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Jerusalén, la metáfora imposible

El pasado 21 de marzo, el ejército israelí boicoteó las celebraciones de Jerusalén Capital Cultural del Mundo Árabe: una muestra más de que cada metro cuadrado de esta histórica ciudad tiene un desmesurado peso simbólico y emocional para árabes y judíos. Arcadia habló con el portentoso escritor israelí sobre lo ocurrido.

2010/03/15

Por María Alejandra Pautassi

Los ministros de Cultura de los países árabes se lo esperaban. El nombramiento de Jerusalén como Capital Cultural del Mundo Árabe para el 2009 hace tres años fue, desde un principio, polémica. Se sabe: Jerusalén es uno de los puntos más calientes del conflicto árabe-israelí. Lo que quizá no se esperaban era un boicot. El pasado 21 de marzo, día en el se oficializaba el nombramiento, el ejército israelí intervino las celebraciones. Detuvieron a personas que llevaban camisetas promocionales, interceptaron marchas infantiles hacia la ciudad antigua, se reventaron los globos rojos, blancos, verdes y negros —los colores de la bandera palestina— en un desfile escolar, y cientos de policías israelíes rodearon la mezquita de Al-Aqsa desde la mañana para prevenir cualquier demostración de orgullo árabe. Lo que había comenzado como una iniciativa para promover el turismo y “afirmar la identidad árabe y plural de Jerusalén” —como había sucedido sin mayores inconvenientes con las anteriores capitales árabes, Cairo, Argelia, Damasco— fue reducida a nada. El único resultado, acaso, 12 árabes detenidos. En cuestión de horas, un nombramiento simbólico se había convertido en un ataque político, y aunque no hubo muertos ni heridos, el boicot representó una nueva ofensiva en “batalla emocional” por el control de la ciudad sagrada.

Días después, Arcadia habló por teléfono con el escritor israelí Abraham B. Yehoshúa en su residencia en Haifa para saber qué se decía en Israel de lo ocurrido. Sus opiniones rotundas lo han hecho uno de los más importantes intelectuales judíos (junto con Amoz Oz hace parte de la “Nueva Ola” de escritores israelíes). Y uno controvertido. En los noventa se le vino encima toda la comunidad norteamericana —había dicho que “una verdadera vida judía solo se podía llevar en un Estado judío”, que “los demás solo estaban jugando”— y las facciones más conservadoras del gobierno lo miran con recelo: se le conoce como un intelectual “de izquierda”, no ve por qué en Israel no puedan convivir judíos, árabes y cristianos, y desde hace más de treinta años trabaja de manera activa por la paz. Por eso, ¿quién mejor que él para hablar del asunto?: un intelectual complejo, cuyo interés por los conflictos territoriales no se limita al Estado que defiende —antes de que empezara la entrevista, preguntó por la situación en Colombia—, en pocas palabras, un humanista y librepensador. En Una mujer en Jerusalén, su último libro traducido al español, el director de recursos humanos de una fábrica en Jerusalén debe asegurarse de que el cadáver de una víctima de un ataque terrorista llegue a su país de origen: un viaje desde la tierra prometida hacia una ciudad de Oriente Próximo y una peregrinación en sentido contrario, de reconciliación por encima de los sectarismos, las fronteras religiosas, nacionales y políticas.

¿Qué significa Jerusalén para los escritores judíos?

Jerusalén, por supuesto, es un centro emocional y religioso para los judíos. Pero no solo para los judíos, sino también para los cristianos y también para los musulmanes. En un territorio muy pequeño, de no más de un kilómetro cuadrado, se concentran los lugares de culto de tres religiones. En Una mujer en Jerusalén, cuando describo a una mujer que peregrina a Jerusalén, lo que quiero mostrar es que Jerusalén nos pertenece espiritualmente a todos. No creo que los judíos tengan una exclusividad sobre la ciudad.

En Una mujer en Jerusalén, usted muestra una ciudad —una región— que está dividida cultural, espiritualmente y geográficamente por el terrorismo...

Sí, pero la novela trata más sobre el proceso de abrirse al otro. Los colombianos entenderán lo que quiero decir —viniendo de un país donde hay conflicto, muertes, donde empieza a reinar la indiferencia y donde gran parte de la población está alejada de lo que sucede—. Hasta cierto punto algo parecido sucedía en la Segunda Intifada —su peor momento fue entre el 2000 y el 2005—, cuya principal víctima era la población civil judía y palestina (las víctimas venían de ambas partes). En Israel se respetaba mucho a los soldados, se los honraba porque, de cierta manera, en sus misiones ellos morían por nosotros, por el Estado de Israel. Pero ¿qué ocurre cuando una empleada doméstica muere en un atentado? ¿Cuál es su significado? En esta novela lo que yo quise fue hacer un alto en el camino y mostrar a las víctimas anónimas, los trabajadores —el personaje de Una mujer en Jerusalén, una panadera extranjera que no tiene familia en la ciudad, muere y nadie la puede identificar—, durante esos años difíciles de los atentados suicidas, en los que las bombas explotaban en nuestras calles. La historia es, por supuesto, la del director de recursos humanos de la panadería donde trabajaba esa mujer, un hombre encerrado en sí mismo, muy burocrático, muy formal, y la forma cómo él, poco a poco, se abre al otro, a ella. En un principio él no la conoce, pero él empieza a entenderla, a identificarla y, poco a poco, incluso a enamorarse de ella: es la historia de un corazón que está cerrado y cómo se empieza a abrir.

La trama del libro —la travesía del director de recursos humanos que debe acompañar el cadáver de la mujer a su país de origen— nace del sentido de tradición, de honor y de humanidad del dueño de la fábrica de panes, un anciano, que obliga al joven a viajar a una tierra lejana. Usted muestra un conflicto entre el sentir de las nuevas generaciones y los más ancianos. ¿Cómo se vive este conflicto en el Israel de hoy?

La indiferencia es la característica más terrible de la sociedad moderna. Desde mi punto de vista, el sentido de solidaridad era muy fuerte en los comienzos del Estado israelí. Cuando se estableció el Estado de Israel hace sesenta años, nuestra misión era hacernos responsables de la totalidad de nuestras vidas. Éramos pequeños y muy pocos, y estábamos enfrentados a los países árabes que nos superaban en tamaño y cantidad. Todos sentíamos una responsabilidad hacia el otro y ese fuerte sentido de solidaridad era lo que nos mantenía firmes, lo que nos ayudaba a seguir luchando y a protegernos.

El sentido de solidaridad ha disminuido en los últimos años. La indiferencia hacia las víctimas del terrorismo es la misma indiferencia hacia las víctimas de la pobreza, hacia los desempleados... De ahí que el dueño de la fábrica obligara al director de recursos humanos a hacerse responsable de la mujer, para que él entendiera que sí, que nosotros somos responsables de las víctimas, aunque el Estado sea el encargado de llevar sus restos a su país natal.

En últimas, Una mujer en Jerusalén habla sobre la posibilidad (o imposibilidad) de vivir en el Israel de hoy...

El Estado de Israel siempre ha estado en duda. Desde un principio. Ahora, por supuesto, algunos de nuestros vecinos reconocen el hecho de que existimos —reconocen el hecho, no la legitimidad de ese hecho—. Aún hoy Irán amenaza con aniquilarnos, con borrarnos del mapa. Así que hasta cierto punto, este Estado todavía no está asegurado. Nadie piensa que Colombia, por ejemplo, un día no será Colombia. Pueden pensar en cambiar de régimen, pueden hablar de guerra civil, pero a nadie duda de que Colombia es un Estado legítimo. Nosotros, en cambio, todavía estamos luchando para que se reconozca nuestra legitimidad. Y en este sentido, nuestra guerra es más difícil que la de otros países que tienen conflictos territoriales. Con todo, hemos cometido errores con los palestinos. Desafortunadamente, en este momento tenemos un gobierno que no es mi terrón de azúcar, por ponerlo de la forma más elegante posible. Con todo, esperamos que el presidente Obama sea más agresivo, más determinado para acabar este conflicto.

¿Por qué considera Israel el nombramiento de Jerusalén como Capital Cultural del Mundo Árabe un ataque político?

En realidad no sé. Si los árabes quieren que Jerusalén sea su capital cultural, yo digo, ¿por qué no? Yo no me opongo. Si el gobierno de Israel piensa o sospecha que el nombramiento de Jerusalén como capital de la cultura árabe no tiene contenido cultural y es un mero acto político, es porque la ciudad de Jerusalén está en el centro del conflicto. Pero yo no me opondría a este nombramiento. Si Jerusalén se conoce como una ciudad cultural, la gente vendría a investigar, se invertiría más dinero, se desarrollaría la cultura y todos ganaríamos.

Pero el gobierno de Israel considera a Jerusalén la capital única e indivisible de su Estado...

Yo no estoy de acuerdo. Jerusalén debería estar dividido en tres partes. Una parte judía, otra árabe y palestina, y una que pertenezca al Vaticano. Un kilómetro cuadrado que contiene los lugares de peregrinaje de las tres religiones y con el mismo estatuto especial que tiene el Vaticano.

Esto es lo que usted piensa, ¿qué piensan en Israel?

Definitivamente yo no tengo el mismo pensar de la mayoría de los israelitas. ¿Qué puedo hacer? Pero yo creo que dividir a Jerusalén en tres es la solución más razonable, porque si no hay una posición clara sobre qué representa Jerusalén nunca habrá paz.

Ahmed Dari (director del proyecto —Jerusalén, Capital?Cultural del Mundo Árabe—y delegado de la UNESCO) dijo que este no era un proyecto palestino, sino un proyecto árabe. ¿Cómo recibió el gobierno de Israel estas declaraciones?

Si este nombramiento de los árabes tiene un significado cultural, yo, por supuesto, apoyo la declaración. Como decía, que vengan e inviertan en la cultura. Pero los palestinos solo consideran a Jerusalén como un lugar de importancia política. Hay que solucionar este problema, tenemos que llegar a un arreglo y elevar a Jerusalén por encima del conflicto tribal y entenderla en un nivel espiritual y religioso. Este es el descubrimiento y la responsabilidad que debió asumir el director de recursos humanos en Una mujer en Jerusalén. En un punto, él se pregunta ¿por qué, después de una larga travesía, quiere la mujer regresar a Jerusalén? Pues Jerusalén también le pertenece a ella. Jerusalén no es una simple ciudad. Es una metáfora religiosa y espiritual muy profunda y de gran significado para todo el mundo. Y entender esto es vital, vital, para solucionar el conflicto. Si no llegamos a un acuerdo sobre el estatuto, la paz no será posible. Debemos ser muy creativos para inventarnos un sistema en el que el estatuto Jerusalén sea, como he dicho, elevada por encima de los conflictos.

¿Cuáles cree que serán las consecuencias políticas y culturales del boicot?

En realidad, no creo que el boicot tenga un significado práctico, porque los árabes no pueden venir a Jerusalén... este es un nombramiento. Los árabes la nombran su capital cultural, los judíos dicen que es su única capital y, mientras tanto, Jerusalén tiene problemas locales, del día a día, que tienen que resolverse.

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