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Escritor eminente

La vida y la obra de Jaime Manrique están surcadas por figuras como Manuel Puig, Reinaldo Arenas y García Lorca. A ellos los catalogó como maricones eminentes: él es parte de la misma saga.

2010/03/15

Por Hugo Chaparro Valderrama

El apartamento de Jaime Manrique Ardila en Nueva York queda en la misma calle donde vivió en los años veinte la escritora norteamericana Willa Cather. Y aunque la casa de Cather fue demolida cuando se construyó la línea de metro de la Séptima Avenida, una placa recuerda en dónde estuvo ubicada. Eventualmente, cuando Manrique pasa en frente de ella, recuerda a la autora de un libro que considera entrañable: Death Comes for the Archbishop.

Cather es así una de las mujeres que han acompañado con su obra al poeta, novelista, cuentista, ensayista y traductor colombiano que llegó a vivir a los Estados Unidos en 1967, cuando tenía dieciocho años de edad. Desde su primer libro de poemas, Los adoradores de la luna, con el que ganó en 1975 el Segundo Concurso Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus, hasta su novela más reciente, sobre la vida, el heroísmo y las humillaciones padecidas por Manuela Sáenz, Our Lives Are the Rivers, publicada por HarperCollins en el 2006 y que lanza Alfaguara en Colombia, Manrique ha favorecido al mundo femenino en contra del carácter patriarcal, indeleble en Latinoamérica. Sus libros son una declaración en clave gay contra la soberbia del machismo; una evidencia del maltrato al que se han visto enfrentadas las víctimas del prejuicio y de sus murmuraciones; y celebran la agudeza femenina, descrita en su poema “Las mujeres” –donde alaba sus virtudes “porque sin ellas / no existiría la poesía”–, y a los homosexuales cercanos a su sabiduría.

En su vida y en su literatura, Manrique Ardila ha cruzado umbrales que evidencian la mentalidad del país donde nació y la forma como la escritura permite comprender su realidad. “Piernas”, el primer ensayo de su libro Maricones eminentes (1999), es una descripción de su entorno familiar y de lo que significó para él crecer en ciudades como Barranquilla y Bogotá, donde sus lecturas de Turgueniev lo sorprendieron por “las similitudes entre la campiña rusa del siglo XIX y la colombiana de mediados del siglo XX”.

Madame Bovary, Rojo y negro, Oliver Twist y La feria de las vanidades tuvieron su equivalente en otra clase de invenciones, no menos decisivas que las literarias, durante una adolescencia en la que trató de imitar a sus héroes literarios sin importar el entorno que lo rodeaba –logrando proezas asombrosas, como imaginar, mientras recorría Barranquilla luego de leer Cumbres borrascosas, que “exploraba los páramos salvajes y melancólicos de Inglaterra”–.

Flaubert, Dickens o las Brontë se alternaron con Doris Day, Rock Hudson o Elizabeth Taylor. Descubrió entonces, a través del cine, otra forma de entender el mundo. De la misma forma que al escritor argentino Manuel Puig durante su infancia –amigo y maestro de Manrique en un taller de escritura creativa que dictó Puig en la Universidad de Columbia en 1977–, el cine le sirvió al autor colombiano para escapar momentáneamente de lo cotidiano. Conoció entonces, con otro registro, el vigor de la ficción en la realidad de la pantalla. Nacía entonces el crítico que publicó en 1979 sus Notas de cine, con la dedicatoria debida a otra de sus mujeres queridas, la crítica norteamericana Pauline Kael, “por su ejemplo”.

A lo largo de su vida, la comunicación de Manrique con las mujeres ha sido una manera de enriquecimiento personal y literario. Entre ellas y los homosexuales hay un factor común: “alcanzaron verdadera eminencia por la valerosa audacia de su ejemplo”, como señala en Maricones cuando explica los motivos que lo llevaron a escribir su libro sobre Reinaldo Arenas, Federico García Lorca, Manuel Puig y él mismo.

Al umbral de la geografía y de la literatura escrita por Manrique en inglés y en español, del machismo y de la homosexualidad como un reto para definir su postura ante el mundo, se suma el umbral cruzado por sus personajes para demostrar el material del que está hecho su coraje.

El cadáver de papá (1978), Latin Moon in Manhattan (1992), Our Lives Are the Rivers y Twilight at the Equator (1997) –en el que traza un retrato del artista joven y confuso en su relato “To Love in Madrid” que empieza: “Llegué a Madrid para convertirme en poeta. Era 1976 y tenía veinticinco años de edad”, para concluir treinta páginas después: “Entonces acepté que la vida es una sucesión de cambios y transformaciones milagrosos. Y, como me recordé, aún éramos jóvenes, el futuro estaba aún por escribirse”– son libros que se relacionan por la forma de perseguir y defender un sueño que orienta el rumbo de la trama.

Hacia el final de su biografía novelada de Manuela Sáenz, cuando el recelo y las intrigas condenan a La Libertadora y hacen de ella una mujer arrinconada en las sombras, Manrique describe los motivos de la Gran Colombia para sumergirse en la violencia como si se tratara de un hechizo interminable que todavía no ha podido conjurarse.

“Huérfanos, viudas, padres sin hijos integran la mayor parte de la población de Colombia. Fue el resultado de las Guerras de Independencia: un país habitado por gente sin compasión en sus corazones, un lugar donde el odio era lo que hacía palpitar sus corazones”, escribe Manrique.

Manuela Sáenz supo entonces, a principios del siglo XIX, lo que significaba enfrentarse a las convenciones y a los amaneramientos de Colombia. Acaso como lo ha sabido desde siempre Manrique cuando comprendió, desde su adolescencia hasta hoy, de qué manera cruzar los umbrales de lo establecido exige riesgos preferibles a la resignación.

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