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Ha muerto un hombre duro

A los veinticinco años se convirtió en una celebridad literaria, con Los desnudos y los muertos, una de las grandes novelas sobre la guerra. Pendenciero, radical, amante de las mujeres, escribió como nadie sobre una sociedad que adoraba y odiaba con igual vehemencia.

2010/03/15

Por Andrés Felipe Solano

Norman Mailer era tan ególatra que le habría gustado leer su propio discurso fúnebre. En sesenta años de carrera literaria se encargó de inflar e inflar su autoestima hasta convertirse en un tópico. En El dormilón (1973), de Woody Allen, el protagonista le dice a un científico: “Este es un retrato de Norman Mailer. Legó su ego a la Facultad de Medicina de Harvard”.

La primera piedra de esa catedral de arena que fue su ego está fechada en 1948. En ese año el escritor norteamericano publicó su ópera prima, Los desnudos y los muertos, una novela sobre la Segunda Guerra Mundial en la que un pelotón de trece hombres combate contra los japoneses en un atolón del Pacífico. El libro nació de la propia experiencia de Mailer como soldado –en realidad combatió muy poco, pasó la mayor parte del tiempo como ayudante de cocina–. A los tres meses de ser publicado, un coro de voces, entre las que se encontraba la de George Orwell, lo situó como uno de los mejores relatos de guerra jamás escritos y en el mismo periodo vendió doscientas mil copias. Con 25 años, el joven Mailer se convirtió en una celebridad, lugar que capitalizó a punta de borracheras públicas, discursos políticamente incorrectos, seis matrimonios –uno de ellos terminó por una puñalada que le dio el escritor a su esposa Adele Morales–, bravuconadas, un intento por conquistar la Alcaldía de Nueva York, magníficos artículos periodísticos y alguna que otra novela en el intermedio.

Después del envidiable pistoletazo de partida que le significó no preocuparse en exceso por el dinero, Mailer trabajó como guionista en Hollywood, mundo de donde extrajo el material para su tercera novela, El parque de los ciervos (1955). Como ocurrió con su segundo libro, Costa bárbara (1951), obtuvo críticas mezcladas a las que el escritor respondió con los puños cerrados. En el mismo año de la publicación de El parque de los ciervos Mailer puso un pie en el lado del periodismo, el lugar donde muchos críticos creen que su obra tiene valor real. Desde la tribuna de la revista Dissident y el Village Voice, periódico independiente que ayudó a fundar, este pequeño fortachón de orejas grandes y pelo a lo Albert Eistein le dio voz y gasolina a la contracultura en Estados Unidos con artículos como “The White Negro: Superficial Reflections on the Hipster”, en donde expone la imperiosa necesidad de que exista un hombre marginal capaz de criticar la sociedad en la que vive apartándose de ella.

Los años sesenta se convirtieron en el cuadrilátero soñado para un hombre como Norman Mailer. Como pocos escritores entendió la mezcla de política y cultura pop que estalló durante esa década y trabajó sobre ello en libros-reportajes sobre las campañas presidenciales de su país, el primer alunizaje, los íconos populares y, finalmente, la guerra de Vietnam. Precisamente, una protesta antibélica por la que fue encarcelado lo arrastró a escribir Los ejércitos de la noche (1968), libro que le valió el premio Pulizter y el National Book Award, y la admiración de una facción literaria de la que hacía parte Tom Wolfe, que reconoció en él a uno de los picos del periodismo literario o nuevo periodismo, ese resbaladizo movimiento que pasados treinta años no acaba de definirse. Como era de esperarse el protagonista del libro no es otro que Mailer, al que el escritor describe así justo después de la detención: “Se sentía como si estuviera recibiendo la Confirmación. Después de veinte años de opiniones radicales, finalmente había sido detenido por una verdadera causa. Mailer suponía siempre que ya se había sentido importante y sin importancia de casi todas las maneras en que un hombre puede sentirse así; pero ahora se sentía importante de una nueva manera”. El libro y los premios le sirvieron para sepultar dos pésimas novelas, cazar nuevas peleas y pavonearse una década más hasta llegar a competir con el ego de Muhammed Alí, por supuesto el hombre al que más admiraba, como reconoció hace unos meses en la revista Vanity Fair.

El descenso de Mailer comenzó después de ganar su segundo Pulitzer por La canción del verdugo (1978), libro que cuenta la historia de Gary Gilmore, el primer hombre en ser ejecutado después de que se reimplantara la pena de muerte en Estados Unidos, y escribir en tres meses, casi que por encargo para pagar la manutención de sus nueve hijos, el thriller Los hombres duros no bailan (1983), el que consideró su libro más querido.

Muchos creen que Norman Mailer vivió kilómetros de más al punto de convertirse en una diva decadente, o que por lo menos debió haberse callado hace unos años, pero le era imposible no vivir como un perro rabioso, condición que aceptó hasta el final: “Se me ha acusado de haber despilfarrado talentos, de haberme entregado a un exceso de actividades, de haberme empeñado con demasiada conciencia en convertirme en famoso, de haber actuado teatralmente en los límites y, en realidad, en el centro de mi propia leyenda pública. Y, por supuesto, como cualquier criminal, soy mi mejor abogado; el día que deje de serlo será un día triste”.

El hombre que justo después de su muerte ganó el premio a la peor escena de sexo que entrega cada año la publicación inglesa Literary Review, siempre estuvo obsesionado con escribir la gran novela americana. No lo consiguió, pero hasta en ese sentido hizo parte íntima de las extrañas pasiones que mueven a su país, obsesiones que él mismo encarnó hasta que una ordinaria insuficiencia renal se lo llevó al otro mundo.

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