El primer cuadro de José Prudencio Padilla se pintó 52 años después de su muerte. El retratista lo dibujó blanco y con rostro español. En 2011, un investigador utilizó un sistema de rostros de la policía para corregir el error.

Cinco deudas de Colombia con su memoria negra

Compartimos esta lista elaborada por el historiador cartagenero Javier Ortiz Cassiani, quien acaba de publicar ‘El incómodo color de la memoria’, un libro de columnas y crónicas sobre la historia negra del país.

2017/02/23

Por Javier Ortiz Cassiani

1. Ana María Matamba y la lucha por la memoria

Su apellido la trasportaba a un reino africano al sureste del reino del Congo y al este del reino del Ndongo, cerca del moderno Angola, donde seguramente sus ancestros tenían enterrado el ombligo. Había nacido en 1720 en la hacienda Periquitos en la jurisdicción de la Villa de Honda, para los tiempos en que la corona española discutía sobre la necesidad de crear el Virreinato de la Nueva Granada ante el contrabando practicado con absoluto descaro, y la falta de control sobre las gentes y el territorio. El historiador Rafael Díaz, ha dicho que cuando nació, su madre era esclava de la hacienda, pero su padre, un esclavizado bozal, ya había sido vendido por Justo Layos –comerciante y terrateniente español propietario de la hacienda–, a un tratante de Popayán. Nunca más se supo de él. Allí creció Ana María Matamba, con la licencia que daba vivir en las cercanías del puerto de Honda escuchando los rumores de cimarronaje y liberación que traían los bogas que navegaban las aguas del río Magdalena. En la rueda del fandango y cantando bundes, junto a negros, zambos y mulatos, esclavos y libres, conoció la libertad en medio de la esclavitud y al padre de sus dos hijas. Cuando su madre murió sería manumitida por su amo, pero después de un tiempo tuvo el coraje de demandarlo por haberle incumplido con los bienes que se comprometió a entregarle a ella y a sus hijas con el otorgamiento de la libertad. Ana María sabía firmar. Rubricaba los memoriales del pleito con su apellido angoleño: Matamba. Los jueces y los escribanos la corregían, e insistían en ponerle el apellido de su antiguo propietario: Layos. Ella volvía a escribir Matamba, como una forma de acudir a la memoria de sus ancestros para ratificar su condición de sujeto de derecho y no como alguien que debía su existencia sólo a los caprichos del otro. Murió a los 90 años, cuando la libertad que ella había aprendido a entender en el fandango y corriendo en los potreros de una hacienda en la Villa de Honda, comenzaba a convertirse en la agenda política de los suyos.

2. La muerte del mulato José Padilla

Cuando José Padilla aparecía por Cartagena de Indias sus contradictores políticos se inquietaban y decían que con él llegaban también “los bochinches de colores”. Este hombre, de origen humilde y marino por vocación, nacido en Riohacha el 19 de marzo de 1784, fue uno de los líderes militares más destacados en la consolidación de la independencia nacional. Participó en la defensa de Cartagena de Indias durante el Sitio de Pablo Morillo en 1815, liberó a la ciudad de las últimas tropas realistas con el triunfo en la Noche de San Juan de 1821 en la bahía de Cartagena, y fue el héroe de la batalla naval de Maracaibo del 24 de julio de 1823, con la que se definió el destino político de los llamados países bolivarianos. Pero a pesar de los triunfos llevaba la desgracia en la piel. Era un mulato que habitaba un territorio con fuertes tensiones raciales, y eso le costó la vida. La mañana del 2 de octubre de 1828, en la Plaza Mayor de Bogotá, fue fusilado y luego colgado en la horca, condenado por haber participado en la fallida conspiración para asesinar a Simón Bolívar. Padilla siempre lo negó.

Cuando ocurrieron los hechos estaba en la cárcel, y los implicados en la confabulación nunca dijeron con certeza que el almirante estaba enterado de los planes. En una época donde era moneda corriente indultar a los conjurados, a Padilla se le aplicó la máxima pena. Otros, incluyendo a Francisco de Paula Santander, serían mandados a un cómodo exilio en Europa. Apenas un mes después de su muerte, Bolívar ya estaba arrepentido: “Lo que más me atormenta todavía es el justo clamor con que se quejarán los de la clase de Piar y Padilla. Dirán con sobrada justicia que yo no he sido débil sino en favor de ese infame blanco [Santander], que no tenía los servicios de aquellos famosos servidores de la patria. Esto me desespera, de modo que no sé qué hacerme”, escribió amargamente. En 1831 la Convención Granadina decretó la reivindicación oficial del héroe y la Ley 69 del 30 de junio de 1881 aprobó su rehabilitación permanente y la construcción de una estatua de bronce en Riohacha. Hoy, paradójicamente, en la Escuela Naval que lleva su nombre, existen serios obstáculos para que los de su color ingresen como oficiales. Y hace poco, una mujer negra empleada del servicio doméstico, luego de ser obligada a retirarse del Club Naval en Cartagena cuando acompañaba al hijo de su patrona a una fiesta infantil, tuvo que acudir a un tutela para hacer suprimir un infame artículo del reglamento que equiparaba a las empleadas del servicio doméstico con mascotas y prohibía su ingreso a las instalaciones del Club.  

3. Leer a María en clave negra

En todos los colegios, a los largo y ancho de la geografía nacional, se ha leído María, la novela canónica de Jorge Isaacs. Pero en esas apresuradas lecturas, hechas por años en las aulas de la nación, escasean las reflexiones sobre el vasto universo negro consignado en la obra. Para la mayoría de los colombianos la novela fundacional de la literatura nacional, no es más que la recreación del drama universal de los amores trágicamente truncados entre Efraín y María. Quizás algunos recuerden que Nay (Feliciana) es una esclavizada y aya negra, pero en el imaginario cotidiano construido sobre la narración no hay lugar para su mundo africano descrito generosamente por Isaacs. Cuando pensamos en la obra tampoco somos conscientes de la recreación paternalista del espacio esclavista con hacendados generosos y esclavos respetuosos y agradecidos; ni pensamos en los negros que tocaban bambucos con versos “tiernamente sencillos”, antes de que los propagandistas de la patria treparan esta música a las montañas, y estilizada, la convirtieran en el símbolo de una nación con pretensiones de blancura. Se nos olvida también, que son los bogas negros quienes transportan a Efraín por el río Dagua, en su desesperado intento de reencontrarse con María, y entonan un bunde triste como obertura del destino inexorable de los amoríos desdichados: “Se no junde ya la luna/Remá, remá/¿Qué hará mi negra tan sola?/Llorá, llorá”. Algunos años después, Candelario Obeso inmortalizara versos parecidos y recogería la voz de los bogas del Magdalena en Cantos populares de mi tierra. Leer a María en clave negra, reconocer que la novela fundacional del siglo XIX está llena de referencias a lo negro, es una manera de devolver el protagonismo a estos grupos en la azarosa construcción de la nación.

4. Juan Coronel, el periodista errante y olvidado

Su vocación de defensor de las libertades y la democracia definió su condición de errante. Cuando la Regeneración afianzó su proyecto político, Juan Coronel Galluzo consideró que el ambiente de la nación estaba saturado de clericalismo y abandonó a Cartagena de Indias para no regresar jamás. Había nacido el 20 de julio de 1868 en Juan de Acosta –para entonces un pequeño pueblo del Estado Soberano de Bolívar–, pero sus padres lo trasladaron a Cartagena cuando apenas tenía cuatro años, porque su madre, Martina Galluzo, una humilde mujer negra, era natural de esta ciudad. Allí, muy joven, se hizo tipógrafo, se convirtió en un autodidacta y lector consagrado, y como militante del liberalismo radical se forjó una personalidad orgullosa y revolucionaria. Con la rifa de una pequeña biblioteca que había ido formando con mucho esfuerzo, logró reunir unos cuantos pesos y se fue a probar suerte a Venezuela en 1889. En caracas trabajó como tipógrafo y editor de periódicos, se opuso al gobierno venezolano de turno y terminó exiliado en Puerto Rico, de donde también sería expulsado por su vinculación con la prensa que presionaba por la autonomía del territorio. Recaló en Centroamérica, y en Guatemala, en 1895, publicó su trabajo Un Peregrino, una obra autobiográfica en la que muestra su condición contestataria y andariega. Antes, en la ciudad de Ponce (Puerto Rico), había publicado Un viaje por cuenta del Estado y varios artículos y ensayos en el periódico La Democracia. En 1900 estaba viviendo en Chile, y en 1901 ya hacía parte de la delegación de periodistas que ese país llevó al Congreso Panamericano en Ciudad de México. Moriría en Chile, en la miseria, a la temprana edad de 36 años, recluido en un sanatorio, el 20 de julio de 1904. En un homenaje que le brindó la Academia Literaria de El Salvador, el escritor Román Mayorga Rivas, dijo que “Juan Coronel ha muerto dos veces pero ha resucitado en los anales de la prensa de América”. Aquí, en su país, ni siquiera sabemos el lugar exacto donde reposan los restos de quien alguna vez escribió: “Tenemos en América una sedicente aristocracia que mejor acepta el cruzamiento con algún presidiario europeo, a trueque de la blanca piel, que encallarse con la admisión de un negro”.

5. El olvido a Manuel Zapata Olivella

La magnitud de este hombre negro nacido en Santa Cruz de Lorica (Córdoba) en 1920, no cabe en las mezquinas dimensiones de la memoria nacional. Antes que nada estuvo Manuel. Fue él quien le enseñó a Gabriel García Márquez las tierras del Magdalena grande y La Guajira con las que amasó el barro para fabricar su obra. Fue el primero que llevó a Bogotá y mostró por todo el mundo a los gaiteros de San Jacinto, a los acordeoneros de las llanuras del Caribe, a las cantadoras del Pacífico colombiano, y sembró las bases sobre las que se construyó la identidad musical de la nación; y fue quizás el ensayista cultural y literario más importantes del país en los años cincuenta y sesenta. Hoy su copiosa obra, representada en más de siete novelas, relatos, muchos cuentos, una importante cantidad de ensayos e innumerables crónicas y notas de prensa, se estudia en centros académicos de todo el mundo, mientras que en el país apenas es recordado por unos cuantos especialistas. Murió en Bogotá, la “señora de las brumas” –como alguna vez la llamó–, en la pobreza, en una fría habitación de un pequeño hotel del barrio la Candelaria, un 19 de noviembre de 2004.  

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