Calvert Casey

Enfermo de fracaso

Ha pasado casi medio siglo desde su suicidio y su obra, exigua pero contundente, sigue despertando curiosidad. El escritor que huyó de Cuba temiendo ser perseguido por ser homosexual, acabó con su vida y empezó a escribir la leyenda de su talento.

2014/12/10

Por María Gabriela Méndez*Bogotá

El informe de la policía describió en pocas palabras lo que encontró en el apartamento del cubano Calvert Casey: “Yacía en la cama en una posición que parecía natural. Y al lado tenía un frasco vacío de barbitúricos”. Casey ejecutó su propia muerte el 16 de mayo de 1969 a los 45 años, en Roma, la ciudad que le recordaba a La Habana vieja, de donde había salido por la puerta trasera, antes de convertirse en un perseguido oficial por su declarado gusto hacia los hombres.

 Otras veces lo había intentado sin éxito. Esta vez, la última, lo hizo un mes después de que su madre muriera. La censura, la soledad, el desamor, la depresión y el exilio le dieron el empujón final. Con ese viaje sin regreso entró sin proponérselo, o tal vez sí, en el oscuro y silencioso túnel de los escritores inmerecidamente olvidados. 

 Nació en Baltimore (en 1924, se desconoce la fecha exacta, como muchos de sus datos biográficos) y es considerado por algunos como un escritor norteamericano, pero su vocación literaria solo pueden inscribirse dentro de la nacionalidad de su madre, la cubana. No solo fue un escritor cubano, sino habanero, como apunta Guillermo Cabrera Infante en su ensayo-homenaje ¿Quién mató a Calvert Casey?, parte del dossier que le dedicó la revista Quimera en 1982.

 Fue en Cuba donde se formó y vivió la mayor parte de su vida. Vivió también en Nuevo México, Nueva York, Roma, Ginebra, pero fue Cuba el lugar del que le costó más irse, o del que quizá nunca se fue. La nostalgia por la isla lo impulsó a escribir y lo doblegó frente a la tentación del suicidio.

 Vicente Molina Foix, escritor y crítico español, admiraba el talento de Casey y quiso dar a conocer su obra (publicó un largo estudio en la revista Ínsula y tradujo el capítulo sobreviviente de su última novela). Para él, el aporte de Calvert Casey fue considerable, y, sobre todo, único: “necesaria y aún indispensable, en las letras hispánicas contemporáneas”. Llegó a compararlo: “Un Kafka tropical, es decir, a la vez más entrañable y desgarrador”.

El escritor español Juan García Hortelano encontraba un misterioso poder en el lenguaje novelesco de Casey y llegó a considerarlo (a sabiendas de la anacronía) “el padre de Lezama Lima”. “¡Qué Salinger ni qué Salinger! Tus cuentos son mucho mejores”, exclamó el escritor cubano Antón Arrufat apenas leyó su libro de relatos El Regreso. Mientras que Cabrera Infante dijo: “Es de veras Pavese”. Edmundo Desnoes alabó su estilo reconocible: “Lo último que logra un escritor, es lo primero que ha conseguido Calvert Casey: personalidad”. Desde Miami, el cubano Luis Agüero, Premio Casa de las Américas 1967, lo recuerda: “Fue uno de los mejores cuentistas cubanos de esa época”.

El escritor Italo Calvino lo conoció en La Habana en 1964. Casey se le reveló como persona y como escritor. Al volver a Italia encargó, como editor de Einaudi, la traducción de El Regreso. En la contraportada, Calvino escribió: “De La Habana nos llega uno de los nuevos escritores hispanoamericanos más significativos, destacándose en medio de la densa producción librera que la neonata industria editorial cubana ha sacado a la luz en estos años de revolución y aislamiento”.

 Fueron muchos los escritores que alabaron su trabajo, pero sus libros nunca alcanzaron la difusión que merecían ni la crítica que él esperaba. Su temática y estilo no encajaron en la euforia del Boom latinoamericano. Agüero lo atribuye a dos razones: una obra pequeña y un estilo y temática que parecían destinados a una minoría. Para Cabrera Infante, Calvert estaba habituado al fracaso tanto como a la enfermedad: “El éxito, como la salud, lo habría aniquilado: tan sutil era su sensibilidad”.

El regreso

La filósofa española, María Zambrano, describe en su artículo Calvert Casey, el indefenso. Entre el ser y la vida (parte del dossier de la Revista Quimera), el instante que lo conoció: “Vi que arrastraba consigo la herida de la luz aquella, del cielo de La Habana: fuera él por donde fuese iría así ardiendo de su invisible fuego, como una llama”.

Sería por eso que después de diez años, en 1957, decidió volver, recuperar su patria:

—A la emoción que me produjo el espejismo —una multitud bajando por una avenida romana— siguió un pánico infinito —recordé el pánico que sienten los elefantes cuando, próximos a la muerte, se sienten muy lejos de donde han nacido. Estaba terriblemente lejos de La Habana. Quizás había perdido para siempre el paraíso (y también el infierno), de la primera visión. Aquella mañana terminó mi exilio voluntario. Debía volver al escenario de los descubrimientos, donde todo viene dado y no es necesario explicar nada.

Al llegar, trabajó en la Cuban Telephone Company y en una quincalla. En poco tiempo entró en el círculo intelectual de la isla: su amigo Antón Arrufat lo llevó a las oficinas de Lunes de Revolución y lo presentó a su director, Guillermo Cabrera Infante. “Aquí está la Calvita”, le dijo. Al primer tartamudeo de Casey, Arrufat interrumpió: “Bien dotada, la Calvita es gaga pero locuaz”.

Casey quedó entusiasmado por esa dinámica de la improvisación creadora y el azar que signaba la revista y los obligaba a llenar todas las páginas el mismo día del cierre: “Calvert salvó con uno de sus raros artículos o sus penetrantes ensayos más de un número del magazine, rescatable del olvido porque Calvert Casey aparece ahí”, decía Cabrera Infante.

El autor de Tres tristes tigres cuenta en Mea Cuba la vez que Miriam Gómez creyó que Calvert se había atragantado con un bocado de espaguetis cuando en realidad estaba ahogándose en el “charco poco profundo de la tartamudez”: “Calvert, al revés de todos nosotros, tenía una rara fluidez al escribir en español, idioma que debía de ser, por más de una razón, su segunda lengua. Luego supe que era en realidad su lengua madre”. 

Vivir en el otro

A 45 años de su muerte, su obra, aunque exigua, no ha sucumbido al completo olvido. Los cuentos de El regreso (editado primero en Cuba y luego por Seix Barral, en 1966), Notas de un simulador (Seix Barral, 1969), la recopilación de ensayos, Memorias de una isla (Ediciones Revolución, 1964), la novela Los paseantes (1941), que publicó en una edición pagada de su bolsillo, su único poema “A un viandante de 2778”. Y, por último, la novela inacabada Gianni, Gianni, arrojada por él mismo al Tíber poco antes de morir. Cada tanto, escritores, ensayistas y profesores muestran su interés por Casey.

De la novela Gianni, Gianni se salvó el capítulo titulado Piazza Margana que entregó el propio Casey a Rafael Martínez Nadal antes del suicidio. Ese pequeño trozo de novela será siempre memorable por haber tocado un campo infrecuente de la literatura cubana: el homoerotismo.

El ensayista Rafael Rojas en su artículo Herido por la luz refiere que esa novela fue escrita en una atmósfera marcada por el neorrealismo italiano y por lecturas de literatura erótica anglosajona. Además, lee una alegoría del suicidio: “Casey idea, entonces, una cópula que es, a la vez, una muerte y una fusión con el otro, en la que el acto transgresor de la homosexualidad se entrelaza con un gesto libérrimo, igualmente reprobado por el machismo católico o marxista: el suicidio”.

El personaje de esta historia siente el impulso de probar la sangre de su amante cuando éste se corta mientras se afeita. Y no resiste la tentación de entrar en el otro a través de esa herida:

—Ya he entrado en tu corriente sanguínea. He rebasado la orina, el excremento, con su sabor dulce y acre, y al fin me he perdido en los cálidos huecos de tu cuerpo. He venido a quedarme. Nunca me marcharé. Desde este puesto de observación, donde finalmente he logrado la dicha suprema, veo el mundo a través de tus ojos, oigo por tus oídos los sonido más aterradores y los más deliciosos, saboreo todos los sabores con tu lengua, tanteo todas las formas con tus manos. ¿Qué otra cosa podría desear un hombre?

No sin razón, Arrufat lo considera “uno de los grandes textos que un cubano ha escrito sobre el amor”. Además, en ese fragmento se refiere a la libertad que supone el viaje al interior de su amante:

—He conseguido lo que todo sistema político o social siempre ha soñado, en vano, conseguir: soy libre, completamente libre dentro de ti, por siempre libre de todas las cargas y temores. ¡Ningún permiso de salida, ningún permiso de entrada, ningún pasaporte, ninguna frontera, visado, carta d'identità, nada de nada! Puedo establecerme a gusto mío en el pezón derecho, donde el remate de las venas y los nervios florece en una punta rosada, tierna y delicada. 

Huir hacia la muerte

En 1961 cierran el suplemento Lunes y Casey pasa a trabajar en el Centro de Documentación de Casa de las Américas. Se entera de que están deportando homosexuales a granjas de trabajo y empieza a sentir las presiones del régimen.

Con las alarmas encendidas, se las ingenia para conseguir una invitación de la Unión de Escritores Húngaros. Su idea: partir y no volver. Cuando se supo en Cuba que era un desertor, Luis Agüero recuerda que el gobierno recogió sus libros de librerías y bibliotecas. Pasó muchos años en la oscuridad, como los otros escritores de su estirpe “contrarrevolucionaria”.

Una vez fuera de Cuba, se instala en Roma. Allí entra en un limbo legal: no tiene permiso para permanecer en Italia, su pasaporte cubano está vencido (las embajadas cubanas se negaban a renovarle el documento a un “enfermo moral”) y se pierde en un laberinto de trámites burocráticos para recuperar su nacionalidad estadounidense, a la que había renunciado por solidaridad con la Revolución.

¿Qué mató a Calvert Casey? ¿El fracaso? ¿La nostalgia? ¿La burocracia? ¿La decepción de la Cuba comunista? ¿El desamor? Todo lo empujó inexorablemente a su destino de suicida. En su tumba, a las afueras de Roma, se lee su epitafio: “He was gentle/ He was weak/ He was destroyed”.

“De veras que Calvert Casey nos duró a todos poco tiempo”, escribe Cabrera Infante, y remata: “Pero no hay que lamentar la brevedad de su vida sino celebrar que existió alguien que se llamó Calvert Casey y fue único y extraordinario. No pobre Calvert. Pobres los que no lo conocieron”.   

 

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