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Hipótesis de la muerte

El discreto Orlando Mejía Rivera es un escritor que se ha tomado en serio el trabajo de escribir literatura como un oficio decantado y no como un mero divertimento en busca de fama o éxito. Su novela acaba de ser publicada en Bruguera en España y leerlo deja la sensación de que se trata de todo un descubrimiento para las letras colombianas.

2010/03/15

Por María José Montoya D

“Tengo una tía lituana, cultivadísima, amorosa y muy directa. Una persona que ha andado con tanto gusto por sus estudios, que llegó a vivir silvestremente con todo su conocimiento, como si nada. Un día le presenté a un amigo literato, y ella le preguntó si hablaba alemán. –No-, dijo él. –Ah, ¿pero cómo lees a Goethe? Me imagino que sí hablarás francés, porque para leer a Racine… Él, que se iba poniendo tímido, contestó que no. –¿?! – dijo ella. La conversación evolucionó un poco, y al rato la oí otra vez que le preguntaba: “Pero me imagino que sí lees latín y griego, claro”. Y él, “No”. “Ah, pero, ¿entonces qué idiomas hablas?” El pobre le contestó que inglés y español, y ella le dijo: “Ahh, no, ¡pero eso sí cualquier médico!””.

Orlando Mejía Rivera es quien cuenta esta historia y no es cualquier médico. Es uno que al margen de los varios idiomas estudiados (entre ellos el náhuatl y el japonés), se ha consagrado a la literatura con una devoción tranquila y estremecedora. Su experiencia como internista lo entrenó en una práctica que se ejerce en la lectura de símbolos, de señales, y su caso particular como tanatólogo le dejó el sustrato de un arte médico marcado por más de una década de trabajo con enfermos en estado terminal. “Tengo en mi cabeza miles de palabras que me susurraron personas que estaban más del otro lado que acá y eso de alguna manera toca mucho mi forma de ver la vida y la muerte. Esa fue una especie de tesoro inmenso que yo valoro mucho, que quiero mucho, que fue muy duro”.

Hoy en día es profesor. Ha pasado por varios departamentos de la Universidad de Caldas, con sus cursos de Filosofía, de Literatura y de Medicina, por supuesto. La lista de sus ensayos ya publicados incluye trabajos en los que ha reflexionado sobre la muerte, la violencia, la literatura y la bioética. Sus obras literarias han competido entre la producción nacional, y le han dado ya una lista de reconocimientos, que no menciona, pero que aparecen profusamente en las solapas de sus libros, y en todas las entrevistas. Es un tipo disciplinado, deportista diario, zurdo, y dueño de una biblioteca muy desordenada. Tiene pocos amigos, y es de los que cuando se enferman no confían en otros doctores. Sabe que los médicos son malos a la hora de convalecer y dejarse tratar, y con ello su literatura ha pasado por el filtro de reflexionar sobre el lugar del que padece, el paciente.

“Los médicos en Occidente tenemos una herencia importante en muchas cosas. Arrastramos y generamos muchas tradiciones y fortalezas. La autoridad médica no es solo científica, sino social y política. En mis trabajos hay un cuestionamiento a la autoridad blanca, al poder médico, que se basa en lo científico, pero que en el fondo es un poder político. Yo cuestiono el concepto general de enfermedad y contagio. No niego la medicina como tal, pero sí su aplicación ideológica”. Las vueltas que le ha dado al tema lo han llevado a cuestionar el tratamiento que se le da al sida, a la eutanasia, y a la práctica médica en general y su legislación en Colombia. Cuando tocamos este tema, me encuentro a un doctor muy serio, que señala con el dedo cuando habla, y que de pronto tiene una r profunda en la garganta. Después encuentra una serenidad triste, y me habla de un libro inspirador, de Pedro Laín Entralgo, La curación por la palabra, y de cómo esta es un elemento terapéutico indispensable para los médicos de hombres libres, “pero hoy en Colombia solo tenemos medicina para esclavos, medicina muda”.

Mejía no se afana por publicar. Y así se ha ido tejiendo su historia editorial, que para muchos podrá ser reveladora, porque siendo tan premiado, hasta ahora sus libros no se consiguen fácilmente. Alguna vez mandó manuscritos a las editoriales nacionales, y como nadie le respondía, pensó que sus papeles serían otros muchos entre los arrumes que llegan a los escritorios de los editores, “claro, porque todo el mundo sentirá que es escritor, y mucha gente manda así sus cosas”. Un amigo suyo le recordó que para salir de esos arrumes eran necesarios los contactos.

Así Mejía, que frunce el entrecejo contándome esta historia, decidió que sus obras “tenían que defenderse solas, yo en eso soy un romántico”. Entonces, en un año se ganó dos premios, el Premio Nacional de Novela, y el de Ensayo, y decidió gastárselos como se los ganó: se fue para Barcelona a comprar libros, a ver museos, a entrar a los conciertos, y un día se le ocurrió buscar en internet la agencia de Carmen Balcells. Se animó a mandar su hoja de vida y preguntó si querrían ver su obra Pensamientos de guerra. Tres semanas más tarde le contestaron, y Carina Pons lo citó para que le llevara el manuscrito. Casi se muere con la sorpresa. Un año después editaron su novela, y hoy en día es uno de los seis colombianos que tienen un contrato con la agencia.

Se ríe, con pudor, al señalarme que aparece en los catálogos al lado de García Márquez, de Fernando Vallejo, y también de Vargas Llosa, Goytisolo, Monsiváis, Onetti, y me cuenta enternecido cómo se emociona cuando recibe los regalos que manda la agencia y piensa que son los mismos que les llegan a ellos… Así se abrió paso por el mundo editorial internacional, inauguró su correspondencia con Ana María Moix en Bruguera, que publicó en noviembre pasado su última novela, El enfermo de Abisinia, y se liberó del “lagarteo de la gente que cree que la vida se hace por el otro lado”.

Bueno, felizmente nos volvemos a enterar de que no todo pasa por Bogotá. La cultura en Colombia se enriquece y se produce por todas partes, y fuera de la capital, tiene ventajas aritméticas, Rivera me explica: “Mientras en Bogotá alguien se demora horas en transportarse y hacer diligencias, aquí en Manizales, por ejemplo, uno se gana ese tiempo para cultivarse. Hoy en día no hay centros y las diferencias entre los primeros y los terceros mundos no son geográficas. Dependen de la posibilidad de tener internet y tarjeta de crédito. Yo aquí estoy en contacto con todo lo que me interese. Recibo los suplementos literarios de Nueva York y de Buenos Aires, estoy en grupos de estudio con gente de Roma, de París, de Barcelona, de Madrid, de Ciudad de México, y no me siento como una maravilla en la provincia, ¡por favor!”

Orlando Mejía es un lector apasionado de los escritores alemanes, de Goethe, de Mann, de Hesse, de Hermann Broch. También de los franceses y japoneses que le han dado a los poetas malditos, a René Char; y el Haiku, Kawabata, Mishima. Pero los alemanes le importan, además, por su disciplina, le han enseñado a escribir todos los días. “Ir caminando por ese camino de ciego, tanteando, eso es lo que se hace. Estoy convencido de que buena parte de lo que forma a un novelista es su vida decantada por el tiempo, las novelas se escriben desde las certezas vitales, o desde las incertidumbres, pero no necesariamente desde la inteligencia, como decía Proust”.

Entramos en el tema de los escritores franceses y de Rimbaud, y él oye, gentil, mis interpretaciones libres de su novela El médico de Abisinia. Hablamos del Rimbaud enfermo, que pasó once años en África y que se adentró en Harar, en Adén, antes de volver a Francia a morir. Hablamos de las miradas de sus detractores y amigos, su vida africana como lector de El Corán, como comerciante respetado de café, pieles y marfil; arabizado, conquistador del desierto, reconstruido por Mejía en Abduh Rimbo, “un auténtico buscador de lo sagrado” en esa tierra sedienta, “que conoció en Abisinia ‘las cosas concretas’ y ‘traficó con lo desconocido’, no con esclavos, ni con armas, sino con lo espiritual, lo natural y lo real”. Hablamos del Rimbaud que en su novela dejó de ser el adolescente que deslumbró y escandalizó París, para convertirse en un hombre en África, “ese Titán caído en Abisinia”, y que en la novela de Mejía Rivera es descrito por su médico, Nikos Satiro, en su correspondencia con Verlaine: “Mi amigo Abduh Rimbo, que nada tiene que ver, como ya se lo dije, con ese niñito bonito Rimbaud que cayó en sus viciosas garras de pederasta”.

Esta es una novela, una nouvelle. Está recreada en el ámbito de la crítica literaria francesa de finales del siglo XIX, y se construye sobre los artículos y cartas del lector publicadas en periódicos de entonces, L’écho de Paris y Le Peuple Souverain; en las cartas de Rimbaud, agónico, a su amigo Ernest Delahaye, y en la correspondencia entre Verlaine y el médico griego de Rimbaud en Abisinia, que inventa Mejía Rivera. En el libro Arthur Rimbaud se mira desde todos los grados. Mejía Rivera lo rodea, y eso le sirve para construir personajes singulares y fascinantes. Como el crítico Francés Edmond Lepelletier (¿enamorado también de Verlaine?) que dispara inmisericorde en su crónica contra “la señorita Rimbaut”, para “orientar a los lectores, advertirles del peligro de los escritorzuelos disfrazados de pensadores excéntricos o de místicos alucinados, desenmascarar los ídolos falsos que son el postre favorito de los jóvenes desadaptados e inocentes que se deslumbran ante cualquier patán que posa de poeta incomprendido”.

Incluso se anima a escribir una carta de Verlaine, “el ‘príncipe de los poetas’”, patético, calvo, viejo y arrepentido. Y va más lejos. Mejía Rivera le hace a Rimbaud un texto apócrifo, lo que a mí me confirmó su valentía, y a él su conocimiento del poeta, que en su vida se hizo indispensable, me dice, “en esos días en que uno necesita oxígeno existencial”. Me cuenta que entre los amigos que leyeron ya la novela ha encontrado reacciones apasionadas y contrarias sobre Rimbaud y sus críticos ficcionalizados, lo que seguramente también ocurra con su hipótesis médica al respecto de la enfermedad del poeta, porque según él, no fue la sífilis el motivo de su muerte.

Cuando le pregunto por el estado de sus proyectos, me dice que tiene un archivo importante de textos inéditos que incluye trabajos literarios y literatura científica. Entre lo que cree que va a publicar pronto están una novela autobiográfica, y una historia de la medicina desde la antigüedad hasta el siglo pasado. Su gusto por la historia de los médicos lo tiene ocupado ahora en la preparación de siete novelas (–?!– pienso yo). “A mi me gusta trabajar con ambición. Quiero escribir sobre personajes conocidos en la historia de la medicina, pero no entre el público general”.

Nos despedimos, y yo me voy con el acento largo de su hablar paisa, y con un Manizales feliz, lleno de orquídeas bajo el nevado enorme, en donde se forjan todas estas cosas. Me encuentro con el periodista Álvaro Marín y le cuento cómo salió la entrevista. Cuando le hablo de la biblioteca de Mejía Rivera, Marín me dice, “es que el mundo se divide en dos, el de los organizados y el de los inteligentes”. Mejía Rivera es ambos, y más.

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