Estrella del Norte, el condón asesino y una transexual llamada Anarcoma

Si no hubiera sido por el cómic gay es probable que no existiera la estética queer que conocemos. A él debemos la imagen del policía de bigote, mirada severa y ropa de cuero. Con ustedes, la apasionante historia de una revolución.

2010/06/22

Por Lina Vargas

En 1992 Marvel, una de las editoriales de cómics más importantes del mundo, creó su primer superhéroe homosexual. Se llamó Estrella del Norte, hacía parte de los X-Men y tenía el poder de la velocidad y la resistencia. Hasta entonces la sede de Marvel, ubicada en el 387 de Park Avenue South en Nueva York, había producido personajes musculosos y un poco trastornados que luchaban contra el mal pero que por alguna razón nunca hablaban de sexo ni sexualidad. Por eso, la declaración de Estrella del norte, cuyo nombre real era Jean Paul Beaubier, fue un acto verdaderamente significativo en la historia del cómic de masas.

Y sin embargo no era la primera vez que sucedía algo así. En Japón, desde los años sesenta circulaba el Bara, un subgénero gay del Hentai —manga y anime con alto contenido pornográfico— en el que hombres corpulentos y velludos tenían sexo explícito y en ocasiones violento. Las revistas con ilustraciones Bara, que en japonés quiere decir rosa, se distribuían de forma clandestina y todavía hoy es difícil conseguirlas.

También en los sesenta, en Estados Unidos las revistas beefcake estaban en su apogeo. Una tradición más bien pacata —sumada a un censurante ambiente homofóbico— podría haber sido la razón para que la sociedad estadounidense creyera por más de 30 años que las beefcake eran únicamente manuales de ejercicio para hombres. Mientras tanto, el público gay compraba títulos al estilo de Physique Pictorial y Young Physique con fotografías de cuerpos masculinos sobrejercitados, en un acto casi iniciático de su homosexualidad.

La historia del cómic gay, como cualquier otra revolución, se fue dando en paralelo. Un poco aquí y un poco allá. Hacia 1957, Physique Pictorial comenzó a publicar dibujos de marineros, policías, leñadores y constructores hechos a lápiz. Sin que nadie supiera, el joven finlandés Touko Laaksonen los había enviado a Estados Unidos desde Helsinki bajo el seudónimo de Tom of Finland. Touko firmó como Tom porque le pareció que sonaba similar en inglés, además evitaba líos con las autoridades, y continuó dibujando cuerpos escultóricos vestidos de cuero hasta convertirse en un icono de la naciente cultura gay en los setenta y ochenta. Basta recordar a los neoyorquinos de Village People con In the Navy y Macho Man y su sugerente estética prototípica —el policía, el constructor, el vaquero, el indígena norteamericano y el marinero— para conocer la influencia de los dibujos de Tom of Finland en el arte popular.

La canalla Barcelona

A la par que Laaksonen llenaba el mundo con modelos de hombres bruscos, fuertes y desinhibidos, a unos 3.000 kilómetros de Helsinki, en Barcelona, las cosas empezaban a cambiar. Los últimos años del setenta marcaron el final de una dictadura de casi cuatro décadas de represión intelectual y artística. Como era de esperarse, el posfranquismo trajo consigo un desenvolvimiento social y contracultural. Al poco tiempo empezarían a escucharse los sonidos incendiarios y glamurosos de Alaska y los Pegamoides y Fabio Mcnamara, las fotografías de García Alix y pronto llegaría Almodóvar con su Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón.

El día en que Franco murió en 1975, el país brindó por una promesa de modernidad y libertad sexual. En algún lugar entre España y Francia, un historietista gay de bigote, cuerpo escuálido y anteojos de marco plateado celebraba hasta desfallecer. Era Nazario Luque Vera y tenía motivos para festejar. Uno de ellos era la pronta derogación de la Ley de peligrosidad y rehabilitación social que avalaba la recuperación de los ‘maricones’ y otros ‘antisociales’ a través de terapias de electrochoques realizadas en cárceles como la de Huelva.

Nazario tenía 31 años, hacía cómics de contenido homosexual y vivía en Barcelona. En una entrevista realizada en 1984 dijo: “Me gusta retratar todo lo que me rodea, me gusta ese ambiente. Me da miedo, pero siento una atracción por él y por eso es que vivo en la Plaza Real desde hace seis años. Está lleno de travestis. A las cinco de la madrugada te despierta un grito horroroso, te asomas a la ventana y hay un charco de sangre de un tío al que han matado o la policía le ha pegado una paliza”. Nazario había nacido en 1944 en Castilleja del Campo, en Sevilla (en un ambiente muy a lo Almodóvar) rodeado de los mimos de su madre y cuatro tías solteras. Fue un niño enfermizo y un buen lector de las revistas Azucena para jovencitas con títulos como El árbol de mis sueños y Jacinta tiene un problema.

Tras una educación salesiana, y un temprano despertar sexual, Nazario se hizo hippie. Apasionado por el flamenco —solía vestirse de bailarina andaluza— recibió clases de guitarra de Diego del Castor y compartió fiestas con Juan Talega y Tío Borrico. Viajó, se drogó, asistió a descomunales borracheras y se enamoró de un rubio noruego por el que fue hasta Oslo. De vuelta a Barcelona, formó el Rrollo, un grupo de escritores y diseñadores que hacía y editaba sus propias historietas. De allí salieron Purita, San Reprimonio y La piraña divina.

Nazario es un realista, solo que su realidad era distinta. Eran los bajos fondos de Barcelona, una ciudad conocida como la canalla. Aunque aseguró que en sus cómics la historia era más importante que el dibujo, sus trazos son impecables. “A menudo crudas y sórdidas, expresivas y barrocas, sus historietas sacan provecho de las diferencias entre el esmero del dibujo y detalles grotescos (sexos sobredimensionados y caras gesteras)”, se lee en una reseña publicada por La Cúpula, la editorial española para cuya primera revista, El víbora, (1980) Nazario hizo la portada.

¿Y quién mejor para recorrer esa Barcelona enfangada que una astuta, sensual y despiadada detective transexual? Ella es Anarcoma, la heroína no operada del cómic gay español. “Anarcoma se me ocurrió mezclando diversas historias que tenía y me parece que el personaje fue un acierto. Yo quería una especie de detective a lo Humphrey Bogart, pero estaba ya muy visto. Entonces quería una heroína tipo Modesty Blaise o Barbarella. Y se me ocurrió una mezcla de los dos. Era una especie de travesti que pudiera juntar a Humphrey Bogart con Lauren Bacall”, dijo Nazario. Pronto Anarcoma se convertiría en uno de los cómics principales de la línea Chunga, una vertiente española del cómic underground.

Una homosexualidad cotidiana

En 1960, poco después de que Tom of Finland empezara a enviar sus dibujos a Estados Unidos, Ralf König nació en Soest, Alemania. A los 19 años dijo que era gay. Estudió carpintería y artes, y en alguna oportunidad intentó sin éxito ser parte de un show travesti. A principios de los ochenta ya era un historietista famoso. Su primer cómic publicado, Schwul Comix 1, logró que König fuera considerado un símbolo de la cultura homosexual y que el público hetero se interesara por la temática gay. “A principios de los 80, la homosexualidad estaba todavía fuera de los límites que uno podía tocar y, de repente, surgió alguien que no la trataba de una forma dramática o moralista, sino haciendo bromas”, señaló König.

Su línea se va por el humor. Mientras Tom of Finland creó arquetipos populares y Nazario mostró lo que muy pocos querían saber, König se burló y dibujó personajes flaquitos y tímidos que están en un mundo homosexual no victimizado ni sobredimensionado. Simplemente normal. Allí aparece el gay que vive con su madre anciana y trata de explicarle que si está con un hombre en la tina no es para economizar agua. O los dos amigos que se carcajean del gigantón vestido de policía. O el joven provinciano que viaja a la gran ciudad para aceptar por fin su sexualidad.

Al contrario de sus antecesores, König tiene un estilo suelto y poco detallado, de trazos rápidos y sin grandes fondos ni planos amplios. Su dibujo es eficiente y concreto, más hacia la caricatura que al retrato. No hay derroche gráfico, pero sí una marca: todos sus personajes tienen narices grandes y rojas. Su producción es impresionante. Cerca de 40 libros traducidos a 13 idiomas, más de siete millones de copias vendidas y cuatro adaptaciones al cine. Las dos más famosas: El hombre deseado y El condón asesino, la historia de un condón con dientes que causa pánico en la ciudad y de Macarroni, un detective gay que intenta capturarlo. Y luego Beach Boys, Como conejos, Corazones calientes, Konrad y Paul y la increíble Huevos de toro.

El comienzo del cómic gay fue una revolución fragmentada y subterránea. Sin manifiestos ni demasiada militancia. Dibujos llegados desde Helsinki, Barcelona y Soest. Mucha fiesta y poco escándalo. Tras Tom of Finland, Nazario y Konig vendrían otros como Howard Cruse y Carles Ponsí. Se sabe que a finales de los noventa circuló por Barranquilla La Grupa, una historieta en hojas tamaño carta, firmada por Castillejo, de la que quedan pocos ejemplares. La del cómic gay fue una revolución sin gritos. Hecha únicamente con Estrella del norte, el condón asesino y una transexual llamada Anarcoma.

 

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