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Fascinación por las palabras

Kohan indaga en la historia argentina desde los bordes. No explicita sino que sugiere. El Mundial del 78 o la Guerra de las Malvinas aparecen como trasunto de sus novelas.

2010/03/15

Por Susana Reinoso

“Cada vez que se gana una guerra, lo que sigue es la persecución de los últimos focos de resistencia del que perdió. Francotiradores, piquetes pedidos, los desesperados. Más se parece a una limpieza que a una batalla. ¡Pero cuidado! Todavía forma parte de la guerra”. Allí está, en esa reflexión del despreciable señor Biasutto, el personaje de su reciente novela Ciencias morales –ganadora de la última edición del Premio Herralde–, una de las razones posibles para comprender la literatura de Martín Kohan. Esa que describe, con pinceladas indelebles, los mitos y la historia de los argentinos, las formas de percepción de esos mitos y esa historia, y los comportamientos que nos hacen parte de una sociedad, respecto de la cual solemos preguntarnos: ¿qué tenemos en común?

Martín Kohan hace esa labor de escritura sin que nos demos cuenta. O sí nos damos cuenta, como lectores que además compartimos los acontecimientos cuyas resonancias nos llegan inevitablemente. Ya sea porque nos machacaron en la escuela con esos mitos, padecimos los acontecimientos históricos, aunque por razones generacionales no los hayamos protagonizado, o porque formamos parte de esa cultura de la argentinidad, que comparte una memoria siempre en proceso construcción y reconstrucción.

La prosa de este porteño nacido en 1967 en el seno de una familia judía, que asume su identidad porteña y su filiación al club Boca Juniors, con más fuerza que su argentinidad, y que se enorgullece de ser judío con dos premisas intactas –ni religión ni Estado de Israel–, es reflexiva y meticulosa, empeñada más en sugerir que en decirlo todo, acompañando al lector en la búsqueda de sus propias realizaciones reflexivas. El estilo de Kohan crea, en una gama de tonalidades que van de la ironía a la neutralidad, una tensión extraordinaria. En Ciencias morales, por ejemplo, consigue transmitir el clima del mítico Colegio Nacional de Buenos Aires –cuna de buena parte de la dirigencia política argentina– durante el último tramo de la dictadura militar, interpelando un principio de autoridad que ya entonces comenzaba a resquebrajarse sin saberlo. Y en el fondo de la novela, se agita ahogadamente la guerra de Malvinas.

Lo notable de la escritura de Kohan, en esta obra, es que consigue capturar la esencia del clima de aquella guerra, que en sus ecos sordos continúa hasta nuestros días. Como persisten las marcas de la dictadura. Porque en ello reside el éxito de una guerra, por sucia que se la llame: en asegurarse los efectos en el tiempo.

Hay en esta última novela de Kohan, a diferencia de las anteriores, una proximidad con sus vivencias personales. Aunque ha puesto cuidado en marcar que no se ocupa de los hechos históricos en sí, ni pone ingredientes de su autobiografía, sí es cierto que estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires, y ello ha dejado huellas en su formación. Y sin duda le ha posibilitado formularse las preguntas que se agitan en el libro: ¿cómo es posible que toda aquella anormalidad se nos apareciera como normal? ¿En qué momento se perdió el discernimiento?

La capacidad de Kohan para contar de manera sesgada distintas épocas y con muy diferentes registros es realmente singular. El héroe de la patria, José de San Martín, en El informe (1997); el lúcido Esteban Echeverría, en Los cautivos (2000); una noche del Mundial de Fútbol en la Argentina de 1978, en Dos veces junio (2002); la pelea de Firpo-Dempsey, en Segundos afuera (2005); la militancia de los años setenta y “la enorme potencia ideológica” de Marx, Lenin y Trotsky, en Museo de la Revolución (2006). Todo está allí, pero hay que buscarlo. En los entresijos de lo que no se cuenta, en los detalles, en las descripciones morosas, en la palabra que destella.

Kohan ha dicho, antes de ahora, que no hay nada programado en sus libros. Que las historias de ficción comienzan a gestarse en él no ya desde una época determinada, sino en ocasiones con una frase, como aquella que ancla al lector en el inicio de Dos veces junio, sobre la edad en que puede empezar a torturarse a un niño. Las ficciones le nacen de las significaciones, ha subrayado en alguna ocasión. A veces de las que emanan de los héroes, como San Martín.

¿Qué entendemos en realidad de la historia? , parece esbozar el autor cuando nos presenta El informe, o Museo de la revolución. O, como en Ciencias morales, cuando nos muestra que detrás de aquella rígida moral se agita la perversión, una forma de la crueldad de la que no se vuelve.

La pregunta entonces vuelve a reiterarse: ¿cómo es posible que algunas situaciones parezcan normales? Y Kohan la formula sin palabras, solo con los detalles de su literatura minuciosa, en la que los acontecimientos transcurren con un tiempo que se alarga siempre a la espera de un estallido, que a lo mejor no ocurre, pero poco importa, si el autor ha conseguido que estalle la pregunta en la cabeza del lector.

A Kohan no le interesan las realidades históricas reescritas como ficciones. Como ha señalado, lo que más le atrae es asomarse a lo que creemos entender de esas realidades. Sus últimos libros han rondado la dictadura militar argentina. Y en un aspecto que todavía pervive, quizá con más fuerza en los últimos siete años: el horror. Aunque lo suyo vaya del ensayo a la ficción, y a veces a esa mixtura de ensayo y narrativa, sus libros van conformando un universo de temas donde se mezclan, como ha reconocido el autor, algo del orden político, algo de la mística política, algo de la construcción del poder, algo de las relaciones cotidianas que en suma hacen la vida.

Kohan dice que no investiga para sus libros y que cuando escribe no lee narrativa argentina que es lo que suele leer. Para no teñir su escritura, abreva en otras lecturas que no lo coloquen en la interrelación de la que huye: experiencia y literatura.

Al final, como él mismo explica, la formación de su escritura procede de la fascinación, esa chispa de atracción fatal entre el escritor y sus lecturas, que lleva a un lector-escritor a obsesionarse con lo que está detrás de esa lecturas. Ya no alcanza con el goce estético de la literatura. La obsesión es responder: ¿cómo lo hizo? Ese es el instante de mayor intensidad entre el escritor y la palabra, el espacio donde se abren sitio las ideas que más tarde germinan en libros.

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