Ramos nació en Avellaneda, Argentina en 1966.

“Uno no sale de la adicción, tan solo se contiene”

‘Hasta que puedas quererte solo’, el nuevo libro del escritor argentino, es un doloroso viaje al infierno de las adicciones pero también un canto de amistad, amor y ternura hacia quienes se quedaron en el camino. Sobre Colombia, la cocaína, la hipocresía y la admiración a Vallejo, una entrevista.

2016/09/14

Por Juan David Correa

El escritor argentino Pablo Ramos se hizo conocido en Colombia cuando vino por primera vez hace nueve años a presentar dos de sus libros: El origen de la tristeza (2004) y La ley de la ferocidad (2007). En ese entonces Pablo había logrado conquistar una personalísima voz en el panorama de las letras latinoamericanas pero presentía que eso iba a tener un costo. Diez años han pasado y Pablo ha venido algunas otras veces más a un país que conoce bien. Ha participado en talleres literarios en ciudades como Ibagué, ha viajado y ha hecho amigos. Diez años después ha publicado En cinco minutos levántate, María (2010), El camino de la luna (2012) y hace unos meses Hasta que puedas quererte solo (2016), un libro que llegó a Colombia en abril de 2017, caracterizado por la pertinencia y dureza de una serie de crónicas que, siguiendo los pasos propuestos para tratar las adicciones de los Alcohólicos Anónimos, se ocupa de amigos, hermanos y gente que ha trasegado el difícil camino de liberarse del yugo de las drogas o el alcohol. No son crónicas salvíficas, ni moralizantes. Son literatura de no ficción sobre episodios tristes y banales y a veces definitivos que cobran vidas.

Los costos para Pablo han sido crecer con la exposición, la necesidad del periodismo de hablar con el autor para contar lo que ya está dicho en los libros, la idea de repetir la historia personal hasta, quizás, quedar agotado de sí mismo.

Hasta que puedas quererte solo nació de la desolación. “Me lo había propuesto mi hermano del alma Sergio Olguín, hace años, más de cuatro. Yo escribí las crónicas pero no lograba ver el libro. Hasta que pasó algo. Estaba en NY, en el aeropuerto, esperando un vuelo a Miami. Pensando en nada, un viaje de placer que gentilmente me había obsequiado mi novia. Y si bien nuevamente tenía una fecha de entrega, pensaba en volver a postergar su salida. No le encontraba la estructura, no le encontraba, en realidad la motivación pura, la esencia de su razón de ser. Eso que para mí es lo más importante”.

Viendo una carrera de Fórmula 1, de la que él y su hermano son fanáticos --sobre todo de Ferrari-- supo que Gabriel había recaído y en su locura había intentado una maniobra en honor a Schumacher. “Se había pegado un tremendo palo con el auto y estaba internado. En la mensajeada me distraigo y pierdo el vuelo. Me quedo esperando el próximo avión. Sebastian Vettel le gana, con una Ferrari mediocre, a las dos Mercedes. Con huevos y cerebro, con locura también. Locura que los alemanes suelen tener, aunque no sea una característica que se suela considerar de ellos. En el reportaje, un periodista le confiesa que todos estaban preocupados porque en la curva más rápida el le pasaba muy cerca a la pared (Singapur es un circuito callejero, y hay más hormigón que gomas en los costados de la pista). Vettel, un pibe de menos de 25 años, contesta lo siguiente: “Si te sobra pista, quiere decir que venís despacio”. Y entendí todo”.

Después de varias novelas en las que tamizas tu propia experiencia pasándola por la ficción, ¿Cómo ves el asunto de haber saltado a la crónica en primera persona comentando tus experiencias y las de gente que conociste con las adicciones?

Lo veo como el punto y a parte que necesito de lo que escribí hasta ahora en relación a lo que voy a escribir. Bueno, a publicar en realidad, porque tengo tantas páginas inéditas como editadas. Escribo mucho, publico poco en relación a lo que escribo. Hasta acá llegué con lo familiar, hasta acá. Acabo de dar con la medida del problema, no con la solución, con la medida. Me alivia esto. Además, me libero de una responsabilidad moral, yo pasé por estos lugares, yo tengo la capacidad de escribir, de ordenar la realidad, de moverla hacia la ternura, entonces debo hacerlo. Y lo hice. Sanseacabó.

Uno imagina que escribir un libro así de honesto supone una liberación pero también debe sentirse mucho miedo de encarar la experiencia sin maquillaje, tal como es... ¿por qué decidiste escribir Hasta que puedas quererte solo?

No tengo miedo, no le debo nada a la sociedad, me hice solo, me importa poco el juicio de los otros. Los demás hablan, yo hago, yo soy el hombre que escribe. Escribí este libro para Gabriel, para decirle, loco, nos vivimos despistando, porque venimos muy rápido. Nada más, nada menos.

El libro toma los pasos de AA, para ir tejiendo el recuerdo y los dolores con las adicciones; las amistades perdidas, la hermandad dolorosa, ¿cómo ves el asunto de salir de ese círculo del que se trata de escapar tantas veces sin éxito?

Lo veo como una puerta giratoria. Fijate que no hablo de sicarios ni de marginales. No me importa el que se droga para dañar, me importa el que se daña cuando se droga. No lo veo no como un escape, no hay peor criatura sobre la faz de la tierra que aquella que huye de sus propios demonios. Uno no sale de la adicción tan solo se contiene, soporta el vacío, y hace sagrado algo que es más una promesa absurda que una posibilidad real.

Tu literatura es una posibilidad de mirar la vida de frente, de encontrar poesía en medio de la derrota, ¿puedes hablarme de cómo has logrado encontrar el tiempo de escribir en medio de todo?

Me di cuenta de que la Matrix existe, de que el capitalismo es la matrix, de que el tiempo es eterno, y de que las palabras ordenan la realidad, le dan sentido, la hacen existir. Leí, y entendí a Fernando Vallejo. Y voy a hacia la gramática de mi propia creación literaria, hacia mi propio Logoi, la estructura misma de mi ser. Él es enorme, enorme, mil veces más que García Márquez. Los colombianos lo tienen ahí, al ladito, y no logran verlo, o poco lo ven.

El dice lo mismo que Arlt, la primera persona es la única manera de narrar, una respuesta estética a un problema moral. Fernando en el más moral de los colombianos. Bueno, él, y Antonio Caballero. Dios mío, ¡qué escritor Antonio Caballero!

Hay varios temas que tocan y estremecen en el libro. El amor por Andrea, por tu padre; la idea de la descompensación en el momento menos pensado; la victimización... ¿Para tí que supone enfrentar sin ambages las adicciones?

Supone que no hay que enfrentarla, que hay que entenderla como una posibilidad. ¿Por qué me drogo? ¿Por qué necesito la droga? Porque no soy un cínico, porque la realidad es insoportable. Pablo Escobar vendía droga y no se drogaba. Eso lo hace una basura.

Colombia es el país de habla española que más enriqueció el lenguaje español. Es increíble el habla de los colombianos. Pero nadie se cuestiona ya como se acepta el término “Desechable”, para hablar de una persona desamparada. Nadie. Yo lo vi, casi lo descubrí a Heriberto Ariza, en el Guaviare.

Colombia me conmueve, Colombia me repele, Colombia se odia tanto a sí misma que tal vez por eso a vos te haya llegado tanto Hasta que puedas quererte solo. ¡Hasta que puedas quererte sola, mi Colombia!

Finalmente, en ese oscilar entre estar limpio y regresar, se pasan los días, los meses, los años... ¿qué fue lo determinante para tí que te dio el impulso de aceptar, de entender lo que eres, así hubiera vergüenza y culpa?

Entendí que no soy un vencedor, que no pretendo serlo. Lo que soy es un hombre que da pelea. Nada más. Una vez me convocaron junto a otros escritores para hablar de Paraísos artificiales. Me tocó “Cocaína”. Yo titulé mi nota: Infiernos Artificiales. Aún tengo el mail de editor que me dijo que fui el único escritor que habló realmente de algo. Siempre voy contra la facilidad. Cambiaría todo lo que soy, todo lo que tengo, por no haberle dado la primera dosis de cocaína a mi hermano. Él siempre me dice que igualmente habría consumido. Pero yo cambiaría todo por no ser yo el que le dio la primera dosis. Se enojaron mucho con Charly García cuando dijo “Cocalombia”: ¡no sean caretas, hermanos! Porque esto se hunde. Charly es lo que es, y dijo lo que dijo, pero los paisas, en secreto, siguen creyendo que el que más hizo progresar Medellín fue Escobar.

Soy porteño y soy cachaco, un poco costeño también (de Sincelejo más que de Montería. De Cali, por mi difunto hermano “el Palomo”). Medellín aún me huele a podrido, por más metro, orden y externa primavera que me quieran vender. Ah, no quiero olvidarme de mi madre Carmenza, de Villavicencio, llanera, noble, hermosa. Extraño siempre sus desayunos suicidas, su ternura, su dolor hecho sonrisa. Mi libro merece ser colombiano, y un poco lo es. Pero en esa vibra uterina, en esa magia de hembra que mastica dolor y a cambio da flores de dulces espinas.

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