Fernando Araújo. Foto: Andrés Torres.

“Las salas de redacción no están diseñadas para escribir”

El columnista y editor de Cultura del diario El Espectador, Fernando Araújo, publicó este año dos libros, uno periodístico y una novela. Hablamos con él.

2016/11/22

Por Ángel Castaño Guzmán

El 2016 ha sido un año fecundo para el periodista cultural y editor Fernando Araújo Vélez: publicó el libro de No-Ficción No era futbol, era fraude, meticulosa denuncia de las corruptelas en la FIFA, y la novela Y por favor, miénteme, un relato que cuenta parte de la vida nacional echando mano de las vivencias, de los triunfos y las derrotas de una familia cartagenera, los Vila. En las páginas de la ficción novelesca el lector es llevado por una prosa musical a contemplar la unión entre los dramas políticos y las tragedias íntimas en la región Caribe.

¿Cuál fue el proceso de escritura de Y por favor, miénteme, su primera novela? ¿Qué tanto le debe el tono de la escritura a su oficio de periodista y de editor?

El proceso de escritura se inició al día siguiente de haber terminado la mayor parte de la investigación. La verdad es que luego de todo lo que había encontrado y oído, me moría por sentarme a escribir. Eso fue hace 13 años. Cuando tecleé la primera palabra, ya tenía el primer párrafo en mi mente, aunque luego lo cambié muchas veces, y al final, con la última versión, desapareció de la novela. Sentía una especie de temor por el estilo, pero me convencí de que nadie da lo que no tiene, y eso me tranquilizó. Creo que todo lo que vamos escribiendo en la vida se debe a lo que vamos viviendo en la vida. Por eso, eso que llaman periodismo me ha influido, no sé si tanto en el estilo, como en la convicción de que no hay inspiración, sino sentarse a escribir. En la medida en que uno escribe, va encontrando las palabras y las imágenes. Creo que el tono de la escritura surgió de las columnas que escribo los domingos. Incluso, hay algunas de ellas en la novela, y el título nació de una.  

En la novela se cuenta una parte de la historia del país y de Cartagena a partir de la vida de la familia Vila. ¿Hubo proceso de documentación? ¿Cuándo supo que la historia estaba terminada?

Hoy, pienso que el proceso de investigación fue esencial en la novela. Tanto por lo que viví y sentí mientras lo hacía, como por lo que significó para la construcción de la historia. Fue emocionante enterarse de muchas cosas y recorrer los lugares que recorrieron los personajes, y fue maravilloso imaginar esos lugares y personajes en la novela, incluso antes de escribirlos. La verdad es que nunca supe si estaba terminada o no, pero llegué a la frase del final: "Desde esa realidad, su realidad, se imaginó al lado de Helena y creyó que Helena lo tomaba de la mano", y decidí que me gustaba esa frase para el final.  Luego arreglé lo anterior, o partes de lo anterior, para que esa frase fuera el final.

En ciertos pasajes de su novela el lector que conoce su trabajo periodístico encuentra rasgos de la escritura de sus columnas El caminante. ¿Cómo trabaja con las palabras? ¿A qué procesos de corrección somete a sus textos?

Hay tres o cuatro textos de esa columna dentro de la novela, y uno de ellos es el del título. Las añadí en la última versión. Fue una bonita apuesta, luego de comprender que no recordamos todo sobre una novela ni sobra una canción ni sobre una película. Se nos quedan detalles. Bueno, quise que algunos de esos detalles fueran esos textos. Las palabras son libres ahí y en la novela. Yo no me aferro a ningún manual, en parte, porque no entiendo esos manuales. Escribo cuidando cada una de las palabras que empleo, pues hay una palabra para cada cosa, más allá de que a veces creo que faltan muchas en nuestro lenguaje. La corrección de mis textos es igual de libre que los textos. Digamos que pasan por el departamento de corrección del periódico El Espectador, pero allí suelen no tocarlos. La novela pasó por varios estados de corrección, pero no hubo mayores cambios. Antes de eso, se los doy a leer a algunas personas, por supuesto.  En el fondo, considero que respetan mi "locura".    

Cartagena es el epicentro de la acción novelística. ¿Cuál ha sido su relación con una ciudad tan cargada de referencias literarias?

Mi familia toda es de allá, y yo pasé gran parte de mi infancia en Cartagena y sus alrededores.  Sus personajes, sus calles y recovecos, sus tierras, el mar, las costumbres, la historia... Todo es mágico allá.

En 2016 usted ha publicados dos libros: la novela de la que venimos hablando y una crónica sobre la mafia en el fútbol. Su agenda de editor debe ser extenuante ¿A qué horas escribe?

Se dieron las circunstancias para que salieran casi al mismo tiempo, pero la verdad es que uno escribe un libro casi desde que nace. Se va llenando de información, de imágenes, de rabias y amores, y todo eso hace parte de los libros, de una u otra forma. No tengo horarios fijos para escribir, pero sé que escribir me salva. A veces, cuando debo entregar un texto, me propongo horarios y una extensión diaria, que sin embargo, nunca cumplo. Termino escribiendo muy tarde en la noche, o a las tres de la mañana, o a la hora en la que se me ocurra una idea, a mano en ocasiones, en libreticas. Eso también lo aprendí del periodismo, a escribir en lo que sea y como sea. Irónicamente, donde menos escribo es en la oficina: las salas de redacción no están diseñadas para escribir.  

¿Qué proyectos literarios y periodísticos de largo aliento tiene en el tintero?

En este momento no tengo ninguno proyectado, y sé que más tarde o más temprano ese estado me va a sumir en una profunda desesperación. Cada vez creo más que lo importante en la vida es el caminar, el estar haciendo, no la meta. Las metas, en este caso los libros, son una reverencia a la vanidad, y un poco, algo de venganza, pero no son la motivación de despertarse todos los días.

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