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Grossman, el periodista

Grossman fue también uno de los más importantes corresponsales de guerra del siglo pasado, y fue el primero en describir las cámaras de gas. Reproducimos un fragmento de su artículo “El infierno de Treblinka”, publicado en 1944 –que aparece en el libro Un escritor en guerra, de Antony Beevor– y que fue utilizado como evidencia en los Tribunales de Nuremberg.

2010/03/15

Por Vasili Grossman

A los que llegaban del gueto de Varsovia les esperaban terribles tormentos. Las mujeres y los niños eran separados de la multitud y conducidos a los lugares donde ardían los cadáveres, en lugar de ir a la cámara de gas. Las madres enloquecidas de terror eran obligadas a pasar con sus hijos entre los ardientes hornos sobre los que miles de muertos se retorcían entre las llamas y el humo, con contorsiones y sacudidas como si hubieran vuelto a la vida, mientras los vientres de las embarazadas muertas estallaban por el calor y sus hijos nonatos ardían en los úteros abiertos de sus madres. Esta visión podía volver loca hasta a la persona más equilibrada.

Si se hace infinitamente duro leer esto, el lector debe creerme que también es infinitamente difícil escribirlo. Alguien puede preguntar: “¿Y por qué escribir sobre esto, por qué recordarlo?”. Es el deber del escritor contar esa terrible verdad y el deber civil del lector es conocerla. Quien mirara hacia otro lado, quien cerrara los ojos sin querer saber nada insultaría la memoria de los muertos. Quien no conozca la verdad sobre los campos de exterminio no podrá entender con qué tipo de enemigo, con qué tipo de monstruo tuvo que mantener su combate mortal el Ejército Rojo.

Los hombres de las SS comenzaron a aburrirse en Treblinka. La procesión de la gente condenada a las cámaras de gas había dejado de excitarles; se convirtió en una rutina. Cuando comenzó la quema de cadáveres pasaban horas junto a las “tostadoras”; el nuevo espectáculo les divertía. El experto que había llegado de Alemania caminaba junto a los hornos de la mañana a la noche, siempre excitado y comunicativo. La gente dice que nadie lo vio ceñudo ni tan siquiera serio, que la sonrisa nunca le abandonaba. Cuando los cuerpos caían sobre las barras del horno, acostumbraba a decir de ellos: “Inocente, inocente.” Ésa era su frase favorita.

A veces los hombres de las SS organizaban una especie de picnic junto a los hornos: se sentaban allí a barlovento, bebían vino, comían y miraban las llamas. También se reorganizaron los “servicios de sanitarios”. Se excavó una fosa circular con una parrilla en el fondo, sobre la que ardían los cadáveres. Hicieron pequeños bancos en torno a ella, como si fuera un estadio, tan cerca del borde que los que se sentaban allí quedaban justo sobre la fosa. Llevaban allí a los enfermos y los ancianos más débiles, y los «ayudantes médicos» les hacían sentarse en los bancos frente a la hoguera de cuerpos humanos. Cuando se aburrían de esa visión, aquellos salvajes disparaban a las cabezas canosas y las espaldas encorvadas de la gente allí sentada, de forma que los muertos y los heridos caían directamente al fuego.

Nunca nos ha gustado mucho el tosco humor alemán, pero es difícil que ningún ser humano sobre este planeta pudiera imaginar el humor de los SS en Treblinka, cómo se divertían y qué bromas hacían. Organizaban partidos de fútbol, un coro y bailes para los condenados... Había incluso un himno especial, “Treblinka”, escrito para ellos, que incluía las siguientes palabras: Für uns gibt heute nur Treblinka / Die unser Schiksal ist…*

La gente a la que se le escapaba la vida por sus heridas era obligada a aprender ciertas canciones sentimentales alemanas unos minutos antes de morir: Ich bruch das Blumelein / und schenkte es dem schönstegeliebste Madelein…**

El comandante en jefe del campo seleccionó a varios niños de uno de los envíos, mató a sus padres, vistió a los niños con las mejores ropas, les dio montones de dulces, jugó con ellos, y pocos días después dio órdenes de matarlos cuando se aburrió de ese juego. Una de las principales diversiones eran las violaciones nocturnas y la tortura de las jóvenes más hermosas, seleccionadas de cada transporte de prisioneros. Por la mañana los propios violadores las llevaban a la cámara de gas.

Todos los testigos recuerdan un rasgo característico que tenían en común los SS de Treblinka: les gustaban las construcciones teóricas y la filosofía. Todos ellos pronunciaban grandes discursos frente a los prisioneros, en los que se vanagloriaban y explicaban la gran importancia para el futuro de lo que se estaba haciendo allí. Todos ellos estaban profunda y sinceramente convencidos de la importancia y la justicia de su obra.

*Para nosotros hoy solo existe Treblinka / Que es nuestro destino…

**Corté la florecita / y se la di a mi hermosa / y amada Madelein…

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