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“Esta es una época difícil para el amor”

Tres relatos escritos en una prosa depurada y sencilla, que nos pasean por las aburridas vidas de tres bogotanos sin remedio, componen El viento que agita las cortinas, la ópera prima del escritor.

2010/03/15

Por María Alejandra Pautassi

Parece cómodo caminando por las calles del centro de Bogotá, donde vive hace más de diez años y ha visto sin nostalgia su cambio. Es profesor de literatura en el colegio Juan Ramón Jiménez, al que llegó por accidente. Allí no solo ha encontrado la excusa para leer y releer los clásicos a su antojo, sino una vocación para enseñar. Me entero así de que además de ser un experto en la novela del siglo XIX (de Stendhal, Zola y Balzac admira su precisión descriptiva) y de que sus lecturas del XX van desde Arthur Miller hasta Michel Houllebecq, que ha leído —no sin gusto— las novelas de Corín Tellado y que entre sus pecados literarios está haber comprado las de Johanna Lince para entre casa. Entre las referencias cultas del erudito y de otras, menos cultas, del lector compulsivo, finalmente nos acomodamos en una mesa en la sección de fumadores del Club de Ajedrez Lasker. Cae pesado en su silla y aunque no le pregunto, dice: “Bueno, mi primera entrevista oficial”, como anunciando un gran evento que a la larga no es tan grande. Una extraña mezcla de resignación y humor festivo.

De Juan Carlos Rodríguez se sabe muy poco: ha publicado columnas de humor en SoHo y en el 2003 fue finalista del concurso de cuentos breves Las 500 de El Malpensante. De su vida personal, nada. A partir de los perfiles de los colaboradores si acaso se puede establecer que lleva escribiendo su tesis de grado de Literatura desde el 2003 y que para el 2007 todavía no la había acabado (las causas, al parecer, estaban en su adicción “morbosa” a ciertos programas de televisión). Su primer libro de relatos, El viento detrás de las cortinas, acaba de ser publicado por Mondadori. Se trata de tres cuentos largos o novelas cortas —a él la distinción lo tiene sin cuidado y por eso prefiere simplemente llamarlos relatos—. Tres relatos, pues, narrados en primera persona, cuyos temas centrales son el amor, la seducción y las mujeres, la memoria y el paso del tiempo, y la búsqueda de un lenguaje que oscila entre la erudición, la crudeza y la ironía.

Su especialidad parecen ser las columnas de humor, un género corto. ¿Cuáles fueron sus mayores dificultades al escribir estos cuentos largos?

No fue la extensión. Escribir columnas para SoHo fue una escuela, digamos, para perfeccionar estilo. Pero mi formación no fueron los artículos de SoHo. Mi formación estuvo más en leer los diarios de Anaïs Nin. De pequeño llevé diarios que luego quemé (ahora me arrepiento, pues me habría reído mucho leyéndolos). Pero en la universidad lo retomé y me di cuenta de que así estaba aprendiendo mucho de la escritura y me empezó a gustar lo que escribía. Como Anaïs Nin 2: “Su diario es su obra”.

Si su escuela fueron los diarios de Anaïs Nin, quizá fueron también los de muchos escritores jóvenes que tienen en común el tono intimista.

Sí. Y, ¿sabe?, no sé por qué eso pasa. Yo no puedo evitar estar interesado en esta realidad. Soy lector asiduo de El Espectador, Semana y, en general, de las noticias. Y siento que hay una novela que tiene que escribirse... Algo así como la América de Ellroy, versión colombiana. Una novela que empiece con Tirofijo a los 14 años, metido entre el monte porque están matando a sus tíos y termine con la extradición de estos 14 hace unas semana narrado en 800 o 900 páginas. Pero no se me da. Para escribir literatura hay que tener un ego tremendo. Escribir es una cuestión de autoexploración, una búsqueda dentro de lo íntimo, de lo personal. La pregunta es si la literatura alguna vez ha sido otra cosa.

¿Cree que somos un generación indiferente?

Lo he creído mucho tiempo, pero ya no estoy tan seguro. Yo veo que mis amigos son personas muy informadas y muy enteradas de lo que pasa. No veo indiferencia. Pero sí veo esquizofrenia. Tenemos vidas escindidas. Obligatoriamente. Vivimos en un país en el que están pasando las cosas que pasan, cosas que han venido pasando desde hace años, y en ese país crecimos y en ese país estudiamos literatura. Creo que hay una escisión entre la esfera pública, el mundo que nos toca, y la vidas que tenemos que llevar, lo íntimo y lo personal. Con las condiciones propias del país, eso se ve como una distancia y una indiferencia enormes.

¿Por qué los escritores de su generación prefieren tratar temas íntimos y no escriben sobre esa realidad?

Porque no se trata de contar una historia, sino de contarla bien. De hacerla vívida. Si lo vemos en términos generacionales, de pronto porque somos jóvenes. Y yo creo que hay que tener experiencia de escritura para escribir sobre esa realidad. Para hacer un fresco narrativo de la situación es necesario haber escrito por lo menos unos veinte años. Pero creo que hacia allá vamos.

Muchos escritores jóvenes colombianos usan el humor en sus novelas...

Es una necesidad. La solemnidad a mí me pesa mucho. Hay una idea generalizada de que para decir cosas serias hay que ser solemne, de que para hablar en serio hay que estirarse, mirar al infinito y decir: “Óiganme que ahí vengo, señores”. Pero supongo que el humor en mí también está relacionado con el hecho de ser profesor, de hacer que adolescentes lean La Ilíada, Hamlet o Macbeth. No se trata de hacer una versión de Hamlet para adolescentes, sino de hacer que ellos se acerquen a Hamlet sin esa solemnidad y conscientes de que es una creación humana a la que todos podemos acceder.

En sus relatos habla de una manera bastante cruda sobre el sexo (“chocho”, “arrechera”), pero sus personajes son eternos enamorados. ¿Le da miedo hablar del amor?

En este libro lo único que hago es hablar del amor. Pero creo que entendí su pregunta. Yo no creo que haya una dicotomía entre cierta crudeza del lenguaje y la nobleza de los sentimientos. Todos los personajes de este libro están evocando, recordando, confesando. Y el lenguaje que usé es sincero. Si digo, por ejemplo, que me encontré con una vieja novia y caminamos tomados de la mano por un parque al atardecer, que nos acariciamos dulcemente y nuestras bocas se unieron, estoy contando algo distinto, pero radicalmente distinto, a si digo que me encontré con una ex novia con la que nos teníamos unas ganas terribles y nos chupeteamos como locos en un parque. Aunque el evento sea el mismo, creo que la carga de sinceridad está puesta en cuál es el lenguaje que realmente trasmite la noción que está ahí. Como la pulsión sexual es fundamental en los personajes de este libro y esta pulsión se expresa con las ganas mismas que genera ahí, lo usé. Pero muchos de mis personajes también hablan delicadamente. El personaje de En contra del nudismo me encanta. Encarna algo de lo que yo soy: el gusto por las lecturas serias, pero también un gusto por un lenguaje directo, por un lenguaje más depurado.

El hilo que une estos tres cuentos es la relación con las mujeres, la seducción y el fracaso. ¿Cómo es esa relación entre el amor y el fracaso?

En Elogio de la dificultad, Estanislao Zuleta dice que estamos educados para pensar que el amor es un paraíso de melcocha y que como no entendemos que podemos perder lo que tenemos, no tenemos una noción real de lo que es la vida, de lo que la vida nos ofrece. Creo que esta es una época muy difícil para el amor, por lo menos el amor como se concibe en cierto tipo de literatura. Creo que el amor es un tema obsesivo ahora por su dificultad. En su libro Las particulas elementales Houllebecq muestra que obtenemos tan rápido la satisfacción física que no hay tiempo para nada más. Supongo que en la medida en que se pueda satisfacer lo físico, lo otro se hace más difícil. Creo que la gente que en este momento está pasando los treinta tiene serias dificultades, porque crecimos con una forma de acercarnos al amor, pero esa forma ya no es operativa. Y ya ha habido intuiciones de eso. Aunque yo no sé si ambas cosas estaban relacionadas, Rimbaud decía que el amor debía reinventarse y que debíamos ser absolutamente modernos.

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