RevistaArcadia.com

Gabriel García Márquez 1927-2014

"García Márquez fue, para nuestro tiempo, un hombre convencido de que era preciso encontrar en el lenguaje las respuestas a nuestras preguntas..."

2014/04/15

 

Gabriel García Márquez 1927-2014

Alguna vez, en los años cincuenta, cuando era un novelista que se debatía para encontrar su voz, Gabriel García Márquez declaró que lo determinante en nuestra literatura –la de ese entonces era la escrita en los años cuarenta y cincuenta—iba a ser que dejáramos de contar los muertos y nos dedicáramos a pensar en qué le pasaba a los que quedaban vivos. ¿Cuál era el destino de la desolación de los sobrevivientes a la Violencia política? Su respuesta, de ahí en adelante, tras desvelarse leyendo a los clásicos y recordando aquella mañana en la que fue a vender la casa de infancia, fue una sucesión brillante de cuentos y novelas que mostraron a un enorme escritor de nuestra lengua española equiparado solo a Miguel de Cervantes. Cervantes, fundador de la novela moderna en español, había soñado lo mismo que García Márquez quien, tras un sueño intranquilo después de leer La metamorfosis, de Kafka, había despertado creyendo que “esa vaina se podía hacer”. Esa vaina era el poder indiscutible de la lectura y la influencia que esta ejerce sobre nuestra vida. Gabo, como le decían sus amigos, había escrito a la fecha de artículo sobre los vivos y los muertos –publicado en la revista La Calle, en 1959 y que se puede encontrar en este especial--, La hojarasca, editada por Alberto Aguirre en Medellín, una novela cuya estructura era la misma de Antígona de Sófocles. Un tríptico de voces que anunciaba ya la existencia de Macondo como el territorio que iba a definir, de ahí en adelante, el tropo de muchas de sus obras.

La persistencia de García Márquez como lector literario, como prestidigitador, iba a comenzar a dar frutos a partir de los años sesenta. En 1961 publicaría El coronel no tiene quien le escriba, una novela del hambre que configuraba al abuelo militar que esperaba en vano su pensión. Conjurando la historia, Gabo comenzaba a entender que era posible torcerle el cuello al cisne de la historia para dar cuenta, en un mismo tiempo, de la historia nacional, de la familiar, y de la personal, utilizando técnicas narrativas que aprendió, sobre todo, de los novelistas norteamericanos como Anderson, Faulkner, Hemingway  y Dos Passos, entre otros. Pero no basta con conocer el funcionamiento del reloj para convertirse en relojero. Por ello, tras su aventura europea, y con la convicción de que había encontrado un lugar desde el cual decir las cosas, publicó en 1962 Los funerales de la mama grande, un libro de relatos donde anunciaba una suerte de ejercicios de estilo para lo que sería, cinco años más tarde, el proyecto literario que lo haría famoso en el mundo entero y que lo consagraría como uno de los grandes escritores de nuestro tiempo.

Es de sobra conocida la historia de la presunta iluminación que tuvo, rumbo a un viaje a Acapulco, México, país en el cual se había establecido con su familia, y que cuenta que en medio de la carretera se le ocurrió el comienzo de Cien años de soledad. Cien años tendría su propia historia de pesar: fue escrita con la única convicción de que allí estaba dejando la piel y la economía familiar. Había matado al tigre y no iba a asustarse con el cuero. De ahí en adelante, la historia del muchacho nacido en Aracataca un 6 de marzo de 1927, ya no sería la misma. En alguna ocasión declaró que supo que su vida había cambiado por completo el día en que, entrando al teatro Colón de Buenos Aires, había sentido el aplauso y el reflector sobre su cuerpo después de que su novela hubiera agotado la primera edición en tan solo unas semanas.  

García Márquez fue, para nuestro tiempo, un hombre convencido de que era preciso encontrar en el lenguaje las respuestas a nuestras preguntas. El lector de Quevedo que aprendió a volver dúctiles los adjetivos hasta convertirlos en música. Y lo fue porque mientras pudo jamás se instaló en la comodidad de haber descubierto, como Melquiades, la alquimia. Tras Cien años, duró años publicando relatos --La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, Ojos de perro azul, en 1972-- reeditando historias escritas en los cincuenta –Relato de un náufrago, 1970—o textos de No Ficción que lo mostraban como un cronista convencido de la ambigüedad de los géneros --Cuando era feliz e indocumentado, 1973--, pero cocinando una novela que era un nuevo reto estilístico y temático. El otoño del patriarca, en 1975, supuso la contracara de Cien años de soledad, el reto a la tradición de la novela del dictador escrita en flujo de conciencia, con una puntuación casi ahogada, que una vez más mostró toda su industria.

Para los años setenta ya García Márquez era el personaje público que muchos admiraban en público en Colombia, pero soslayaban en privado. Su compromiso político, su amistad con Fidel Castro, su decisión de vivir lejos del país lo había convertido en una suerte de forajido que no merecía la compasión del país arribista. Sus libros, sin embargo, editados desde entonces por la editorial Oveja Negra se convirtieron en la biblioteca básica de la familia de clase media colombiana. A pesar de las rupestres ediciones, la generación nacida en los años setenta leyó aquellas ediciones y sus siguientes libros que se deshacían en las manos pero que fundaban el mundo que habíamos sido y seguíamos siendo. Solo hasta 1981, la vieja historia de una venganza familiar, lo devolvería al terreno de la novela, o de la nouvelle, con Crónica de una muerta anunciada, una declaración de principios sobre la literatura: lo importante no es lo que se cuenta sino cómo se cuenta. En los años transcurridos entre el Otoño y Crónica, habían aparecido sus cuentos reunidos, que había comenzado a publicar en 1947 cuando apareció en el suplemento literario de El Espectador, “La tercera resignación”. Además, se reunió su obra periodística.

La mañana del 21 de octubre de 1982 se anunció que Gabriel García Márquez era el nuevo premio Nobel de Literatura. La noticia corrió rápido por las radios colombianas que, desde la madrugada, alertaron a los miles de colombianos que se levantaban en medio de un clima nacional confuso después de la elección de Belisario Betancur como presidente del país, y quien había prometido, una vez más, traer la paz al país.

Desde entonces todo comenzó a ser parte de una fábula que hoy no termina sino que permanecerá gracias a sus libros. En cada uno de ellos. En El amor en los tiempos del cólera, acaso su novela más querida y admirada; en El general en su laberinto, su reescritura de la agonía de Bolívar, en Doce cuentos peregrinos y Del amor y otros demonios, dos libros de relatos, en Noticia de un secuestro, una novela sobre la realidad más prosaica del país, en Memoria de mis putas tristes, un alegato algo débil sobre la vejez y en Vivir para contarla, donde están las claves de un hombre que se alquiló para soñar. La lectura, se sabe, es una prolongación de la vida.

Gracias, Gabo.



Inscríbase al curso 'Leer a Gabo' aquí.

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Les informamos a todos nuestros lectores que el contenido de nuestra revista impresa en nuestro sitio web será exclusivo para suscriptores.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción por favor ingrese la siguiente información:

No tiene suscripción. ¡Adquierala ya!

Si usted tiene algún inconveniente por favor comuniquese con nosotros en Bogotá al 7421340 o a la línea nacional gratuita 018000-911100 (Lunes a Viernes de 7:00 am a 8:00 pm, Sábados de 09:00 am a 12:00 m).

Su código de suscripción no se encuentra activo para esta publicación