Vallejo nació en 1942 en Medellín. Crédito: Juan Carlos Sierra / Semana.

Fernando Vallejo y el universo

'Las bolas de Cavendish', el más reciente libro del escritor paisa, emprende contra los científicos, físicos y matemáticos en el estilo característico del autor. Reseña de un texto contra todo lo académico.

2017/05/11

Por Luis Fernando Afanador

En 2002 Fernando Vallejo escribió La tautología darwinista, un ensayo para ´refutar´ la teoría de la evolución de Charles Darwin. Un poco tarde: a Darwin ya lo habían refutado otros científicos. Hay que hacer fila, pero Vallejo no la hace, le gusta llegar a destiempo y colarse. De cualquier manera, Darwin no es un farsante, ni un idiota y no se puede desconocer olímpicamente la historia de la ciencia. En 2005, Vallejo volvió a incursionar en el terreno científico con Manualito de imposturología física. Pretendía, nada menos, refutar a Newton, a Maxwell y “las marihuanadas” de Einstein.

En una reseña, Alfonso Sepúlveda, profesor de física e historiador de la ciencia, dijo lo siguiente: “Es difícil hacer una crítica de este texto irresponsable sin escribir otro sobre la ignorancia, sobre la falta comprensión del espíritu antidogmático que anima las ciencias naturales”. Pues bien, no contento con el palo que recibió en su desafortunada incursión en el terreno científico –y con la indiferencia: libro científico que no es traducido al inglés no existe-, Vallejo ha vuelto de nuevo a su crítica de la física con Las bolas de Cavendish, quizás animado por el auge de la posverdad en los tiempos que corren.

Es el Manualito de imposturología reciclado pues retoma los mismos temas, los mismos argumentos -Einstein continúa envuelto “en una nube de humo de marihuana”-, aunque trata de ser, en su forma, menos ensayístico y más novelesco. El narrador es un profesor de ´Imposturología´ de la U de A, que interpela a un colega suyo, Vélez, “un todólogo de la cultura wikipédica”. Más que un personaje, un recurso retórico para burlarse de los académicos, pero se cansa de él en la mitad del libro y lo arroja por un barranco: “¡Pobre Vélez! Matarse junto con su hijo y su yerno, el matrimonio feliz de los gueicitos… ¡A qué altura de la carretera a La Pintada se fueron por el rodadero?”.

Lo reemplaza por sus alumnos para seguir interpelando a alguien y así romper la monotonía de su aburrida disertación. No lo consigue, Las bolas de Cavendish es otro farragoso ensayo que pretende acabar con la física, con los físicos, con los astrónomos, con la U de A, y de paso, con todo lo que se atraviese en su camino. No faltan, por supuesto, sus eternos rivales –Cristo, el papa, la Biblia-, sin embargo, hay que reconocerle, tiene menos digresiones que sus obras anteriores.

No voy a hacer el ridículo de refutar al refutador: sería una discusión entre dos ignorantes en física. Basta con citar a Klaus Ziegler, quien en su columna de ciencia en El Espectador dijo lo siguiente sobre Las bolas de Cavendish, que él llama ´las bolas de Vallejo´: “Es imposible en pocas líneas desnudar el analfabetismo científico, las confusión y la desmesura que colman su último libro”.

Podría haber logrado un buen libro burlesco, pero desaprovecha la oportunidad porque se toma muy en serio con sus teorías falaces y el humor que propone es ramplón, no pasa del insulto y la descalificación: “Y ya que hablo de hijueputicas, el hijueputica de Einstein sacó del gran navío de Galileo su hijueputica relatividad y sus hijueputicos marcos de referencia”. Como a todo el que escupe para arriba, terminan devolviéndosele los escupitajos: “¡Por lo glúteos de la Virgen y las bolas de Cavendish, qué está diciendo este estúpido!”

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