusta tomarme la vida con calma y alma Caribe.

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