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¿Inteligencia desinformada?

Un nuevo libro sobre la temida agencia central de inteligencia de Estados Unidos acaba con varios mitos y hace revelaciones increíbles. Aunque todos creen en su infalibilidad, el periodista Tim Weiner demuestra los lados flacos del espionaje norteamericano.

2010/03/15

Por Alfonso Cuéllar

La orden era perentoria: el socialista Salvador Allende no podía posesionarse como presidente de Chile. Había diez millones de dólares disponibles para hacer lo que fuera necesario. Y la idea que más le sonó a la cia fue impulsar un golpe militar, que arrancaría con el secuestro del comandante del Ejército, René Schneider, quien era un defensor a ultranza de la democracia chilena. Le entregaron 50.000 dólares y tres submetralletas a dos coroneles. El 22 de octubre de 1970 hombres armados asesinaron al general. Paradójicamente, varios días después, ya ratificado Allende en la presidencia, en la CIA tuvieron la confirmación de que los asesinos no eran de la agencia sino de otro grupo militar disidente. No sería la primera ni la última vez en la cual un plan de la CIA se saliera de madre.

En el imaginario popular, la cia –la agencia central de inteligencia de Estados Unidos– es omnipresente. Una organización que ha estado (y está) metida en todo. Cuya capacidad es absoluta y cuyas huellas están impregnadas en los hechos más escandalosos del siglo XX. Es temida y odiada, pero paradójicamente detrás de esas críticas, hay un hálito de admiración: si la cia de verdad está en todas partes y hace tantas cosas, debe ser una organización ultrapoderosa. Una máquina de conspiraciones bien ejecutadas y planeadas por un cerebro gris. Durante décadas esa percepción fue la que la agencia buscó vender a la opinión pública.

Sin embargo, el periodista Tim Weiner ha revelado en su libro Legacy of Ashes: the History of the CIA [Un legado de cenizas: la historia de la CIA], que “el mito de la cia provenía de la bahía de Cochinos: que todos sus éxitos eran secretos, que solo se conocerían sus fracasos”. La verdad es otra como queda expuesto en este revelador libro.

Detrás de las fuentes

Weiner consultó a centenares fuentes que aceptaron ser citadas con nombre propio –algo inédito– y tuvo acceso a documentos secretos recientemente desclasificados que proveen una extraordinaria luz sobre las andanzas de la CIA y el pensamiento de sus protagonistas en los últimos sesenta años. Las revelaciones y conclusiones son demoledoras.

Curiosamente, Weiner no pide que se acabe la CIA sino más bien que cumpla mejor su razón de ser: proveer inteligencia y análisis correctos y en los momentos precisos al presidente de Estados Unidos. Parece elemental, pero en la práctica desde que la cia irrumpió en el mundo en 1947, pocas veces cumplió esa misión. Se dedicó a otras cosas: a financiar a dirigentes y partidos políticos, a conspirar contra gobiernos enemigos y hasta amigos, a planear (y efectuar) asesinatos en otros países e incluso a espiar a ciudadanos estadounidenses. Muchas veces sus acciones iban en contra de la misma política exterior de su país y terminaban afectando los intereses. En Laos, en Guatemala, en Roma, en capitales a través del mundo, las autoridades locales se acostumbraron a convivir con dos embajadas: la oficial y la de la cia. Y en más de una ocasión preferían la segunda, pues la agencia repartía dinero a diestra y siniestra.

Todos podían hacer su agosto, incluso garantizar el futuro de sus niños, con la plata de la agencia central de inteligencia. Así se financió toda una clase emergente. Y para estar en ella no era necesario ser un superdoble agente. Solo había que prometer información o tener acceso a esa información o, incluso, solo decir que se tenía acceso a algún informante. En cualquier caso, no importaba la veracidad de las fuentes: la cia pagaba. Así, miles de exiliados soviéticos, europeos orientales, cubanos, chinos, coreanos, vietnamitas, iraníes y árabes se convirtieron en sus fuentes primarias de inteligencia. Pero esa plétora de datos y de fuentes, lejos de proveer claridad, produjo lo contrario: desinformación. Y con esta, errores inmensos de análisis. Y he ahí una de las más devastadoras conclusiones de la investigación de Weiner: la cia, cuyo principal objetivo era ser los ojos y los oídos de la superpotencia en la guerra contra el comunismo y luego contra el islamismo fanático, casi nunca sabía lo que estaba realmente pasando.

Desinformados

En noviembre de 1950, en medio de la Guerra de Corea, la agencia les dijo al presidente Harry Truman y al general Douglas MacArthur que no había ninguna posibilidad de que la China comunista entrara a apoyar a los norcoreanos. Pocos días después miles de soldados chinos cruzaron la frontera.

Su conocimiento de la Unión Soviética –el enemigo principal de la Guerra Fría, la proclamada mayor amenaza al sueño americano– era fragmentario. Nunca lograron penetrar el Kremlin. En la lucha de espionaje y contraespionaje, los soviéticos ganaron por knock out. Hubo algunos triunfos menores, pero, en general, fueron más la excepción que la regla. Posiblemente la peor penetración provino de Aldrich Ames, el analista de la cia que estuvo casado con una colombiana. De 1985 a 1994, Ames le entregó los nombres de agentes de la cia en la Unión Soviética y Europa oriental: la lista de muertos de esa traición se cuenta en decenas.

La incapacidad de obtener información fidedigna se reflejó en varios descalabros: en 1948 dijeron que estaba garantizada la supremacía nuclear de Estados Unidos, pues era la única que tenía la bomba atómica. Stalin los dejó perplejos al probar lo contrario pocos meses después. En diciembre de 1979 les dijeron a sus jefes en la Casa Blanca que la concentración de tropas soviéticas en la frontera de ese país con Afganistán no era el preludio a una invasión. Tampoco les avisaron con tiempo de la retirada de la urss de ese país asiático en febrero de 1989.

Cuando nació la CIA, su principal reto era ayudar a Estados Unidos a combatir y derrotar al comunismo. Por eso es increíble que les cayera por sorpresa el derrumbe de la Unión Soviética y la caída de Muro de Berlín. No eran concientes de la debilidad económica de su enemigo –creían las cifras oficiales– ni entendían las reformas que impulsaba Mijail Gorbachov en todos los campos. Pensaban que era igual que sus predecesores.

En la CIA se le daba más trascendencia al interés político del ocupante de la Casa Blanca que a la información misma. En otras palabras, muchos de los informes se hacían a la medida, para corroborar el prejuicio del presidente de turno. Así, los directores ganaban puntos y los mandatarios podían sentirse tranquilos: estaban obrando con inteligencia de primera. Ese fue un círculo vicioso que les costaría la vida a centenares de miles de habitantes en el planeta.

Más errores

El caso más reciente fue la debacle de Irak. La administración de George Bush necesitaba que la cia confirmara un dato que para los halcones republicanos se daba por descontado: que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva. Para una agencia que aún sentía el impacto de no haber podido impedir los ataques del 11 de septiembre, era conveniente apoyar a Bush para recuperar su prestigio. Aunque internamente nunca tuvo la prueba reina, sus analistas estaban convencidos de que después de la invasión se encontrarían las armas. Las siguen buscando.

Al igual que le ocurrió con la Unión Soviética, la cia tampoco ha sido hábil en entender el mundo islámico. Nunca se imaginaron la caída de su aliado el Sha en Irán, ni la invasión de Irak a Kuwait en 1990. E irónicamente nunca pensaron que uno de sus más grandes éxitos –el respaldo a los Mujadín en Afganistán que llevó a la humillación del poderoso Ejército Rojo– terminaría generando el monstruo de mil cabezas llamado Al Qaeda.

No fue la primera vez que una acción aparentemente impecable de la CIA desencadenara años después en consecuencias funestas para los intereses de Estados Unidos. El golpe al popular primer ministro iraní Mohammed Mossadeq, en 1953, sembró el odio contra el Gran Satán que capitalizaría la revolución del ayatolá Ruhollah Jomeini veinticinco años después. La remoción del presidente guatemalteco Jacobo Arbenz en 1954 inauguró una época de dictaduras militares y poderosas guerrillas izquierdistas en Centroamérica, exactamente lo contrario de lo que se buscaba. Ambos hechos sirvieron para crecer el mito de la cia como una agencia todopoderosa. Pero, en realidad, según se desprende de la investigación de Weiner, fueron más golpes de suerte. Más dignos del Superagente 86 que del 007.

Donde sí tuvo éxito la CIA fue en cooptar a dirigentes y partidos políticos a través del globo. La lista de los beneficiados de la generosidad de la agencia central de inteligencia de Estados Unidos parece un quién es quién del almanaque mundial: el canciller alemán Willy Brandt, el primer ministro italiano Giulio Andreotti (con partido cristiano demócrata incluido), el asesinado premier libanés Bahir Gemayel, el coronel chileno Manuel Contreras, quien es acusado de múltiples asesinatos, el general panameño Manuel Antonio Noriega, periodistas norteamericanos, etcétera, etcétera. Más de una vez, esas alianzas de la cia avergonzaron a su propio gobierno cuando salían a la luz pública. Para poder combatir al enemigo y defender la libertad, los mandamases de la cia creyeron que todo vale. Pero en una democracia, el fin nunca justifica los medios.

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