Vásconez nació en 1946 en Quito, Ecuador. Crédito: Patricio Burbano.

'Hoteles del silencio': un universo singular y anómalo

La novela más reciente del escritor ecuatoriano Javier Vásconez hace evidente que su autor será un referente obligado de la literatura latinoamericana de comienzos del siglo XXI.

2016/12/21

Por Pedro Ángel Palou

De pocos escritores latinoamericanos se puede decir que son dueños de un mundo propio. Javier Vásconez ha creado libro a libro (del magnífico Viajero de Praga al claustrofóbico  Jardín Capelo y ahora con su última novela, Hoteles del silencio) un universo singular y anómalo. Sus personajes están siempre buscando. Buscan a otros, se desplazan incesantemente. No sólo de continente, también de contenido, si se me permite el juego. Son lo mismo desterritorializados que descorporeizados.  Su juego de doble atadura los arroja al vacío y los llena, paradójicamente de sentido. Mueren, como en esta excepcional novela, varias muertes en su intento por desvanecer sus identidades al tiempo que las ganan de nuevo, trastocadas. Hay algo fuera de foco en ese mundo curioso de Vásconez que lo mismo recurre al género menor (de la novela de aventuras a la de espionaje) que a las referencias culteranas con enorme contenido dramático. Sus personajes siempre guardan un oscuro secreto. Con este último libro algo nos queda claro ya: Javier Vásconez es un clásico.

La obra de Javier Vásconez ejerce una fascinación entre los escritores de mi generación por varias razones.  Por un lado es el último de una larga estirpe de raros (esos de los que hablaba Darío) que en su país conoce con Pablo Palacio a uno de los más conspicuos. Por otro se trata de un escritor cuyas tramas poseen una atmósfera intelectual (El Viajero de Praga, a la cabeza) que a otros escritores fascina.  Su generación –la de quienes empiezan a publicar en los ochenta, él mismo con Ciudad Lejana- no es ya el Boom, cuya estela explosiva los oculta, pero tampoco pertenece a esa ola de renovación de los nacidos en los sesenta con McHondo de Paz Soldán y Fuguet como banderas. En medio de dos estallidos, los contemporáneos de Vásconez han tenido muchas veces que conformarse con un destino literario que no corresponde ni a la calidad ni a la importancia de sus obras. Sin embargo las historias de la literatura se reescriben y reacomodan muchas veces, la biblioteca cataloga y descataloga con menos capricho que el mercado, si se quiere y estoy seguro que Javier Vásconez será un referente obligado de la literatura latinoamericana (con Ribeyro, Miguel Donoso, Abelardo Castillo, Guillermo Samperio como seguros compañeros de distintos países y décadas que volverán a leerse). En literatura no hay canon y repertorio porque los lectores son los ejecutantes.

Me fascinó hace poco La piel del miedo. Jorge Villamar, su protagonista se me ha convertido en un nuevo Zavalita, pero ahora no se trata sólo de entender cómo se jodió el Perú, sino cómo es que una generación completa de latinoamericanos que creyó en el sueño de la revolución truncó sus existencias y no se reconoce en el nuevo territorio que la globalidad –el pasaje a Occidente inevitable de la modernidad mundo que llama el filósofo italiano Giacomo Marramao- ha convertido en Ultima Thule, utopía descarnada y desarmada en donde pocas cosas importan o son trascendentes, acaso ninguna. Aunque la novela ocurre en los cincuentas, a finales, (y su protagonista vea películas de Gary Cooper) la leemos desde este ahora imposible. Ni la amistad de Ramón Ochoa (quien sueña con tatuar en la piel femenina el mundo entero) o el amor con la mítica cantante Fabiola Duarte, uno de los personajes más entrañables de la literatura de Vásconez permiten ofrecerle al protagonista algún consuelo.

El país –o la ciudad- no tiene nombre, y es mejor así. El padre desaparecido, el miedo al sonido de un arma que se disparan tocan la infancia la infancia de Villamar, pero su experiencia puede ser la de todos en ese convulso periodo latinoamericano o conosureño en particular. Ese miedo se queda en la piel más indelebles que cualquier tatuaje. La persecución política no es, por supuesto, la única razón del miedo pero si su marca tutelar en esta novela cuya prosa continúa el proyecto narrativo de Vásconez: transmitir atmósferas a través de la acción y utilizar las posibilidades narrativas de la descripción sólo si agregan elementos a la acción del relato. Todo a través de la primera persona. La historia se construye a retazos. No sabemos las causas internas de la desaparición del padre de Villamar salvo su oposición al régimen de un “presidente Enríquez” mítico, y quizá está allí sólo como origen de la desazón del protagonista, el tema de toda la obra de Vásconez, el desasosiego. Y es que la literatura de Vásconez no está jaloneada por la trama, sino por la psicología de los personajes. Ocurre poco, pero ocurre profundamente y revelar de más puede ser la tumba del reseñista.

Para los lectores asiduos –esos happy few entre los que me cuento- de Vásconez encontrarse al Dr. Kronz de El Viajero de Praga, es un regalo extraordinario.  Pero si en esa novela el personaje parecía sacado de Conrad en esta junto con otros habitantes del Hotel Dos Mundos, se trata de un juego de espejos. Ahora le interesa hacer de la comida una experiencia estética y le sirve a Villamar para bucear en el mítico pasado de Fabiola, la cantante de boleros. Todos son solitarios, como Jorge Villamar. Solos con solas sin esperanza alguna de redención. Rosendo, el jockey es también en ese sentido un reflejo cóncavo del propio Jaime. Los ataques epilépticos que sufre trastocan la memoria, es cierto, pero también son flashazos de lucidez en medio del miedo. Ni las mariposas tatuadas por Papi George en la piel vuelan, ni los personajes buscan otro destino.

Y es que los hoteles han sido siempre escenario de los desplazados, de los siempre cambiantes personajes de Vásconez. Su territorio es el territorio del nómada. En Hoteles del silencio, su más reciente novela, sin embargo, la pregunta creo que es más aguda aún. ¿Se puede vivir entre? ¿En el lugar del entre?  Entre dos continentes, entre dos ciudades, entre dos hombres, entre dos lugares, la papelería y el hotel? ¿La casa que no es hogar en cualquier caso?

Es una novela sobre los celos –y los celos, como la ambición, no se sacian. El celoso será, siempre, aún más celoso. Loreta y Jorge, esa ciudad perdida de los Andes, el autoexilio, y nuevamente el encierro. Hay una curiosa cualidad claustrofóbica en las novelas de Vásconez, contradictoria apenas con el nomadismo. Estar entre, es no estar en ningún lugar. El celoso también está entre, no puede detener(se), ni detener la mente.  Se desplaza constantemente y desplaza el objeto de su amor al objeto de su odio o ira, el amante –ficticio o real- que le arrebata el amor.  Jorge, el dueño de la papelería París, estar para no estar. Es un desquiciado por el fantasma de los celos.

Y los celos lo llevan a hacerse detective amateur en una ciudad donde desaparecen niños y donde la policía no investiga, o no resuelve. Jorge Villamar es el desposeído –el padre, la madre, Loreta, el casero- todos conspiran por dejarlo a la intemperie. Y ese es quizá el tono mayor de esta novela luminosa, lo que la hace única en la obra de Vásconez.

Al terminarla sabemos ya que no hay refugio posible. Con crueldad literaria nos recuerda el estado de indefensión que es la condición humana. Nos instala, literalmente, en la intemperie, para siempre huérfanos, para siempre solos, escuchando el llanto de un niño en Madrid al que no se ha visto nacer, escuchando un llanto que es quizá la única interjección posible ante la nada.

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