El escritor, historiador y profesor colombiano Juan Esteban Constaín.

Gente seria

Es historiador, profesor de Relaciones Internacionales, traductor del griego y del latín, e hincha furibundo del fútbol. Pero con dos novelas publicadas, su destino es sin duda la literatura.

2011/01/25

Por Javier H. Murillo

En ¡Calcio! (2010), la última novela de Juan Esteban Constaín, el historiador Analdo Momigliano se encuentra, después de una divertida y brillante exposición pasada por mucha ginebra en la taberna del zoológico de Wellingborourgh, en una difícil situación. Debe demostrar la veracidad de su versión del origen del fútbol ante los académicos londinenses. Terrible dilema para él. Momigliano es profesor por esos días en Oxford, un académico reconocido pero antes y, sobre todo, un hombre espontáneo que simplemente disfruta de jugar con ideas, de hablar de lo que le gusta. Sin embargo, debe presentarse ante sus pares de la manera más solemne para demostrar —desde la gravedad del rigor científico— la seriedad de sus aseveraciones frente de un público dogmático que no solamente pone en duda sus argumentos sino su trabajo y su derecho de permanecer en Inglaterra.

 

Volubilidades del pensamiento. Con la misma facilidad con la que lo que empieza como diversión se hace sentencia, un argumento se cambia en broma. En la novela de Constaín, la academia oxfordiana tiene su noche de Walpurgis en la taberna de un zoológico, y Momigliano, un afable lector, un curioso, se ve de pronto y sin darse cuenta lastrado al piso de un juicio de estudiosos.

 

El Constaín de Constaín

Cuando ojeé por primera vez uno de sus libros —cierto fragmento de Los mártires que me gustó mucho sobre Joseph Conrad— pensé que Constaín era, fundamentalmente, un intelectual que ensayaba con el relato. Después, me di cuenta de que era más que eso; se trata de un académico, un investigador que en ocasiones encuentra historias cuya dimensión supera el lenguaje científico y se arriesga con el literario.

 

Juan Esteban Constaín Croce nació en Popayán en 1979. Su madre es italiana, creció en un hogar bilingüe: vivió en español pero su lengua materna es el italiano. Seguramente este hecho empujó su paso a las otras —habla también inglés, francés y alemán, y traduce del griego y del latín— y le dio claridad respecto al valor de la lengua, que es puerta pero también llave. No es de extrañar, pues, que haya calado en las humanidades, y que su mayor afición sean la historia y la literatura. Estudió historia, precisamente, en Melton College, en el Reino Unido, y más tarde, en la Universidad de Venecia, una maestría en Historia del Mediterráneo. Ahora, además de desempeñarse como profesor y escritor, termina un doctorado en Historiografía Antigua; su tesis, la traducción y los comentarios críticos a la obra de Eutropio, historiador y funcionario romano de finales del siglo IV, y a la revisión que de ello hiciera el cronista Pablo el Diácono durante el siglo XVI. Puro goce intelectual. Su trabajo en la Universidad del Rosario —uno de esos trabajos ideales y casi monásticos con que soñamos los que disfrutamos del trabajo con los libros—, lo confirma: “Mi trabajo en el Archivo Histórico es una absoluta maravilla. Lo empecé en el 2002, y consiste en desentrañar, de los 8.000 volúmenes griegos y latinos de la Biblioteca Antigua del Claustro, todos los tesoros que se me crucen por delante. Así descubrí el libro de Eutropio, sobre el que hago mi doctorado, y muchas joyas más: un tratado florentino de astronomía, publicado en 1508; un compendio de discursos de un aquelarre italiano a finales del siglo XVII; la obra cabalística de Newton, y un tratado de jeroglíficos de 1567.

 

Por el mismo lado van sus primeros libros publicados: Librorum: libros políticos latinos del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario (2003), Ideas políticas: historia y filosofía (2004),  La formación del mundo contemporáneo (2005), todos formales, eruditos. Sin embargo, en el 2004 comienzan sus, digamos, veleidades literarias, que no lo son. Ese año publicó Los mártires, que parece tener un pie aquí y otro allá. Se trata de un libro de relatos en el que reconstruye narrativamente ciertas figuras míticas de las letras y de la música, desde Boecio hasta Lonnie Johnson, pasando por Rimbaud o Chateaubriand.

 

Las novelas

En 2007 aparece El naufragio del imperio, su primera novela —mi favorita de las suyas, probablemente por mi gusto por la literatura del diecinueve—. En ella cuenta, a partir de una referencia de un libro de 1830 y al estilo de los grandes maestros de la narración, los infortunios de Gerardo Bermeo, un aventurero que se embarca en la descomunal aventura de rescatar a Napoleón de Santa Helena para llevarlo como monarca a una de las nuevas repúblicas sudamericanas. Un asunto complejo, como se ve, y que podría haberle llevado cientos de páginas más. Pero se atrevió y logró sacarlo adelante, no sin dificultades. Napoleón, que está bien dibujado, queda debiéndole al lector, y el desarrollo de la historia no es homogéneo; tiene ciertos baches y por momentos pierde ritmo. Se trata, más bien, de una novela de personajes, en la que cada uno de ellos —los principales y los secundarios— tiene una marca, una particularidad. Incluso, dejan rastros de su tradición: por momentos, el carácter de Bermeo y sus infortunios lo hermanan de alguna forma con el brigadier Gerard (precisamente), y el doctor Milbert, uno de sus acompañantes, recuerda al entrañable profesor Challenger, ambos personajes memorables de Arthur Conan Doyle. Dos años le llevó a Constaín escribir esta novela en la que hay barcos, batallas, amores furtivos y un héroe que, solitario y algo cándido —con todo y perro—, a pesar de las dificultades se comporta de manera noble y caballerosa incluso con sus enemigos.

 

¡Calcio! es diferente. Es también el resultado de una laboriosa investigación: años de trabajo previo, algunos de ellos en los archivos italianos. Pero fue escrita en sólo cinco meses, de una sola sentada. Notable trabajo, pues ésta sí es una novela redonda y en la que los personajes parecen menos importantes que su ingeniosa historia: el primer partido de fútbol de selecciones, y sus consecuencias 400 años más tarde en la sociedad académica de Londres.

 

Este texto es un juego de narraciones engastadas: Sutcliffe, la primera voz, cuenta la de Momigliano; Momigliano refiere la de la historia del fútbol en su tierra, que es confrontada por los ingleses. Y el lector pasa con facilidad de la una a la otra: está situado siempre en la mirada de Sutcliffe, admira a Momigliano, se divierte con él y casi llega a quererlo. Se deja llevar por las precisas descripciones que ocurren en el siglo XVI: el sitio a Florencia y una colección de personajes que pasan frente al lector como grandes estrellas en una taquillera americana: el emperador Carlos V, Miguel Ángel Buonarroti y un muy interesante Ximenez de Quesada... Al final, se describe cómo se llevó a cabo el crucial partido de fútbol, y el lector lo disfruta para salir de las diferentes historias con la misma gracia con la que entró.

 

La novela ha sido promocionada como una historia de fútbol; sin embargo —y a pesar de que un partido de protofútbol es el corazón de la alcachofa—, se trata más bien de una aventura académica: Momigliano narra un cuento que por cuestiones políticas debe convertirse en una disertación. El profesor Sutcliffe es el narrador —en ocasiones narratario, también, pues es él quien recibe la correspondencia del italiano para articular el volumen tal como lo recibe el autor, en un recurso clásico con frecuencia por la novela histórica— de un texto en el que los protagonistas son, precisamente, profesores, por lo que en sus diálogos y discursos abundan las referencias, las citas y todo el entorno de la alta academia europea.

 

Constaín como Momigliano

Es serio, Constaín. Un escritor serio, que va por la misma línea del rigurosísimo Enrique Serrano —de hecho su colega y su amigo—, pero con un poco más de ritmo y de ingenio para cerrar sus textos. Puede que le falte el punch de narradores de raza como Andrés Felipe Solano, Carolina Sanín o Sergio Álvarez, pero tiene a su favor su impresionante formación y un estilo muy limpio: lector de Alfonso Reyes o del gallego Álvaro Cunquerio, sabe cómo conseguir oraciones contundentes, y poner al lector donde lo necesita.

 

¡Calcio! —reparo en ella porque es la última y la que encuentro más representativa— fue escrita por un hincha. Dice Constaín ser seguidor a muerte del club Atlético Boca Juniors, incluso que odia todo lo que tenga que ver con River Plate, y debe de creer que Dios es más bien achaparrado y zurdo. Sin embargo, su novela de fútbol no se lee como una aventura futbolística, como una novela de hincha. No transmite esa pasión de animal triste de Casciari, Fontanarrosa o Soriano. En ésta, el héroe no anota un gol en el último minuto, ni sufre cuando su equipo cae inesperadamente. En ¡Calcio! Se juega un partido que determina el destino político europeo, y el protagonista es un profesor que cuenta una historia en la que una ciudad del siglo xvi se libera mediante el fútbol.

 

Es como si en algún punto del proceso, al autor le hubiera ocurrido lo mismo que a su personaje; mientras se divertía contando, dio con ciertos hechos que había que mirar detenidamente: Momigliano su disertación y él una novela histórica. Volubilidades de la literatura.

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