Para el escritor chileno Alberto Fuguet, los libros de Mario Vargas LLosa "te enseñan a leer, a escribir, a pensar, a ser".

¡Ganamos!

El escritor chileno Alberto Fuguet, devoto vargasllosista, celebra el Premio Nobel concedido a Mario Vargas Llosa. En este hermoso y eufórico texto, le rinde honores al maestro.

2010/10/13

Por Alberto Fuguet

Para los que nos hemos criado con Vargas Llosa, para aquellos escritores, lectores e intelectuales que se han educado con él, para su cada día más grande legión de fans, groupies y adictos, lo del premio fue tan sorprendente como emocionante (tanto así que muchos, incluso yo, usamos el plural: ¡ganamos!). Porque si había algo claro, si había una certeza en este mundo desconcertante e incierto, es que nunca —nunca— Mario Vargas Llosa ganaría el Nobel.

 

Hay que reconocer que sus enemigos, los enemigos de la libertad lo intentaron, pero hoy ser totalitario en un mundo interconectado es, al menos, nostálgico, y el menos fronterizo y globalizado de los autores ahora se alza como lo que siempre ha sido: un adelantado. Y un grande.

 

¿Qué pasó entonces? ¿Es esto una broma, una broma infinita, como el mismo Vargas Llosa lo declaró recién despertado? Vargas Llosa podía ganarse quizás antes un Oscar (y eso que su cinefilia deja mucho que desear y ha dirigido lo que él mismo asume como un bodrio) e incluso quizás terminar siendo al final presidente del Perú (quizás el más sicopático, megalómano y respetable intento por investigar una novela acerca del poder), pero ganar el Nobel no estaba ni siquiera en sus sueños más profundos.

 

Para sus lectores era casi un auto de fe. Se lo quitaron, se lo robaron, se hicieron los suecos.

 

A pesar de todo y quizás por eso mismo ganó. Estocolmo llevaba años cometiendo errores y tratando de conquistar talleres literarios y editores independientes, cuando de pronto —ayer— logró sintonizar con una verdad profunda, con lo que realmente está pasando e importa, y en ese instante el premio deja de ser un premio sospechoso y trasnochado y se parece más bien a a una epifanía o un milagro.

 

Ha sido tal su vocación por la libertad y quizás por ser —contra viento y marea— su propia persona, por creer que no hay nada más subversivo y a la vez glorioso que ser uno aunque eso no sea del agrado de los demás, que de alguna manera Vargas Llosa optó como una de sus batallas por marginarse y ser políticamente incorrecto mucho antes que el término existiera.

 

Raro, insólito: el que nunca quiso ganarlo, el que jamás lo iba a ganar, lo obtuvo de la manera como se gana de verdad: apostando siempre a perder, nunca calculando, sabiendo que el verdadero premio ha sido tener una obra tan sólida y colosal como Machu Picchu.

 

El premio se puede leer de muchas maneras y la más importante debe ser la que todo saben: Vargas Llosa es uno de los grandes en español, quizás uno de los que mejor envejecerá de los del Boom y, algo no menor, aquel que a pesar de todo (otra vez la frase, que siempre estará ligada a su nombre) más ha influenciado a las generaciones menores. Mario Vargas Llosa te enseña a leer, a escribir, a pensar, a ser; te sorprende y demuestra con pruebas que sí hay mucho material afuera esperando ser narrado. Vargas Llosa es de lejos el escritor latinoamericano que más provoca en otros querer ser escritor, entre otras cosas porque ha demostrado que no es necesario ser un genio para escribir obras maestras y que la mejor materia para un narrador es su memoria y su curiosidad más que su imaginación y su locura. Cuando alguien me dice que desea ser escritor le recomiendo El pez en el agua. Ahí está todo. Porque un escritor no se mide sólo en cómo escribe sino si es capaz de escribir lo que  le interesa, lo que le ha pasado y no tiene miedo a mostrarse (releer La verdad de las mentiras).

 

Tildar a Vargas Llosa de autor de culto parece un poco ridículo. ¿Hay alguien más mediático y omnipresente? Pero al volverse a comienzos de los 80 una suerte de maldito al menos en los círculos literarios, Vargas Llosa pasó a ser “un traidor que solía escribir bien”. Recuerdo que leí Historia de Mayta casi a escondidas y que forré con hojas de revista la naranjísma portada de uno; quizás su libro menos entendido y acaso uno de los más importantes. Hace unos años tuve el éxtasis que uno siente cuando tu héroe también puede ser parte de ti cuando, en California, me tocó enseñarlo a unos alumnos que estaban haciendo sus doctorados en literatura. No podía creer las complejidades narrativas de Los cachorros, el mundo pop y kitsch “digno de Puig” de La tía Julia y el escribidor (“¿es crónica, memoria, no ficción”?). Conversación en la Catedral hizo que un alumno que había leído todo lo que no había que leer me confesara: “Vaya, todo lo contemporáneo viene de alguien contemporáneo que ya habíamos expulsado del canon”.

 

El sabor a victoria de ayer es aún más dulce porque cada vez que el comité no premiaba a Vargas Llosa, los que terminaban perdiendo eran los del comité. Cada desconocido que untaban era necesario wikipediar y cada vez que lo hacían más elevaban los bonos de Vargas Llosa. Una vez dije que no leía premios Nobel entre otras cosas porque no premiaban a Vargas Llosa o porque la Academia se atrevía a decir que en “Estados Unidos no se escribe nada interesante”.

 

Entre los que creemos que somos mejores y más complejos por haberlo leído, entre todos aquellos que hemos subrayado sus libros y se nos abrió el mundo con Los jefes y La ciudad y los perros, entre todos que nos hemos fascinado por el Perú gracias a él, perder era el verdadero premio.

 

No perdió, es cierto, pero eso no lo hace menos ganador.

 

Ver a Vargas Llosa en Estocolmo, imaginarnos lo que va a decir, hace que todos nos sintamos de alguna manera como un típico personaje suyo y hasta te hace volver a creer que sí existe algo parecido a la justicia y que a veces el talento y la fuerza moral sirven de algo.

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