Michel Houellebecq dirante la rueda de prensa que concedió a los periodistas tras el anuncio del Premio Goncourt, en el restaurante Drouant en París.

Jugando a ser niño bueno

Al igual que pasó con McEwan y el Booker, Michell Houellebecq ha ganado el Premio Goncourt con una novela políticamente correcta, muy alejada de su mundo literario anterior. Curioso, en el texto se burla de un escritor llamado Michel Houellebecq.

2010/12/15

Por Hernán Alonso Melo

A las 12:45 del mediodía del 8 de noviembre Michel Houellebecq (La Reunión, 1958), debió sentir la satisfacción de la revancha al fin consumada. A esa hora el autor de Plataforma y La posibilidad de una isla recibía el Premio Goncourt, el más prestigioso de la literatura francófona.

 

La novela obtuvo siete de los nueve votos del jurado al que pertenecen, entre otros, Bernard Pivot, Jorge Semprún y Tahar Ben Jelloun, conocido novelista marroquí. Este último había dejado claro días antes que no votaría por Houellebecq: “Yo no habría leído su novela si no me hubiera visto obligado a hacerlo por pertenecer al jurado. Perdí tres días de mi vida”, escribió en un artículo publicado en el diario italiano La Repubblica.

 

Tradicionalmente el laureado recibe un simbólico cheque de diez euros en el restaurante parisino Drouant, situado en pleno centro de París, a manos del tesorero de la Academia Goncourt. A cambio de esta suma, la obra se asegura una tirada suplementaria que oscila entre los 200 mil y 600 mil ejemplares.

 

Tal fenómeno se debe, entre otras razones, a que el libro distinguido con el Goncourt se ha ido consolidando como uno de los regalos preferidos para Navidad. Por otra parte, los premios literarios, una verdadera pasión francesa, también permiten al lector de a pie situarse entre las 750 novelas publicadas en el mes de septiembre, en la denominada rentrée littéraire. Hay, no obstante, un efecto perverso: los libros publicados por fuera de la temporada de premios, o aquellos que no consiguieron ser leídos por los críticos literarios, son sistemáticamente ignorados.

 

A Houellebecq este premio se le había escapado varias veces. Muchos lo daban por ejemplo como ganador en 1998 por su novela Las partículas elementales, adaptada al cine en 2006 por el director alemán Oskar Roehler. En cambio, Houellebecq recibió el subterráneo premio Noviembre de novela.

 

Este año su fortuna cambió con La carte et le territoire (El mapa y el territorio, según la edición en español que prepara Anagrama), un libro mayoritariamente bien recibido por la crítica, aunque denigrado una y otra vez por los contradictores habituales de Houellebecq que lo acusan de ya no saber inventar. ¿Y de qué lo culpan exactamente? Pues de cultivar su propia imagen, ya que él mismo aparece en la novela como uno de los personajes principales, un autor de éxito que muere salvajemente asesinado; de abusar del name dropping, figura estilística que consiste en citar personajes conocidos o marcas comerciales; y de construir una novela a la medida, un libro políticamente correcto, para forzar su coronación en la Academia Goncourt. ¿Por qué premiar al menos houellebecqueriano de sus libros?, se preguntan unos y otros.

 

"Es una sensación extraña, pero estoy profundamente feliz. Hay muchas personas que apenas saben algo de la literatura contemporánea gracias al Goncourt. La literatura no está en el centro de las preocupaciones de los franceses, en este sentido el premio es interesante”, explicó Houellebecq con su acostumbrado laconismo excéntrico, “como si fuera el único que pensara”, apunta su amigo y también escritor Frédéric Beigbeder. “En general, si uno tiene paciencia suficiente, él acaba por decir cosas sorprendentes”, añade Beigbeder.

 

Enemigo público, rey de ventas

 Michel Houellebecq ha sabido cosechar tantas admiraciones como sólidas enemistades. Las razones no faltan: todos recuerdan por ejemplo las declaraciones en las que defendió la política de Stalin o aquellas en las que insultó al Islam juzgándola como “la religión más estúpida”.

 

A pesar de todo, Houellebecq es posiblemente el escritor francés vivo más conocido y vendido en el planeta. Todo un ídolo en países como Rusia y Alemania. Pero lo que pocos saben es que antes de alcanzar la fama llevó una vida completamente ordinaria.

 

Hijo de una anestesista de profesión y de un padre guía de montaña, fue confiado a los seis años a su abuela paterna Henriette Houellebecq, de quien adoptó el nombre de soltera como seudónimo. Con apenas veintidós años obtuvo un diploma de ingeniero agrónomo. Se casó, tuvo un hijo, y luego llegó un temprano divorcio. Houellebecq empieza a frecuentar los hospitales psiquiátricos para curar una fuerte depresión nerviosa. Le sigue a todo esto un prolongado período de inactividad, hasta que, en 1983, comienza una carrera como informático en la multinacional Unilog, en el ministerio de Agricultura, donde permanecerá tres años y, a continuación, en la Asamblea Nacional francesa. En 1985 publica por primera vez algunos poemas en La Nouvelle Revue de Paris, pero su poesía pasa desapercibida. En 1994 debuta con pie derecho su carrera como novelista con Ampliación del campo de batalla, alcanzando la consagración internacional con Las Partículas elementales y Plataforma.

 

Hace un mes, tras conocer la noticia, Houellebecq se precipitó hacia el restaurante Drouant, protegido por su inseparable abrigo Marlboro Country y con su cara de Droopy o de “tortuga enferma” —como él mismo se describe en el libro—, acosado por un enjambre de periodistas. Los fotógrafos se daban codazos para captar la mejor imagen de un Houellebecq conquistador. La entrega del Goncourt se convirtió en pasarela del Festival de Cannes. “La manada anda suelta y no descansará hasta verme muerto”, había dicho de la prensa y de sus acusadores hasta hace unos meses. “Ahora parece que todo el mundo me quiere”, dijo en una radio parisina la semana pasada.

 

Para entender su obra hace falta leer al fallecido filósofo Philippe Muray, a quien Michel Houellebecq admira, y de quien se habría inspirado para componer la materia novelesca de El mapa y el territorio. Muray escribía en 1998: “¿Qué es lo propio de la novela? ¿Cuál es el asunto de la novela? Toda la cuestión literaria, bajo su ángulo crítico, consiste en intentar redefinir eso que es propio de la novela. Antes de ser “literatura”, antes de dialogar con el resto de la literatura (catecismo del viejo modernismo, liturgia de las vanguardias), una novela habla del mundo. Y lo inventa. Y lo combate. Y se burla de él. Y lo interroga. Y lo interpreta. Y (hoy más que nunca) interpreta un mundo ya sobreinterpretado”.

 

En El mapa y el territorio Houellebecq intenta hacer todo lo que reclama Muray: despliega una radiografía de nuestra sociedad capitalista, retratando la felicidad del consumidor, representando al mundo como un supermercado en el que arte también se exhibe en un estante. Acaso por eso en París una foto de Richard Avedon “Dovima et les éléphants (1955)” fue vendida hace unos días en Christie’s por 841.000 euros, un precio récord para una fotografía en Francia. El artista Jed Martin, héroe de la novela, se hace famoso tras pintar cuadros como Bill Gates y Steve Jobs discutiendo sobre el futuro de la informática, Damien Hirst y Jeff Koons repartiéndose el mercado del arte y, por su puesto, Michel Houellebecq, escritor.

 

El ‘affaire’ Wikipedia

 La página de internet Slate.fr reveló a comienzos de septiembre que Houellebecq habría copiado en su novela los artículos de Wikipedia que corresponden a Frédéric Nihous (político francés, presidente del partido Caza, pesca, naturaleza y tradición), la ciudad de Beauvais y la mosca doméstica. Lo suficiente para que el jurista especializado en derecho digital Florent Gallaire considerara que el conjunto de la novela de Houellebecq se acoge así a la licencia libre Creative-Commons, que se aplica comúnmente a todos los artículos de la enciclopedia asociativa, y decidiera colgar en su blog (Florent Gallaire’s Blog) la totalidad en PDF de El mapa y el territorio.

 

“Para él no cabe ninguna duda: el hecho de que Houellebecq se haya inspirado fuertemente en tres artículos de Wikipedia, ha transformado al libro en una obra libre”, informa la página Web francesa Rue89.

 

“Si modifica, transforma o adapta esta creación —el artículo Wikipedia—, usted no tendrá derecho a distribuir la creación resultante que bajo un contrato idéntico a éste”, precisa la licencia. No resulta extraño que Flammarion, la editorial de Michel Houellebecq, tenga su propia interpretación del asunto y amenace con llevar al intrépido abogado a los tribunales.

 

Pero la brevedad de los pasajes incriminados y las dudas acerca de los derechos de autor que rigen a los artículos de Wikipedia harán difícil que El mapa y el territorio se convierta en una obra libre. Por ahora, el blog mantiene en línea la descarga gratuita de la novela y muchas otras páginas están dispuestas a tomar su relevo.

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