La sicóloga francesa Florence Thomas lanza su libro Había que decirlo sobre el aborto.

La confesión de Florence

En Colombia, cada día, 20 niñas menores de 14 años quedan embarazadas. Pero con el poderoso veto de quienes satanizan el tema, falta mucho para que las adolescentes puedan tener una educación seria sobre su salud sexual. Ícono Editorial publica el más reciente libro de la combativa Florence Thomas.

2010/12/15

Por Marta Ruiz

De todos los actos que una mujer puede hacer, quizá no haya uno más íntimo y difícil que el de interrumpir un embarazo. Abortar suele ser un acto solitario y conflictivo de por sí porque encarna muchos debates éticos. Y profundo porque el cuerpo de la mujer algo queda suspendido. No se trata de una banalidad. De hecho, pocas mujeres confiesan en público haberlo hecho. Aun las feministas.

 

Por eso, el libro de Florence Thomas, Había que decirlo, es tan controvertido. Porque la Florence que hoy conocemos, la mujer madura y combativa feminista, se pone de nuevo en los zapatos de la muchacha confundida y temerosa de 22 años que decidió abortar. Y para que se regodeen sus adversarios, no son precisamente unas memorias del placer. Por el contrario, sus recuerdos están llenos de tribulaciones y apremios.

 

Eran los años 60 y no había ni píldora, ni leyes que protegieran a la mujer, ni circulaba información sobre el aborto. Apenas el corre ve y dile de las amigas, el báculo pesado de los obispos que vociferaban en el púlpito y la arrogancia de los médicos que buscaban inflingirle pequeños castigos a la mujer que había osado interrumpir su embarazo. Por supuesto, siempre había quien hiciera un legrado. Casi siempre sórdidos lugares, fríos y clandestinos, no muy higiénicos. En uno de ellos estuvo la pequeña Florence. Y, sí señores, rompió en llanto.

 

Tal vez ni la propia Florence se hubiese atrevido a contar su experiencia con el aborto si no es porque hoy, 44 años después, en Colombia, donde la muerte está lejos de ser un tabú, y por el contrario el asesinato se ejerce con lujuria, y existe una suerte de pornografía de la violencia, el aborto es tema prohibido. De eso no se habla. “Hablar del aborto es difícil porque es una experiencia límite, con muchas implicaciones éticas”, dice Thomas.

 

Su propio libro estuvo a punto de quedarse engavetado. Después de que el manuscrito había sido aceptado por la editorial Santillana, ésta había enviado al corrector de estilo para ajustar cada palabra, había un diseño de portada, e incluso se habían comprado los derechos de publicación del discurso que la ministra de Salud de Francia, Simone Veil, pronunció ante el Parlamento en 1974, con el que se logró la legalización del aborto en ese país, los editores decidieron no publicar el libro. “El de Florence Thomas no es el único que aplazamos. Tenemos compromisos inmediatos con autores con quienes hemos firmado contratos previamente que no podemos incumplir”, dice Rodrigo de la Ossa, director de esa editorial. Y aunque obviamente ellos están en todo su derecho de publicar o no una obra, sí ha dejado en muchos sectores el sabor amargo de que hubo un veto. Florence Thomas ha publicado casi todos sus libros con esta casa editorial desde hace casi dos décadas, se han vendido muy bien y algunos de ellos, como Conversaciones con Violeta, han sido reeditados varias veces. Este en cambio tuvo que ser publicado a última hora por Ícono, una editorial independiente que entiende que el feminismo tiene su público, y que éste no es tan pequeño, en un país que a punta de tutelas y alegatos jurídicos, se va modernizando. La preocupación sin duda es que el oscurantismo esté impregnando los espacios que en Colombia se han preciado de ser liberales: los de la cultura, los medios de comunicación y los que atañen al debate público.

 

Máxime porque el libro de Florence no es una confesión de un acto privado. Es un manifiesto donde la experiencia personal es apenas la provocación para la denuncia política. En Colombia se han presentado en los últimos 50 años nueve proyectos de ley para despenalizar el aborto y sólo hasta hace poco se logró que se despenalizara la interrupción de la gestación en tres casos: cuando el feto trae deformaciones incompatibles con la vida; cuando la vida de la madre corre peligro; y cuando la mujer ha sido violada. Pero no porque el Congreso de repente se haya convertido en un ente secular, sino porque Mónica Roa, una abogada que sabe cómo litigar en favor de los derechos, interpuso una demanda ante la Corte Constitucional y ésta finalmente liberalizó parcialmente el asunto.

 

No obstante, Florence Thomas cuenta en su libro seis casos en los que médicos de instituciones públicas o privadas obstruyeron de manera indolente y hasta cruel, abortos que eran absolutamente necesarios. Una niña de 13 años embarazada durante su menarquia, pues había sido constantemente violada por su padre desde tiempo atrás. Otra que fue sedada, brutalmente golpeada y abusada sexualmente por todo el cuerpo. Dos mujeres cuyos fetos eran poco más que masas informes destinados a morir en el vientre antes de cualquier alumbramiento, dos mujeres cuyos cuerpos trajinados y adoloridos vivían el embarazo como una tortura a la que les sería imposible sobrevivir.

 

Los testimonios que eligió Thomas, y que son apenas un puñado de los tantos que documenta y asesora la Mesa por la Vida y la Salud de las Mujeres, dan escalofrío y hacen pensar, que como ella misma lo señala, aquí hay un problema no sólo de política pública sino de misoginia.

 

Y es que en el país todos se están burlando de la ley. Para que una mujer pueda certificar que requiere un aborto, necesita tantas autorizaciones y chequeos que muchas veces antes de obtener todos los certificados, ya el embarazo está a punto de concluir, lo que es mucho peor en términos de salud y éticos. A veces, solo una orden judicial puede destrabar el proceso, pero en otras ocasiones, los médicos y hospitales se amparan en la objeción de conciencia, enarbolada por los altos funcionarios del Estado, para negarles a las mujeres un derecho amparado por la Constitución.

 

“El problema es que se liberalizó el aborto sin hacer una campaña de educación sexual”, dice Thomas. “Este es un tema vedado en todos los textos”, afirma Rocío Pineda, ex secretaria de los asuntos de la mujer de Medellín. Quien a la postre, tuvo que renunciar a su cargo después de que la Iglesia sacara en masa a los padres de familia para protestar contra la Clínica de la Mujer que la Alcaldía estaba construyendo y en la que, entre otras cosas, se practicarían los abortos que están cubiertos por la ley.

 

En Profamilia, por ejemplo, “solo se habla del tema si las personas lo solicitan”, dice Carolina Orjuela, directora de Comunicaciones. En todo caso de manera privada. Apenas ahora esta entidad, que ha sido vanguardia en educación sexual, publicará un folleto que explica los derechos que en materia de aborto tienen las mujeres: “La despenalización es muy reciente, y por eso apenas se están implementando las estrategias de comunicación”, concluye Orjuela. Pero la sentencia tiene ya cuatro años, en un país donde cada día 20 niñas menores de 14 años quedan embarazadas.

 

Cuando la Corte Constitucional trató de corregir el silencio y la distorsión, ordenando que se tome en serio la educación sexual, y que ésta incluya los derechos sobre el aborto, se distorsionó de tal manera el debate, que la sentencia del alto tribunal quedó marcada con el estigma de “cátedra del aborto”, condenada de antemano, y sin ningún pudor, por el inefable procurador Alejandro Ordóñez. Quien, entre otras cosas, no tiene vergüenza en declarar que es objetor de conciencia de los derechos que consagra la Constitución, a pesar de que juró sobre ella defender los principios de este Estado laico.

 

A lo largo de su libro, Florence repite una y otra vez que la interrupción voluntaria del embarazo es un asunto que merece una discusión pública, civilizada y que las feministas están dispuestas a darlo, en todas las dimensiones, sobre todo la ética. “Pero nos cansamos de ir a programas de televisión donde la contraparte era José Galat. Ahí no hay debate posible”, dice. Galat, como se sabe, encabeza una de las corrientes conservadoras más recalcitrantes del país.

 

El libro deja abierto el debate, que a todas luces, muchos quieren dejar en la marginalidad.

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