Garzón nació en Bogotá en 1960 y falleció en 1999.

‘¡País de mierda!’ Un libro para recordar a Jaime Garzón

Basado en la obra de teatro ‘Corruptor’, que hace dos años visitó en chiva los lugares claves en el asesinato del humorista bogotano, el libro de Verónica Ochoa revive a los personajes emblemáticos de Garzón y analiza de nuevo las circunstancias de su muerte.

2017/05/04

Por Mateo Navia Hoyos

El 4 de mayo se presenta en la FILBO el libro Corruptour. ¡País de mierda! Caso Jaime Garzón, escrito por la actriz, directora y dramaturga Verónica Ochoa, y publicado por la Universidad Distrital Francisco José de Caldas en la Colección Teatro Colombiano. En 2014, Verónica ganó la Beca de Dramaturgia Teatral del Ministerio de Cultura, con la obra: Corruptour: caso Jaime Garzón. En 2015, puso en escena la obra con Felipe Vergara, quien había ganado la Beca de Creación del Ministerio de Cultura con la agrupación artística La Barracuda Carmela. Y finalmente en 2017, los lectores podrán acceder a Corruptour. ¡País de mierda! Caso Jaime Garzón en formato de libro.

Sobre la puesta en escena de Corruptour, en la red puede rastrearse un coro de columnistas que comunicaron haber disfrutado aquella obra teatral poco convencional que transcurre en una chiva, durante la noche en Bogotá, realizando diversas paradas en lugares que se vinculan con los implicados en el asesinato del humorista colombiano Jaime Garzón.

Yo mismo me monté, a finales de noviembre de 2015, en la chiva de la corrupción, cuyo nombre podía leerse encima del parabrisas: “La prepago”. La cita era en la estatua de Garzón que se encuentra a unos pocos metros de Corferias, a las 11:30 de la noche. Minutos antes, de pie en una de las esquinas, abrazando con ambas manos un café caliente en una típica gélida noche bogotana, otros enchaquetados iban llegando al lugar, trasluciendo en sus rostros la emoción que les es común a los espectadores avezados que se saben osados. De súbito aparecieron tres mujeres, supuse actrices, vestidas de azafatas, quienes comenzaron a recoger la boletería. Luego de organizar el grupo de espectadores, nos condujeron dos cuadras hasta el poste donde se estrelló el carro de Jaime Garzón, luego de ser abaleado el 13 de agosto de 1999. Allí llegó la chiva, “La prepago”, y lentamente fuimos montándonos a ella.

Durante el recorrido, las tres azafatas, así como los actores, las actrices, los bailarines y el músico, irrumpieron en algún momento de la noche, representaron, entre otros, los autores materiales, intelectuales e ideológicos del magno crimen de Jaime Garzón. Algunas imágenes de archivo fueron emitidas en un pequeño televisor acomodado en la parte delantera cerca del conductor, y con la aquiescencia de las azafatas, los asistentes pudimos beber licor y fumar, luego de ser advertidos de que en caso de notar algún movimiento sospechoso de una patrulla o automóvil, la señal de ¡guépaje! nos salvaría si nos parábamos a bailar como si fuésemos en una chiva “común y corriente”.

Cuando se asiste a una obra teatral, las palabras vuelan desde las bocas de los actores y las actrices, mezclándose con las luces, los sonidos, generando un amasijo de sensaciones y emociones. Por ello, las impresiones sensibles, emocionales y perceptivas se mezclan con las reflexiones y los análisis, alterando la interpretación que realicemos de la obra. Sin embargo, cuando se tiene el texto escrito, la posibilidad de la lectura permite el detenimiento y la atención en las palabras que componen la dramaturgia. Declarado lo anterior, arriesgo una confesión sincera y honesta: disfruté la obra cuando la vi, pero leerla me deslumbró.

Como indiqué más arriba, Corruptour transcurre en una chiva. Sí, una chiva, uno de esos vehículos que, como clarifica Verónica en el libro, se define a partir del entorno socioeconómico desde el cual se le mire. Para la clase baja se trata de un transporte rural. Para los pobres expulsados de sus tierras y lanzados a las ciudades, es recordada como el vehículo en el que se transportaban sus ancestros. Para la clase media urbana, la chiva es “Una chiva rumbera”. Para la clase alta, es aquel engendro de cuatro ruedas que le hace preguntarse “¡Por qué no habré nacido en París, o en Londres!”. Para la clase intelectual, que puede ser de clase baja, media o alta, la chiva es ese vehículo al que “Ni muerto me subiré”.


Una de las paradas de la obra de teatro. Foto: Cortesía Verónica Ochoa.

En Corruptour, Verónica despliega su pluma afilada resucitando personajes creados por Garzón como Dioselina Tibaná, Quemando Central, Inti de la Hoz y John Lenin. Renovando sus voces, las liga a una prosa original. Pero Verónica hace más que eso, logra tejer las investigaciones que se han realizado sobre el caso Jaime Garzón, nombrando a quienes han sido señalados o condenados como autores materiales: Enrique Mora Rangel, Rubén Darío Ramírez, Jorge Eliécer Plazas y Rito Alejo del Río; y como autores intelectuales: José Miguel Narváez, Salvatore Mancuso, Carlos Castaño y Jorge Noguera.

Verónica no es complaciente, es disidente: ante la hipótesis de que a Garzón lo mandó matar Carlos Castaño, cita a Alfredo Molano cuando escribió: “ese crimen lo sobrepasa, es más antiguo y más cobarde que las atrocidades que él sabe hacer”. Más aún, Verónica va más lejos, pues esa mentira, dice, “el pueblo colombiano se [la] comió como perro que ruñe un hueso que el amo le lanza para quitárselo de encima”. Incluso, en otro lugar de la obra, citando palabras del paramilitar Ever Veloza, alias HH, nos dice: “los empresarios de este país y los políticos de este país pues que también deben responder por todo el daño que se hizo en este país, porque los grandes beneficiados de la guerra en este país son los empresarios de este país”.

Verónica, como lo declara desde las primeras páginas, para escribir esta dramaturgia abandonó “el asqueroso territorio de lo políticamente correcto”. Solo así logró alejarse del conocimiento que es un lugar común entre los colombianos: “realmente, en verdad, no sabemos qué pasó”. Saber eso le permite pensar y lanzar una hipótesis importante: Garzón “se enteró de asuntos ilegales delicados, se lo comunicó a la institucionalidad creyendo que la institucionalidad no sabía y la institucionalidad no solo lo sabía sino que también había sido determinadora de esos asuntos”.

Con su obra, Verónica destruye la falsa realidad construida por los medios masivos de comunicación y las llamadas instituciones de justicia hermanadas con las clases dirigentes: empresarios y políticos, nacionales e internacionales: verdaderos responsables de la guerra colombiana. Renunciando a la tarea de cambiar el mundo, Verónica se propone cambiar la mirada sobre la realidad convocando la responsabilidad conjunta hasta forjar, dice, “al menos, una transformación individual, esa es la única transformación posible, la única que no se nos sale de las manos”.

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