Foto: Ima Garmendia

“Mi narrativa no es un circo sexual”

La peruana Gabriela Wiener visitó Bogotá para presentar sus libros ‘Sexografías’ y ‘Nueve lunas’, editados por Seix Barral. Conocida por sus trabajos de inmersión, la escritora habló sobre el papel que juega la mujer en los medios de comunicación.

2015/08/12

Por María Camila Pérez B.

Gabriela Wiener es una mujer sin pelos en la lengua. Madre, esposa, periodista y defensora de la igualdad de género, escribe sobre vivencias personales para narrar la vida de los demás a través de su propia experiencia. Radicada en Madrid, ha trabajado para Marie Claire, El País y La Vanguardia, entre otros.

El miércoles 12 de agosto a las 6:30 p.m., Wiener presentará Sexografías y Nueve lunas en la Librería Lerner, donde platicará con el periodista barranquillero Alberto Salcedo Ramos. 

Sexografias recopila crónicas sobre distintas experiencias que muchos calificarían como extremas, pues escribes sobre infiltrarte en cárceles, donar óvulos y compartir con prostitutas y travestis. ¿Cuál de esas historias fue la más difícil de escribir?
Todas han tenido su dificultad y su parte más sencilla. Yo hago mías las historias antes de estar in situ, porque son producto de ciertas obsesiones y búsquedas íntimas que me llevan a encontrar esas historias. De ahí que esa conexión personal con los temas se note mucho. Hay historias que he vivido de una manera más difícil en el sentido de cómo tratar cierta temática desde el establishment periodístico ante los defensores que afirman que el periodista no debería ser el protagonista de sus historias y que la primera persona está reservada únicamente para algunos.

¿Cómo te aproximas a esas historias?

En algunos casos, el tema que se ha visto en mi narrativa ha sido tratado de circo sexual, cuando en realidad lo considero un viaje de conocimiento por la sexualidad contemporánea. En estos lugares nos encontramos con una serie de gente que pueden verse como freaks y como gente muy lejana. Pero en cada una de mis inmersiones lo que ocurre es una cotidianidad, una cercanía y una empatía desde el momento en el que la gente abre su vida y yo abro la mía. Eso hago mucho en mis crónicas: contarme para que la gente se sienta contada.    

A mí me interesa mucho eso de la literatura. Que pueda presentar ese lado de lo humano que no es lo convencional o socialmente aceptable. Finalmente todos en nuestra intimidad somos bastante raros y tenemos nuestras zonas de oscuridad. Yo no soy parte de ninguna tribu específica, pero soy parte de todas al mismo tiempo. Son esas pulsiones las que me han llevado a investigar. Puede ser arriesgado meterse en una cárcel para leer las historias de dolor en los cuerpos de los presos a través de sus tatuajes, pero en situaciones así yo solo pienso en contar una buena historia. Estas son experiencias que cambian y eso es lo importante. Todas mis historias tratan de eso: de cómo entro a un sitio y cambio después de estar ahí.

¿Crees que existe algún límite en el periodismo de inmersión?

Hay niveles de riesgo. Por ejemplo, el que puedo asumir frente a mi familia, a mi marido, a la sociedad y a la moral. Pero esos riesgos me interesa correrlos. Siempre me ha llamado la atención romper con los condicionamientos sociales para mostrar que somos otra cosa. Pero cada persona tiene sus límites. Es cierto que cuando uno escribe narrativa de no-ficción asume un tipo de riesgo, mientras que desde la ficción hay experiencias que se pueden maquillar o montar de una manera que no te deje tan expuesto. Quienes trabajamos lo autobiográfico como materia narrativa terminamos exponiendo mucho de lo nuestro y, en mi caso, hay una conexión también con el performance. Siempre me han gustado las artistas del cuerpo que hablan sobre sus amores, historias de dolor y pasiones desde ahí. Y eso es lo que yo intento hacer desde mi escritura.

¿Cuál consideras que es la parte más de difícil de escribir sobre temas tan personales como estos?

La parte más complicada es la exposición. Hay una necesidad artística de dar ese primer paso, pues no puedo dejar de ir al hueso de las cosas o decir ciertas verdades sobre mi misma. Eso lo he tenido yo como una pulsión y lo he sentido desde que era niña, cuando me gustaba hablar y decir más de la cuenta, y eso se volvió mi apuesta. Ese comportamiento causa unos enredos increíbles con las personas que quieres. Pero es una aventura y un movimiento conjunto de todos que prefiero vivir, sin necesidad de imponerlo. Yo creo que es más importante la vida que la literatura, entonces hay ciertas cosas que no se cuentan o que se cuentan solo cuando se pueden contar

¿Qué papel crees que juega la mujer en el mundo del periodismo?

Yo escribo sobre mujeres y mi libro puede estar hablando de un hombre que es polígamo o actor porno, pero la verdad es que la mayor parte de los personajes con los que tengo empatía es con las mujeres. Yo creo que nos toca hablar de nuestras historias, en especial a las cronistas. Hay cosas que no se pueden narrar desde otra experiencia que no sea desde la nuestra como mujeres y desde nuestro cuerpo. Creo que en muchos sentidos las mujeres periodistas son las más valientes: están en la línea de fuego y en el periodismo político llamando las cosas por su nombre.

Hay un tema por el que debe velar el periodismo que es el de los derechos, y estamos nosotras las mujeres metiendo el dedo en la llaga y llamando la atención sobre temas que nos preocupan y nos ponen en peligro a las mujeres haciendo lo posible por protegernos. Por ejemplo lo que sucede en mi país en temas como los derechos reproductivos, la legislación sobre el aborto, el tema del matrimonio igualitario…nada de esto ha salido adelante hasta ahora que las mujeres han llamado la atención de políticos y legisladores. Creo en un periodismo activista y militante hecho por mujeres.

Normalmente, cuando uno ve a una periodista mujer que toma las riendas de esa forma a las personas les parece muy chocante, pero cuando lo hace un hombre es visto como un héroe. ¿Por qué crees que a las personas les parece tan extraño o desagradable ver a una mujer haciendo este tipo de periodismo?

Todo tiene que ver con la visión ‘heteropatriarcal’ que la sociedad tiene sobre ciertas cosas. Si una mujer va a la guerra o se mete en una red de trata de blancas para denunciar un estado de cosas es vista como un bicho raro. Hay muchas denuncias sobre reporteras de guerra o en zonas de conflicto que son acosadas por sus propios compañeros y que sufren la violencia de género a la que estamos siempre expuestas. Es muy difícil trabajar así, pues hay sitios en los que todavía estamos muy limitadas y donde no nos dejan pasar o trabajar.  

Y esto se relaciona mucho con la cosificación del cuerpo femenino. ¿De dónde crees que viene esa obsesión de asociar a la mujer con su cuerpo y no con otro tipo de cosas?
Todavía vivimos en una sociedad que nos objetualiza. Cuando va una periodista a una zona de guerra no es una periodista sino una mujer con curvas. Hay un cuestionamiento de la mujer que escribe incluso hasta el día de hoy y todavía estamos muy lejos de esa igualdad de derechos y condiciones que nos permiten hacer lo que sabemos hacer.

Hoy en día, a muchas mujeres y niñas les da vergüenza sentirse orgullosas de su trabajo o de sus cuerpos porque siempre terminan tildadas de egocéntricas o putas. ¿Qué crees que hace falta para que este empoderamiento sea la norma y no la excepción?

Yo creo que son importantes todos los esfuerzos de empoderamiento a través de levantar la voz y manifestar los deseos y las ganas de realizarse. En nuestras sociedades latinoamericanas, algunas más que otras, hay todavía demasiado conservadurismo y toda esa carga cae sobre la mujer. Si hay una sociedad que reprime de esa manera, siempre hay una mujer que es culpable de las cosas. Una mujer que por ser como es, por tener cuerpo y ser guapa siempre está sometida a una persecución. Creo que deberíamos, desde muy niñas, hablar muy en voz alta sobre lo que queremos y lo que queremos ser. Todavía somos propiedad para muchos hombres y eso debe cambiar.

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