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Todo tiempo pasado…

Mauricio Saenz reseña 'Apuntes para siempre' una colección de textos de Guillermo Cano que conmemoran los 30 años del asesinato del autor, quien dio a Colombia las mayores enseñanzas de periodismo crítico e independiente.

2016/12/15

Por Mauricio Sáenz

Es posible decir, con la sabiduría popular, que todo tiempo pasado fue mejor? Tras leer esta compilación de las columnas dominicales de don Guillermo Cano en El Espectador, la respuesta es un rotundo no. Sin que sea posible afirmar que el país ya solucionó sus problemas, la “Libreta de apuntes”, del director de ese periódico, muestra una época aún más convulsionada que la actual, tanto, que describirla le costó la vida.

Don Guillermo redactaba con una elegancia cada vez más escasa entre los opinadores colombianos, lo que no opacaba la fuerza y a veces la virulencia con la que llamaba al pan, pan y al vino, vino. Por eso resulta sobrecogedor recorrer estas páginas, escritas entre 1979 y 1986, porque esas frases valientes animaron el gatillo de sus asesinos. En efecto, no es difícil imaginarse al “patrón del mal” enfurecido al verse despojado de sus pretensiones de político y de benefactor social, desnudado en público con todo el horror de su aterradora personalidad criminal.

Y es que Cano iba más allá de la denuncia. En la libreta del 28 de julio de 1985, bajo el influjo de los asesinatos del ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla y del juez Tulio Manuel Castro Gil, don Guillermo pedía mano dura:  “(…) mientras no se golpee en la cabeza, como a las serpientes venenosas, la justicia seguirá en estado de evidente inferioridad de condiciones frente al poder de los mafiosos. Hay que aplastarle al monstruo múltiples cabezas directivas para que desaparezca la amenaza de muerte”.

Y más adelante, les pone nombre propio: “El siniestro Carlos Lehder Rivas ha logrado fugarse por segundos (…) alguien tuvo que darle el soplo a tiempo. Al señor Pablo Escobar Gaviria, uno de los hombres dizque más buscados de Colombia, lo han visto por los lados de Antioquia yendo y viniendo como Pedro por su casa”.

Puede decirse que Cano asumió casi en solitario esa lucha frontal, pero de ninguna manera ese fue su único tema. Por eso esta compilación, titulada Apuntes para siempre, tiene tres grandes partes dedicadas, además del narcotráfico, a la paz y a los derechos humanos. Aunque a decir verdad, esos tres rótulos no alcanzan a abarcar la amplitud de su temática, que en realidad no tenía límites.

En cuanto a la paz, el libro resulta muy útil para recordar que el país ha soñado con el silencio de los fusiles desde el gobierno de Belisario Betancur, verdadero precursor del proceso actual. Y para no olvidar que los intentos de paz, por avanzados que estén, siempre pueden fracasar.

La porción dedicada a los derechos humanos comienza con sus denuncias contra la represión del gobierno de Julio César Turbay Ayala, recordado por su Estatuto de Seguridad y su uso poco ortodoxo de las caballerizas del Cantón Norte de Bogotá, convertidas en calabozos de subversivos, reales o supuestos. Es el tiempo de los allanamientos contra personajes de la vida social y cultural, basados en la simple simpatía por la izquierda, como el del ya anciano poeta Luis Vidales y la escultora Feliza Bursztyn. Pero también el del auge de las desapariciones y los secuestros, fenómenos a los que don Guillermo fustiga con insistencia.

Nada más justo y oportuno que editar este libro para conmemorar los 30 años del asesinato de quien dio las mayores enseñanzas de periodismo crítico e independiente. Pero el trabajo presenta dos deficiencias, ambas corregibles para próximas ediciones. La primera, es que las notas explicativas brillan por su ausencia, lo cual deja a las nuevas generaciones por fuera de toda posibilidad de entender el contexto histórico. La segunda es una exagerada cantidad de errores de ortografía y digitación, que evidencian la ausencia de un editor y que francamente no se compadecen con un homenaje a un periodista tan pulcro como don Guillermo Cano.

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