El escritor turco Orhan Pamuk, ganador del Premio Nobel de Literatura 2006.

“He visto a los mejores escritores destruirse por la política”

Recordamos la memorable entrevista que Juan Gabriel Vásquez le hizo al escitor turco Orhan Pamuk meses antes que se anunciara que era el ganador del Premio Nobel de Literatura en el 2006.

2010/02/09

Por Juan Gabriel Vásquez

En febrero de 2005, durante una entrevista con un periódico suizo, el novelista turco Orhan Pamuk pronunció una frase que iba a trastocar su vida durante los siguientes meses: “Un millón de armenios y treinta mil kurdos fueron asesinados en estas tierras, y yo soy el único que se atreve a hablar del tema”. Al decir “estas tierras” Pamuk se refería, por supuesto, a Turquía; y el gobierno del país reaccionó invocando el artículo 301/1 del Código Penal y acusando a Pamuk de “denigrar públicamente la identidad turca”. La pena era de seis meses a tres años de cárcel; pero haber hecho las declaraciones en un país extranjero era circunstancia agravante, y ese tiempo podía aumentar en un tercio.

El mundo entero reaccionó contra el juicio. El escritor indio Salman Rushdie fue uno de los primeros en salir en defensa de Pamuk, tal como Pamuk, varios años atrás, había sido uno de los primeros en rechazar la fatwa que el Ayatolá Jomeini decretó contra Rushdie. Tras la intervención del PEN y de varios intelectuales de Turquía y Europa, el tribunal se basó en un tecnicismo para absolver al novelista. Se habló de motivaciones políticas: según algunos, el tribunal había absuelto a Pamuk para congraciarse con la Unión Europea, que por esos días consideraba la admisión de Turquía como uno de sus miembros. Fue entonces que el nombre de Pamuk comenzó a sonar en Latinoamérica, a pesar de que hace ya varios años que sus libros lo han vuelto candidato recurrente al premio Nobel.

Orhan Pamuk nació en Estanbul, en 1952, dentro de una familia de clase alta, secular y occidentalizada. Las tensiones entre el mundo del Islam y el mundo laico aparecen siempre en sus novelas, pero sus temas no se reducen a éste. En novelas con escenario histórico como Me llamo Rojo, o en sofisticados relatos contemporáneos como El libro negro, Pamuk explora todos los matices de la identidad turca. Pero es con Nieve, su más reciente novela, que el novelista se transforma en la voz de su país. La primera novela abiertamente política de Pamuk es la historia del poeta Ka, que después de años de vida en Alemania llega a un minúsculo pueblo del norte de Turquía para escribir sobre una serie de suicidios de mujeres a las que se les ha prohibido usar el velo tradicional. Nieve es al mismo tiempo un thriller, una historia de amor y una aguda reflexión sobre la situación política del país. Se trata de una obra maestra. Ahora, un año después, aparece Estambul, volumen autobiográfico con el cual comenzó esta conversación.

En Estambul cuenta cómo antes de ser novelista quiso ser pintor. ¿Qué lo hizo cambiar de opinión?

No puedo explicarlo en una sola frase, pero si usted quiere una respuesta, sería ésta: se me soltó un tornillo en la cabeza. Entre los siete y los veintidós quise ser pintor, mi familia me animó, pero de repente se me soltó el tornillo y comencé a pensar en escribir novelas. ¿Cómo explicarlo? Tal vez así: la pintura y la escritura son dos profesiones de hombres que prefieren estar solos. Ahora mismo estoy en mi oficina de Estanbul, donde he estado solo desde el comienzo del día hasta ahora, cuando son las cinco de la tarde. He estado todo el día escribiendo, o leyendo, o pensando, o caminando alrededor de mi escritorio. El trabajo de un hombre solitario fue una escogencia deliberada de mi parte.

Sus novelas son claramente parte de la tradición literaria oriental –la de las Mil y una noches, por ejemplo–, pero al mismo tiempo asumen formas occidentales. ¿Qué ha encontrado en cada mundo?

Comencemos por decir esto: no creo que haya una diferencia tan clara ente un mundo occidental y uno oriental. Pero esencialmente la novela, como la entendemos ahora, se dirige a la sensibilidad del espíritu humano por medio de ciertas técnicas que son invención occidental. Pues bien, si yo escribo una novela desde mi parte del mundo, este puente entre Oriente y Occidente, de cierta manera estoy imponiendo una forma occidental de mirar mi mundo. De esto estoy dolorosamente consciente. Mis novelas parten de la conciencia de ser formas importadas, artefactos culturales importados de Occidente.

En El libro negro, un personaje pierde la memoria y se dice que pierde también su pasado, “lo único que lo unía a su país”. A usted parece obsesionarlo la idea de recordar: recordar el pasado, recordar la historia de Turquía...

e trata de una posición particularmente turca. No quiero subrayar demasiado el hecho de ser turco, pero tenemos una situación única en la cual mi país, durante los últimos ciento cincuenta años, ha querido occidentalizarse simplemente olvidando el pasado. La república turca moderna, las reformas de Atatürk, fueron una forma de olvidar el Islam, el pasado, de manera que el país se occidentalizara más rápido. De hecho, esto no sucedió; olvidamos el pasado, pero eso fue todo. Mi teoría es que si no hubiéramos olvidado el pasado, nos estaríamos occidentalizando aun más rápido o más armoniosamente. En Turquía, el pasado es problemático. La implementación de la identidad turca moderna es el acto de olvidar los horrores del pasado, el pasado otomano, etcétera. Me interesa la historia no porque sea simplemente romántica, sino porque aquí es algo vivo. Es una opción política.

Antes de Nieve usted no era un novelista abiertamente político y, sin embargo, en los últimos años se ha convertido en la conciencia de su país.

Cuando comencé a escribir, hace treinta años, los escritores turcos estaban muy motivados políticamente, eran todos marxistas o socialistas o como quiera decirles. Nabokov los habría llamado “comentaristas sociales”. Mis modelos, en cambio, eran Nabokov, o Proust, o Faulkner, que eran más sofisticados. Y los otros novelistas turcos me menospreciaban, me consideraban un burgués: el chico que escribe sobre temas de ricos, temas que no son políticos, y me hacían la vida imposible. En parte tenían razón y en parte no. De cualquier forma, escribí Nieve deliberadamente como novela política, e incluso hace cinco años, cuando la estaba escribiendo, les dije a todos mis amigos y también a mi editor que no intentaría otra novela similar. ¿Por qué? Porque he visto a los mejores talentos de otras generaciones de escritores turcos destruirse y destruir su trabajo por el afán de servir a su país por medio de la política. Yo no quería que eso me ocurriera. Nieve es una novela política, por supuesto, pero no es su intención hacer propaganda. Al final, es una novela sobre cómo ser feliz en la vida. Escribí esa novela y después, por una cosa y otra, me encontré en una situación difícil, y eso me ha impuesto una personalidad política que ahora, infortunadamente, debo defender, porque quiero defender mi dignidad también. No quiero ser considerado un comentarista político y social; todo mi esfuerzo de componer una buena página, un buen párrafo, una buena frase, no tiene que ver con la política, sino con la dicha radical de encontrar la eterna belleza de una buena frase.

En Nieve usted reúne a personajes de todos los extremos de la vida política turca: el ateo occidentalizado, las mujeres musulmanas que se suicidan porque se les prohíbe el velo, etcétera. Hizo un esfuerzo por entenderlos a todos, pero luego la derecha lo atacó por tratar con simpatía al ateo, la izquierda por tratar con simpatía a las mujeres que usan velo...

He recibido críticas de todos los grupos. Pero distingamos lo que ha pasado en los últimos dos años, con lo del juicio, y en los otros veintiocho años de mi carrera. Todos los partidos me han atacado en esos veintiocho años, pero todos los partidos también me han leído. De hecho, mi popularidad en Turquía, si uno deja de lado los últimos dos años, se basa también en que he criticado y vuelto atractivos estos temas, temas censurados que preocupan a todo el país. Por supuesto que los islamistas y los tradicionalistas me critican por ser demasiado europeo. Pero los izquierdistas de vieja guardia me criticaban mi experimentalismo o mi independencia. Todos los partidos me han criticado, pero he sobrevivido.

La novela sucede durante los años noventa. ¿Cómo ha cambiado la situación política desde entonces? ¿Percibe usted una regresión a la intolerancia y la censura ?

La única diferencia entre los años noventa y el presente es que el país está más cerca de la Unión Europea, y debido a que las negociaciones de Turquía con la Unión Europea comenzaron el año pasado, hay un gran cambio en esta antigua ley autoritaria. Pero de otro lado, nuevamente estamos en problemas. Demandan a los autores y los llevan ante los tribunales, y hay también una reacción casi fascista y ultranacionalista en contra de la Unión Europea, y puesto que el país y el Estado no han experimentado la visión liberal y europea, están usando a estos fascistas para suprimir la libertad que el país recibe de las negociaciones con la UE. De manera que la situación política, comparada con la de los años noventa, ha mejorado un poco, pero no de manera radical, porque hay una ola antioccidental, en contra de la UE, una ola nacionalista que viene y vuelve a venir. No soy optimista. Igual que en los años noventa, mi país está en graves problemas políticos.

Hace poco usted fue llevado a juicio por recordar ciertos hechos de la historia turca. ¿Cómo fue esa experiencia?

No quiero hablar de eso. Tal vez un día escribiré algo al respecto. Pero sí quiero decir que no estaba solo, como lo sugirieron varios periódicos turcos. Tenía amigos: amigos liberales, demócratas, proeuropeos. Éramos una minoría muy pequeña. Fue muy duro, y el dilema de la situación era que yo hacía parte de la pequeña minoría de Turquía, acompañada de mucha gente buena, demócratas, liberales de Europa y el resto del mundo que me apoyaron... pero por otro lado mi situación me puso en una posición incómoda: no por el riesgo de ir a la cárcel, sino por el hecho de tener que escoger entre mi país y mi seguridad. Eso me atormentó y me alegra que todo haya terminado.

¿Cree que los cargos que pesaban contra usted fueron retirados para no poner en peligro la entrada de Turquía a la Unión Europea?

Sí. Pienso que el gobierno y muchos derechistas estarían contentos de verme en la cárcel y lamentan no poder encarcelarme, pero saben que si lo hacen, Turquía no entraría a la Unión Europea. Es así de simple.

En la época del juicio, sus amigos bromeaban diciendo que ir a la cárcel por fin lo volvería un escritor turco de verdad.

Ésa es la tradición aquí. Éste era mi primer juicio serio, y mis amigos me felicitaban, porque yo tenía la imagen burguesa de quien escribe sofisticadas historias urbanas. Les preguntaba si no sería preferible que fuera el primer escritor turco que hace comentarios políticamente inaceptables y no va a la cárcel por ello. Pienso que sí. Seria preferible.

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