Mesa nació en 1978 en Medellín. Cortesía Random House.

“Una violenta ternura los llevó al extremo en todo”

‘La cuadra’, la primera novela del paisa Gilmer Mesa, cuenta la historia de un combo de amigos durante la época más cruenta del narcotráfico desde la perspectiva de uno de sus pocos sobrevivientes. Entrevista.

2016/09/21

Por Christopher Tibble

La cuadra no solo es un conjunto de esquinas, una intersección de edificios y pavimento. Es donde se tejen las historias de los barrios, la amistad y la solidaridad entre vecinos, donde los adultos interactúan y niños y adolescentes, a su vez, se encuentran para jugar, fumar, incluso delinquir. La cuadra también es el nombre de la primera novela de Gilmer Mesa (Medellín, 1978), publicada por Penguin Random House en agosto de este año. El libro, de 192 páginas, cuenta la historia de un grupo de muchachos que, durante el apogeo de la guerra entre Pablo Escobar y el gobierno, terminan involucrados en el conflicto. La plata fácil, el sicariato, pero también la solidaridad y la esperanza de salir adelante se entretejen en una novela que, con una prosa fluida, retrata sin maquillaje el ascenso -y desplome- de una comunidad.

¿La cuadra es una autobiografía recubierta por la ficción?

Más que una autobiografía, es una novela muy personal. Surge a raíz de la muerte de mi hermano, que sí es real, así como algunos de los personajes. En el ámbito de esa cuadra conocí a mucha de esta gente, pero igual todo esta tratado con los recursos de la literatura, que le dan una forma de novela al relato. La labor de unir a personas y personajes siempre es compleja, creo que se surge del microcosmos que uno tiene en la cabeza. A los protagonistas de la novela los traté de completar como lo hacen muchos escritores: uno los crea y luego ellos se desarrollan solos. Apelé a buscar en ellos más ‘el ser’ que ‘el hacer’.

Hacia el final, usted dice que tardó 25 años en contar esta historia. ¿Por qué tanto tiempo?

Porque la verdad siempre he creído que para escribir se necesitan dos cosas: saber qué decir y cómo decirlo, y apenas hasta hace poco me sentí preparado para emprender el viaje de la novela. No es que ahora escriba muy bien, pero sí mejor de cómo lo hacía hace 10 o 15 años, cuando la empecé a pensar. Y como todos los primeros esbozos son muy malos, la depuré durante años. Además, esto era algo que yo tenía pendiente desde que mataron a mi hermano, desde que apareció ese sentimiento que me invadió. Cuando lo mataron, no tenía ni idea que me iba a dedicar a escribir, pero luego en la universidad empecé a conocer autores, y entendí que la manera como quería estar en el mundo era contando historias. Y la primera que tenía, que era una manera de sacar todo lo que tenía adentro, era la de su muerte.

Los aspectos negativos de la cuadra son evidentes en la novela: la delincuencia, las drogas, la incipiente relación de los jóvenes con el narcotráfico. Pero, ¿qué rescata de esos años en la cuadra?

Yo creo que los valores más importantes y fundamentales del ser humano: la lealtad, el amor, la amistad, la ternura, el apego y el sentido de pertenencia. Todas esas cosas son muy brutales y viscerales, son cosas que conforman al ser humano. El ámbito sin duda era hostil y las cosas a las que muchos se dedicaban eran muy atroces, pero las formas en que se relacionaban unos con otros, si bien a veces eran por medio de la violencia, eran humanas en el sentido más puro. Los amigos eran a toda prueba, el amor era sin límites, y todo incluso estaba muy traspasado por la ternura, una ternura violenta, muy violenta, que los llevaba al extremo en todo. Esos valores son increíbles, y hacen que uno sea lo que uno es hoy, para bien o para mal.   

El libro obviamente no es una apología del sicariato. Pero después de leerlo, uno queda con la sensación de que ellos no tenían otra opción. ¿Se pueden considerar, de alguna manera, víctimas de una circunstancia mayor?

En su mayoría, sí. Pero creo que utilizar el término víctima, sobre todo con lo que hoy atraviesa el país, es muy atrevido, porque acá hay víctimas reales. Son personajes que sí, fueron manipulados por hilos invisibles que nunca vieron, y actuaron en consecuencia con su contexto, y eso los hace de alguna manera víctimas, pero esa palabra es muy compleja. Creo que es mejor decir que estaban atrapados. Hacían parte de un entramado que ni siquiera conocieron realmente. Cuando un periodista me preguntó si ellos tenían un vínculo con el narcotráfico, le respondí que no, que ellos no lo conocían. A ellos, como a mí, nos tocó el combo del barrio, y hasta ahí. Creo que por eso de alguna manera eran puros. Y sé que llamarlos puros es jodido. Pero había cierta pureza en cómo se relacionaban con el mundo, pues no conocían el trasfondo de las cosas.

Entre las pocas alternativas de los personajes al crimen está la música y la droga, si bien en la novela incluso los que optan por esos caminos no se pueden escapar del todo.

Claro. Es que a veces cuando se está en túneles tan negros, de sinrazón social, las salidas llevan al mismo fin. Y ese sigue siendo el problema. Las drogas, que son un escape de la realdad, llevan a una realidad peor de la que se quiere evitar. El bazuco es un torbellino de destrucción, una cosa durísima que le pasa a uno de los personajes. En otro ámbito está la claridad de la música, quizá la única salida, que ha salvado a varios muchachos. Y si miras, en la novela ese personaje cae en el bazuco justo cuando abandona la música. Esos dos son antagonistas. La música, además de poder salvar a los muchachos, contiene los relatos fundamentales de los barrios, más que la literatura.

Llama la atención que, a pesar de aludir repetidamente a Pablo Escobar, usted nunca menciona su nombre. ¿Eso fue a propósito?

Sí, claro. Ese es un nombre que no quiero volver a mencionar nunca, que le hizo un enorme daño a este país. Es de lejos uno de los personajes más oscuros de nuestra historia. Tampoco quería aprovecharme de un nombre que a mí personalmente no me suena bien, no como a mucha gente que ahora participa en esa nueva idolatría de su figura. Eso a mí no me gusta. Tampoco quería darles ese tono amarillista a unas historias que para mí se fundamentan en sentimientos más nobles. Ponerlo ahí era contaminar la novela de amarillismo.

¿Cómo se explica ese nuevo culto hacia Escobar?

Creo que en el fondo tiene que haber un diálogo en esta sociedad, pues es la falta de confianza en el estado lo que ha llevado a que se creen simpatías por estos personajes tan oscuros, que actúan como “héroes” haciendo lo que el estado no hizo, y que después terminan creando una corrupción mucho más grande de la que se suponía combatían. Mucha gente, sobre todo joven, ve en la manera en que estos personajes ascendieron una forma de contestarle al estado que les falló. En la novela hablo de eso: los pelaos ven en los combos la posibilidad de pertenencia y de resurgir socialmente, hasta que les toca afrontar una masacre, y se dan cuenta de que no era un juego. Esa es la pérdida de la inocencia, que esos hombres idolatrados nos cobraron con una tragedia nacional. Por eso creo que los que los idolatran, todavía son inocentes.

En un capítulo, usted tilda al “odio cerril de hombre contra hombre” como una forma de afecto contradictorio  e incomprensible. ¿Cómo funciona eso?

En el origen mismo del ser humano está esa dicotomía punzante que nos define y a menudo no se sabe cuándo se cruza esa finita línea entre odiar y amar, que nos lleva a hacer los daños más jodidos en nombre del amor. Y cuando eso trasciende de los seres humanos a una sociedad en general, todos los males se reducen a esa falta de amor, o a su contracara, que es el odio. Cuando no se reconoce al otro como igual y no hay empatía, ahí surgen los males. En esa dicotomía tan presente y tan irresuelta entre el amor y el odio nos jugamos la vida todos los días. Incluso creo que la gente que hace cosas atroces se humaniza cuando encuentra amor en una pareja, en un animal, en un vecino.

Usted menciona a la sociedad en general. Aprovecho y le pregunto: ¿cómo explicar la contradicción de un país como Colombia ‘que sataniza al criminal pero ampara la infracción’, como usted escribe?

Creo que Colombia está muy jodida en eso. Tiene las dos puntas del espectro. Es una sociedad muy amorosa en el ámbito íntimo, en el individual y familiar, sobre todo en Antioquia. Pero, a nivel general, no nos reconocemos como un mismo cuerpo social. En Colombia hay divisiones por todo, vivimos compitiendo, como los equipos de futbol. Y así es muy fácil que germine el odio. Siempre buscamos la diferencia en el otro. Y mira lo que vivimos ahora, la polarización que hay sobre la paz, cuando todos debiéramos estar tirando para el mismo lado, pero para eso tendríamos que vernos como una misma sociedad, pero acá somos muy particulares en nuestra incapacidad de sentir afecto a nivel general. Ahora estamos debatiendo algo que ni siquiera debería entrar en el discurso, si vivir en paz o no, pero así de fuerte es nuestro deseo de odiar.

Hablemos del estilo: usted maneja párrafos largos, a veces sin puntuación. ¿Por qué?

No creo que se deba a algo en particular. Yo hablo así. Hablo largo y derecho y se me atropellan en la cabeza las ideas, como te habrás dado cuenta. Trato de darles un orden pero sin detenerme mucho. Igual no escribo rápido, no tengo mucho tiempo. Trabajo todo el tiempo en dos universidades como profesor de cátedra entonces cuando me siento, escribo poco. En este libro me demoré 16 meses.  

¿Cómo ve a Medellín hoy? ¿Está mejor hoy que en la época en la que transcurre la novela?

Medellín tiene los mismos problemas y otras más. Solo han cambiado las formas. Desde que llegó el bloque Cacique Nutibara en 2001 dejamos de tener una estructura piramidal en las comunas, pero siguen las mismas vainas. Aunque veo a la gente con más ganas de participar, la nueva generación es más alegre, están mucho mejor informados. Creo que poco a poco nos constituimos como una sociedad que va hacia el futuro, como parte de un proyecto global, abandonando ese pensamiento de parroquia que nos ha hecho tanto daño, de que somos los mejores en todo. Igual confío en la inteligencia con que la nueva generación puede afrontar la realidad. Ahora tenemos una oportunidad histórica de cambiar el país. Ojalá sea posible.

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