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Hablando con la muerte

Piedad Bonnett le rinde homenaje a Blanca Varela (1926-2009)

2010/03/15

Por Piedad Bonnett

El jueves 12 de marzo murió Blanca Varela, una de las voces más poderosas y originales de la poesía en lengua castellana de los últimos cincuenta años. No gozó su obra de eso que se llama popularidad (¿pero es que existen hoy, como los hubo en otros tiempos, poetas a la vez buenos y populares?) pero sí de un enorme reconocimiento, que no solo la llevó a ser galardonada con premios tan importantes como el Octavio Paz de Poesía y Ensayo (2001) y el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2007), sino a ser leída con veneración por ese importante reducto de lectores amantes de la poesía, que sin duda hoy lloran la pérdida de esta peruana universal.

Iniciada en la buena poesía por Augusto Salazar Bondy, Blanca estuvo desde muy joven cerca de los grandes poetas peruanos César Moro, Martín Adán, Emilio Westphalen, Jorge Eduardo Eielson y Javier Sologuren. Su matrimonio en 1949 con el pintor Fernando de Szyszlo la llevó ese mismo año a París, donde conoció a Octavio Paz, a Julio Cortázar, a Henry Michaux y a numerosos artistas amigos de su marido, con quienes afianzó un interés por la pintura que no la abandonó nunca y que se refleja de manera muy interesante en su poesía; y por el surrealismo, que practicó en sus primeros libros, aunque de una manera muy particular, más íntima que la de los europeos y ajena a la escritura automática.

Como tantos escritores latinoamericanos —como el mismo Vallejo— es en París que se acentúa la conciencia de su “ser” latinoamericano. En su poema Valses habló de su patria, preguntándose ¿Cuál de tus rostros amo/cuál aborrezco? y llamándola amada a la distancia/ remordimiento y caricia/ leprosa desdentada/ mía. El tono que utilizó fue, según sus palabras, “entre lacrimoso y satírico”; lacrimoso porque los peruanos, según ella, son unos terribles sentimentales —como los colombianos, como los argentinos, anoto yo—; y satírico, porque una de las cosas que siempre odió tanto en la poesía como en la cotidianidad fue el sentimentalismo. Se notaba en la adustez con que recibía el aplauso o el elogio, en la manera sobria, casi fría, de leer su poesía, y en su manejo de su punzante humor.

Toda la vida protestó Blanca Varela porque se hablara de “poesía pura” —como denominó la crítica a la poesía de su generación— o de “poesía femenina”. La poesía, decía, es una sola. Sin embargo, muy pronto habló desde su condición de mujer, “muy liberada”, que aceptaba su vida burguesa “simplemente porque era el sitio donde me había tocado vivir”, y que reconocía que la maternidad la había hecho aceptar su feminidad. “Yo quería ser una persona absolutamente asexuada —dice en entrevista a Roland Forgues­—. Con mi responsabilidad de madre nace otra persona”. Esta aceptación de lo ineludible de su condición femenina la llevó a escribir algunos de sus versos más bellos y más duros:

(…)

Tu náusea es mía

la heredaste como heredan los peces la

asfixia

y el color de tus ojos

es también el color de mi ceguera

Y a dolerse enormemente, como cualquier madre, de la pérdida de su hijo en un accidente de aviación. Después de este hecho ya no pudo ser la misma.

Una humildad natural en Blanca Varela, cuya capacidad de desmitificación de todo o casi todo fue una de las características de su poesía, le hacía decir que no acababa de creer que fuera la poeta extraordinaria que los demás decían que era. Para ella escribir poesía no era un oficio, ni una carrera de logros, sino “una manera de ser, de estar en el mundo”, y de liberarse de obsesiones, pesares, pensamientos. “Mi asunto —dijo en una entrevista en 1994 con Jorge Coaguila— (…) es una conversación conmigo misma, para ver si en algún momento descubro en mí algún destello, algo que sea más sólido, algo que pertenezca a toda esa especie de cosas que se me van de la mano todo el tiempo”.

Nacida, pues, de una exploración de lo más hondo de su conciencia, la poesía de Blanca Varela es, ante todo, descarnada, tanto en su visión del mundo como en su lenguaje, que hace un camino del verso alucinado de estirpe surrealista, a uno más óseo, duro, con vocación de pobreza:

Terco azul

ignorancia de estar en la ajena pupila

como dios en la nada.

Ese dios aparece con minúscula en toda su obra, pues siendo muy niña dejó de ser creyente. Siempre la acompañaron, sin embargo, un afán de trascendencia y una conciencia mística, que coexistían con su capacidad de ver la realidad en toda su crudeza, su hondura, su poder desasosegante. Con metáforas escalofriantes habló del dolor: tú eres el desollado can de cada noche; del deseo: es la gana del alma/que es el cuerpo; de la cotidianidad: rubens, cebollas, lágrimas; del tiempo: a mi lado/ coronada de moscas/ pasó la vida.

Alguna vez escribió estos versos, que hablan de un insomnio temeroso:

He dejado la puerta entreabierta/soy un animal que no se resigna a morir.

Pero también estos otros:

Llevar la decrepitud como una flor. O como una corona. Es envidiable el otoño, la segura y hermosa dignidad con que se acuestan las hojas de los árboles sobre la tierra.

A la pregunta de Coaguila sobre la vejez y la muerte, contestó: “No, no les tengo temor. Lo que pasa es que las miro de frente, las denuncio y hablo con ellas”.

En efecto, Blanca Varela gozó del don de la lucidez, que es otro nombre para la valentía de mirarse y mirar la realidad de frente. Y de transponerla en palabras poéticas, o sea, tocadas por el poder de la revelación y la belleza. Vivirá entre nosotros.

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