Hermann Hesse.

Hermann Hesse, el hipersensible

Quizás misógino, ciertamente introvertido, el nombre de Hermann Hesse está inevitablemente ligado a las primeras lecturas adolescentes. Pero, ¿aguanta lecturas posteriores o es mejor no torear la memoria? Hernán Caro intenta resolver esta pregunta desde Berlín.

2012/07/19

Por Hernán D. Caro, Berlín.

Los lectores mencionan su nombre y emiten un zumbido ambiguo que indica o bien una vaga nostalgia o el reproche por una vieja pasión adolescente. O ambos.

Este año se conmemora el cincuenta aniversario de la muerte de Hermann Hesse (1877-1962), el escritor alemán más popular y sin duda más leído del siglo xx. ¿Y cómo no recordarlo? Casi todos los lectores lo veneraron durante la adolescencia. Aún más: los libros de Hesse —basta pensar en los idolatrados Siddhartha o El lobo estepario— son la puerta de entrada para muchos jóvenes al mundo de la literatura. Su obra ha sido traducida a más de sesenta idiomas y ha vendido más de ciento veinticinco millones de ejemplares. Gracias a las exposiciones y conferencias que este año se realizan en Alemania y en todo el mundo, a los incontables artículos y programas de radio que vendrán en las próximas semanas, y a dos biografías monumentales aparecidas en los meses pasados (Heimo Schwilk: La vida del jugador de los abalorios; Gunnar Decker: El caminante y su sombra), la cifra promete seguir en aumento. Así pues, en estos días el nombre de Hesse se escucha un poco más que de costumbre. Y acompañándolo invariablemente, también aquel zumbido ambivalente.

Y es que la obra de Hesse ha tenido un destino peculiar. A pesar de su innegable peso literario y de su fama mundial, Hermann Hesse es reconocido por lo general como un escritor para adolescentes. Algo así como una novia de bachillerato, insólita, excitante e instructiva a los quince o dieciséis años, que uno abandona al entrar a la universidad para dedicarse a amores “más serios”. Como la literatura de Hesse, la experiencia de sus lectores también parece ser universal. El crítico literario alemán Volker Weidermann describe el proceso así: tras la primera lectura de Hesse “el entusiasmo nos paraliza, nos roba la conciencia o la eleva hasta esferas que uno ni siquiera sospechaba que existían… Más tarde muchos lectores se avergüenzan de este vértigo, tan pronto como intentan regresar a aquella emoción temprana con cabeza clara, estilística y cínicamente ilustrada, y fracasan”.

¿Cuáles son los motivos de esa fascinación juvenil? ¿Y qué nos puede decir Hesse hoy en día, cincuenta años después de su muerte, ahora que todos somos adultos maduros y sensatos?

La clave para resolver esas preguntas se encuentra en la vida de Hesse y en la relación de esta con su obra. Hijo de misioneros evangélicos, Hermann Hesse nació el 2 de julio de 1877 en el pueblo de Calw, un pequeño mundo perfecto en el sur de Alemania. Descubrió muy pronto su talento literario (el padre era editor, la madre escribía poemas devotos), y junto con él un sentimiento que habría de acompañarlo toda la vida: el desasosiego. Tenía lo que se suele describir como un “carácter difícil”. A los quince años escapó del internado protestante de Maulbronn, al que regresaría una y otra vez en muchas de sus obras. Luego vinieron breves estadías en diferentes colegios, la depresión, el distanciamiento agresivo de sus padres y uno que otro intento de suicidio. Después de iniciar (e interrumpir) la formación como mecánico en 1894, Hesse trabajó en varios anticuarios, donde conoció la obra de los escritores románticos alemanes (una de sus principales influencias literarias) y empezó a publicar sus poemas. En 1904 apareció la primera novela importante, Peter Camenzind, el modelo de gran parte de sus libros posteriores. Es lo que se conoce como una bildungsroman (“novela de formación”) sobre un joven literato en crisis, en permanente búsqueda de sí mismo, que después de realizar una larga serie de viajes nerviosos por el mundo y dentro de sí mismo, regresa finalmente al lugar de donde partió, a cuidar de su padre e iniciar su obra literaria.

Ese es el gran tema de Hermann Hesse: el alma inquieta al acecho de sí misma. De ahí que para muchos críticos Hesse tenga un tufillo de autoayuda. Pero qué se le va a hacer si, al fin y al cabo, de eso se trata: de espíritus rebeldes, sedientos de libertad, en búsqueda de la felicidad, sea lo que esta sea. Y si hay una misión en los libros de Hesse, es esa: intentar describir el camino.

¿Era Hesse feliz? El biógrafo Heimo Schwilk no duda un instante al responder esa pregunta: “No, yo no diría eso. Incluso diría lo contrario: para escribir Hesse necesitaba ser infeliz, el dolor. Un hipocondriaco que siempre intentaba escucharse a sí mismo. Era un hombre que siempre estaba a la fuga de su propio cuerpo, que trataba de salvarse también a través del ascetismo… Y alguna vez pudo reconocer que para él el caos espiritual y el dolor eran constitutivos para la escritura”. Por supuesto, aquel “caos espiritual” y, como también describe Schwilk la obsesión de Hesse, el proceso de “individuación radical”, tienen siempre un precio. En el caso de Hesse, ese precio lo pagaron especialmente sus mujeres. Con la publicación de Peter Camenzind se convirtió en un escritor celebrado. A medida que crecía la fama, también crecía en Hesse la necesidad de alejarse del mundo, de entregarse por completo a sus preguntas existenciales y artísticas. Pero claro, la búsqueda del hipersensible Hesse también era de amor o, al menos, de amparo. La historia de sus tres matrimonios (Hesse estuvo casado con Maria Bernoulli entre 1904 y 1924, con quien tuvo sus tres hijos; con Ruth Wenger entre 1924 y 1927; con Ninon Dolbin desde 1931 hasta su muerte) es así la crónica de cartas amorosas seguidas de largos silencios, de camas e incluso de casas separadas, de rechazos, disculpas y nuevos rechazos por parte del escritor, de retiros espirituales solitarios. Ante todo de eso: de soledad.

Desde 1912 Hesse se estableció en Suiza, primero en Berna, luego en el cantón del Tesino, cerca de los Alpes suizos, en ambiente eremita. A partir de 1924 se hizo ciudadano suizo. Siempre mantuvo una actitud distante frente a Alemania y aunque expresó claramente su repudio del nacionalsocialismo, nunca se comprometió con las ideas políticas de las Alemanias Occidental ni Oriental. En 1946 le informaron que había ganado el Premio Nobel. Sus hijos, sus amigos, Thomas Mann, su esposa Ninon, todos estaban felices. Hesse, temeroso del diluvio de atención que le traería el premio, escribió en una carta: “Que el diablo se lleve este maldito asunto”. En sus últimos años Hesse, reumático, casi ciego y toda una leyenda en vida, intentaba detener las hordas de peregrinos con un aviso en el portón de su casa que decía “Por favor nada de visitas”. Y con todo lo neurótico y huraño, jamás dejó de responder todas las cartas (algunos días recibía ochenta) de sus lectores y admiradores, y de intentar darles algo de lo que ellos suponían que él había encontrado. Murió de una hemorragia cerebral el 9 de agosto de 1962, a los ochenta y cinco años. En 1933 había escrito en su diario: “En resumen, en teoría soy un santo que ama a todos los hombres, y en la práctica un egoísta, que quiere que lo dejen en paz”.

En Alemania, Hesse es uno de los poetas más populares. Sus críticos no se cansan de repetir que también es uno de los más cursis. Y sin embargo, no hay alemán que no pueda recitar de memoria un par de versos del poema “Etapas” (1941), que habla de la “magia que vive en cada inicio”, y que año tras año es elegido como el más hermoso de la lengua alemana. Las tres mil reseñas que Hesse publicó durante su vida son una lección placentera de literatura universal (del Poema de Gilgamesh a El guardián en el centeno de Salinger, del Tao Te Ching de Laotsé al Principito de Saint-Exupéry, Hesse descubrió, leyó y comentó todo), así como la mejor escuela para críticos literarios. Hesse no reprueba. Contempla, informa y, donde es necesario, elogia. Sobre el arte de la crítica escribió: “Solo somos reales cuando afirmamos y reconocemos. Localizar ‘errores’, por más fino e intelectual que suene, no es un juicio, sino chisme”. En estas palabras está contenido mucho de lo que Hesse pensaba que debía ser el sentido de la literatura. Pero sin duda es en los cuentos y en las novelas donde mejor se manifiestan la personalidad agitada de Hesse y su convicción de que la labor del arte es ayudar a vivir (tanto al escritor como al lector).

Las novelas de Hesse son exploraciones de sus angustias. Y en ningún otro lugar es más cierto que los héroes literarios son un solo retrato hecho desde distintas perspectivas, dibujado con diferentes colores, y que ese retrato es siempre de la misma persona: del autor. Bajo las ruedas (1906) narra cómo la disciplina y la ambición exageradas de padres y maestros logran exterminar la inocencia y vitalidad de un niño talentoso. En Demian (1919), Emil Sinclair relata su tormentoso —y al final esperanzador— proceso de maduración de la mano de un amigo sabio y demoniaco. Es otra novela de formación, de un espíritu roto en dos —por un lado el mundo cálido y armonioso de los padres, por el otro los apetitos oscuros y prohibidos—, que incluye el descubrimiento del alcoholismo temprano y de las pulsiones eróticas insatisfechas, y está lleno de referencias al simbolismo psicoanálítico de Jung. También Siddhartha (1922), en donde Hesse inventa a un Buda casi más profundo que el histórico, tiene como tema la sed de paz interior. La búsqueda del protagonista termina solo cuando este descubre al final de su vida que nuestros mejores maestros somos nosotros mismos. En un pasaje leemos: “La sabiduría no es comunicable. La sabiduría que un sabio intenta comunicar suena siempre como una tontería”. El lobo estepario (1927) describe el desgarramiento espiritual de Harry Haller, quien busca reconciliar una existencia sociable, burguesa y un tanto descomplicada, con una naturaleza solitaria y depresiva. Para Haller, el secreto de la unión de sus dos caras es el humor, lograr reírse de uno mismo (una virtud que curiosamente, según algunos críticos, le faltaba por completo a Hesse). Y la monumental obra final: El juego de los abalorios (1943), de síntesis imposible pues es todo: crítica del mundo moderno, censura del régimen nazi, una vez más relato del proceso vital del protagonista, el erudito célibe Josef Knecht, y una vez más la ilusión de encontrar la felicidad en la soledad y en la entrega al conocimiento.

Más allá de las digresiones místicas de la literatura de Hesse, de lo ostentoso que su lenguaje pueda llegar a ser, de sus desaciertos (uno evidente es señalado por Weidermann: “Lo que más me choca de su obra es la completa ausencia de mujeres. El juego de los abalorios es, según creo, la única obra de la literatura universal en donde en más de seiscientas páginas no aparece ni una mujer…”); más allá de todo ello, los libros de Hesse son la historia vital de Hesse. Para bien o para mal, esa es la historia de un hombre que nunca dejó de ser un adolescente: de sentirse ajeno en un mundo de normas y compromisos y estructuras sociales y familiares que le resultaban demasiado estrechas, desoladoras y quizá incomprensibles. Un hombre que, como cualquier adolescente revoltoso, buscaba ser libre y, ante todo, ser fiel a sí mismo, sin saber muy bien, claro está, qué diablos significan esas palabras. Hesse mismo lo reconoce con toda la claridad de un quinceañero: “Yo simplemente quería tratar de vivir aquello que intentaba salir de mi interior”.

No sorprende entonces que Hesse sea el “guía de la juventud”, como ya se lo conocía durante su vida. ¿Y qué es exactamente lo que nos dan sus obras cuando empezamos a leerlas en esa etapa esponjosa que es la pubertad? Bastaría recordar lo que sentimos cuando las leímos. Volker Weidermann lo comenta así: “Uno se siente reconocido, eso es lo estupendo. Y a fin de cuentas eso es lo que la literatura puede hacer: mostrarnos que no estamos solos en el mundo. Y es precisamente en la pubertad, cuando nos sentimos completamente inundados de sentimientos de extrañeza y aún no somos capaces de hablar de ello, de articularlo, que un libro como Narciso y Goldmundo es un shock y un acontecimiento”.

Sigue abierta la pregunta de si Hesse tiene aún hoy algo que decirnos. ¿Pero cómo responder a eso si no con más preguntas?: ¿Quién puede decir que ha respondido y no olvidado todas las preguntas que tenía cuando empezó a hacerse preguntas? ¿Quién ha encontrado lo que buscaba?

Heimo Schwilk es algo más explícito: “Estrictamente hablando, este carácter juvenil que Hesse irradia es relevante para cualquier adulto. Pues partir hacia el mundo, inventarse siempre de nuevo, buscarse y encontrarse una y otra vez, es una tarea que todo el mundo tiene por delante. Sin importar la edad… Y hay muchos libros de Hesse que trascienden la dimensión adolescente y que se ocupan de problemas muy reales que tienen las personas entre, digamos, treinta y cincuenta años, como el problema del matrimonio. Hesse estuvo casado tres veces, así que era bastante competente para hablar de los errores y las confusiones de la vida en pareja. Pienso por ejemplo en dos novelas no tan conocidas: Gertrud y Rosshalde, sobre la brecha entre la responsabilidad familiar y la libertad del escritor. Ahí Hesse es tan auténtico como en cualquier otro lugar”.

Existe un autor cuyo destino es un tanto similar al de Hesse, aunque mucho más dramático: Jonathan Swift, quien escribió un libro antipático, Los viajes de Gulliver (1726), con el objetivo de injuriar a la humanidad y terminó convertido en un autor infantil. En 1945, justo después de la Segunda Guerra Mundial, Hesse escribió una reseña de esa obra. Allí examina la vida de Swift, repara en la paradoja, se pregunta sobre la actualidad de la novela. Y escribe, con palabras que bien podrían referirse a su propia obra: “En este libro hay algo atemporal, algo profundamente humano, que a todos nos concierne. Hoy tanto como entonces”.

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