Foto: Juan Carlos Sierra.

Tres poemas de Juan Manuel Roca para promover la creación literaria

Los estudiantes de posgrados en Creación Literaria de la Universidad Central llevan dos números trabajando en los 'Cuadernos de la Lectio'. En la edición de julio a diciembre de 2015 el protagonista es el poeta Juan Manuel Roca. Arcadia reproduce tres poemas de esta selección.

2016/01/19

El poema

Lo cortejan escribanos y borrachos,

lo recitan las damas blancas

que cuentan el número de sílabas

en sus frágiles collares de granizo,

lo diseccionan como a un cadáver

en la academia de la lengua,

lo memorizan los idiotas

que lo exhiben como a un perro de lujo

en las pasarelas

y en los grandes salones del verano, 

lo rasgan los poetastros envidiosos

o le alteran sus fases,

lo guardan en cofres las viudas 

que se abanican con plumas de ángel,

lo portan los pederastas

como si fuera una violeta en el ojal

y párrocos y sacristanes 

lo remiten al limbo

por el correo certificado de Dios.

El verdadero poema

sobrevive a tan fúnebre cortejo.

En el café del mundo

Para Carlos Vidales

Por la mañana, 

cuando un sol de páramo merodea la ciudad,

las meseras del café 

limpian las sobras de una conversación

y las manchas que dejan en el piso

las voces nocturnas.

A alguien debió caérsele en el baño 

la palabra amor,

pues no se soporta el olor a flor marchita

que invade sus muros.

Limpien, limpien las palabras regadas en el mantel

o esparcidas como cigarros apagados 

en los rincones. Sólo son pavesas de voces,

cenizas del verbo, frutas disecadas.

Las meseras espantan a las moscas con un diario:

las palabras no son hadas caídas de labios del fabulador,

ni cadáveres en fuga hacia el vacío,

pero las moscas se frotan las patas

frente a sus melancólicos residuos.

Tal vez al borde del vaso con restos de cerveza

la palabra país se haga recuerdo

pues hay algo de tela de araña, de ruina de tiempo,

de un mestizaje de sueño y pesadumbre

en torno de la mesa.

Aún están las sillas con las patas arriba

como carrileras o pirámides o torres

de una Babel silenciosa

y las meseras se aprestan a barrer un otoño de voces.

Palabras que fueron mordidas con pasión

o arrojadas por la espalda,

palabras titubeantes en labios del herido

o untadas de una tenaz melancolía,

mariposas derribadas en su vuelo.

Las meseras ignora que limpian y barren las palabras,

que algunas recorrieron el mundo, muelles y hangares,

para venir a morir bajo una mesa.

La palabra libertad que agitó su bandera de harapos

se deshace entre los restos de la noche

y no es fácil remendarla con agujas de lluvia.

Ni perros ni gatos husmean los escombros

donde se acumulan los sinónimos del hombre.

Hasta la palabra miedo

ha mudado de piel y ya no tiembla.

Ah, diligentes meseras que ponen órden a los objetos

aunque nadie los nombre. Yo las veo 

recogiendo pedazos de la palabra cristal,

entre enceguecidos Narcisos

que fingen no verse en aguas pantanosas.

La palabra muerte no quiere deshacerse,

se resiste a morir en el café de la noche.

Las pulcras meseras recogen,

entre papeles arrugados y sombras y cabellos y fantasmas,

las sílabas del día, sus inciertas potestades.

Limpien, limpien llanuras, suburbios, subterráneos,

glaciares y jardines y patios y collares,

el eco del silencio que atraviesa la noche.

Las manos de Orlac

(reflexiones de un concierto de piano)

Una vieja película del cine negro narra la historia de Orlac.

Tras su ejecución, a Stephen Orlac, lanzacuchillos de circo y asesino,

le amputan las manos y las trasplantan a un pianista

que ha perdido las suyas en un tren descarrilado.

Las manos se niegan a obedecer al nuevo cuerpo,

deciden moverse a su antojo y recobrar su instinto criminal.

En lugar de volcarse sobre el teclado del piano, buscan cuellos que apretar.

El pianista de esta noche sin duda ha recibido en comodato

las manos de Orlac. Escuche cómo asesina la música de Bach.

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