Reinaldo Arenas fotografiado en París en 1986, cuatro años antes de su suicido en Nueva York.

La Cuba mala de Reinaldo Arenas

Fue extranjero en todas partes. Desde que nació en la Cuba de Batista, hasta que salió de la isla huyendo de la Cuba de Fidel, Reinaldo Arenas pagó cara su condición homosexual.

2010/06/22

Por Oscar Guisoni

Reinaldo Arenas tenía apenas quince años cuando Fidel Castro y sus rebeldes se hicieron fuertes en la Sierra Maestra y derrocaron al dictador Fulgencio Batista el 1 de enero de 1959. Tenía treinta años cuando fue internado en una prisión cubana por homosexual y escritor disidente. Treinta y siete cuando se fugó de la isla durante la crisis de los “marielitos”. Cuarenta y cuatro cuando le diagnosticaron el SIDA en Nueva York y cuarenta y siete cuando se suicidó el 7 de diciembre de 1990 al no poder soportar los estragos del dolor que le provocaba una enfermedad en aquel entonces devastadora y fuera de control. Su vida bien puede ser leída como la cara más oscura de la revolución, mientras que su obra se sigue leyendo como lo que es:un prodigio de desenfado caribeño, un mundo alucinante, plagado de aventuras carnavalescas, última muestra de lo que supo ser Cuba antes de precipitarse en el abismo gris que trajo consigo la exigencia realista del socialismo y la persecución a los intelectuales díscolos.

La breve e intensa vida de Arenas coincidió de manera trágica con la revolución que sacudió los cimientos de la sociedad de su Cuba natal desde que era un niño campesino pobre en Holguín.

San Isidoro de Holguín era la pequeña ciudad de provincias a la que su madre se había mudado intentando huir del hambre y la miseria en la que la había dejado su marido, un aventurero que la abandonó tres meses después de casarse con ella cuando ya estaba encinta de Reinaldo. En su autobiografía, Antes que anochezca (Tusquets, 1992), llevada al cine por el director Julian Schnabel y protagonizada por Javier Bardem, Arenas habla de una infancia pobre en la que los abuelos le enseñaron a odiar a un padre ausente y en la que tuvo que convivir con una madre frustrada que había decidido enterrar su sexualidad a los veinte años, asumiendo una “castidad peor que la de una virgen”.

Apenas se oyeron los rumores de la revolución, Arenas que por ese entonces era aún un adolescente, dejó la casa natal y la barahúnda de mujeres que lo habían criado y se fue a la sierra en busca de acción. Era tan niño que ni los guerrilleros dejaron que combatiera. Cuando volvió a la casa se había armado un gran alboroto. “Cometí la imprudencia de dejar un papel sobre la cama donde decía que me iba con los rebeldes, pero que no dijeran nada a nadie. Dando gritos, las diez mujeres que había en la casa divulgaron la noticia por todo el barrio. Ahora la policía de Batista me buscaba”, recuerda en Antes que anochezca. Por fortuna, unos días después triunfó la revolución y Arenas pudo volver a su casa, donde fue recibido como un pequeño héroe.

Junto al incipiente socialismo el futuro novelista descubrió también las inclinaciones de su sexualidad. El ambiente machista en el que se había criado lo forzó durante un tiempo a mantener pseudo enamoradas, pero luego de su primera experiencia con un hombre en un lugar tan poco íntimo como un bus público, Arenas se sacó las máscaras para siempre en una sociedad que no estaba preparada para enfrentarse a ese tipo de desnudez.

Sus simpatías por la revolución duraron lo que duró la algarabía de los primeros meses. Nunca se había visto, recuerda en su biografía, tanto erotismo en las calles como en esos días de 1960. Pero cuando el régimen castrista comenzó a perseguir a los homosexuales con saña, Reinaldo comprendió que el socialismo era apenas una cáscara de libertad, y si acaso había alguna, se trataba de una libertad que a él le negaba la suya.

La prisión y las letras

Instalado en La Habana durante los primeros años del gobierno de Castro, Arenas da rienda suelta a su pasión por la literatura. Escribe poemas, cuentos, y gracias a un amante influyente entra a trabajar en el Instituto del libro. Escribe Celestino antes del alba (Tusquets, 1996), su primera novela, que no tarda en ser reconocida por el todavía efervescente mundillo literario cubano. Protagonizada por un niño que no deja de escribir por todas partes para exasperación de su familia y que vive en un territorio de alegorías, la novela es una “defensa de la libertad y de la imaginación en un mundo contaminado por la barbarie, la persecución y la ignorancia”, según el propio Arenas.

Fruto de esos años es también El mundo alucinante (Tusquets, 1997), una barroca novela de aventuras caribeña que le valió un amargo enfrentamiento con el establishment socialista. Presentó el libro a un concurso en el que se encontraban entre los miembros del jurado Alejo Carpentier, incondicional de la Revolución, y Virgilio Piñera, poeta, homosexual y anticomunista que no tardaría en ser perseguido por el castrismo. El premio fue declarado desierto. “Te lo quitaron” le diría Piñera más tarde. A Arenas el disgusto se le quedó atragantado. En esos años comenzaron también las redadas de los policías del régimen en los lugares frecuentados por homosexuales. En esos años agitados conoce a José Lezama Lima, que comparte con él el gusto por los hombres y una erudición interminable, capaz de alimentar largas horas de insólitas tertulias. Lezama era ya la bestia negra de la Revolución y se encontraba bajo perpetua vigilancia. “En cierta ocasión -relata con ácido humor- Lezama y Virgilio coincidieron en una especie de prostíbulo para hombres que había en La Habana Vieja y Lezama le dijo a Virgilio: “Así que vienes tras la caza del jabalí”. Y Virgilio le contestó: “No, he venido, simplemente, a singar con un negro”.

La doble persecución a la que se ve sometido, por homosexual y escritor crítico con el gobierno, hace que Arenas termine en la cárcel, más precisamente en el Castillo del Morro, “una fortaleza colonial que fue construida por los españoles para defenderse de los ataques corsarios y piratas”, “un lugar húmedo enclavado en una roca”, un infierno medieval. Durante esos años su escritura languidece. Ya en libertad sale a la luz su tercer libro, El palacio de las blanquísimas mofetas (Tusquets, 2001), un recuerdo desaforado de sus breves días en la guerrilla, un catálogo de lo que pudo ser la revolución y no fue, otro personal ajuste de cuentas de Arenas con el régimen.

Luego de unos años de horror, en los que se fugó y volvió a entrar en prisión, soportando cuando no estaba entre rejas la inmensa cárcel a cielo abierto en la que se había vuelto la isla, la llamada “crisis de los Marielitos” en 1980 le dio la oportunidad que esperaba para abandonar definitivamente Cuba. Se introdujo entre los candidatos a abandonar el país por su condición de homosexual, pero antes de pasar el último control fronterizo temió –con razón– que su nombre estuviera en la lista de los que no podían marcharse y falsificó el pasaporte cambiando la “e” de Arenas por una esperpéntica “i”. Así fue como convertido en Reinaldo Arinas llegó a Estados Unidos.

Ya célebre, el exilio en Estados Unidos no le sentó bien. Aquella era una sociedad demasiado fría para su alma caribeña. En medio de esa desolación vuelve a la escritura. Su última década es la más fructífera. En 1982 sorprende con Otra vez el mar (Tusquets, 2002), una novela sobre una pareja vencida, escrita a dos voces. Ella, una mujer temerosa de perder a su marido; él, un poeta y ex revolucionario frustrado. En esos años publica también Arturo, la estrella más brillante, una obra menor y El Portero (Tusquets, 2004), la historia de un exiliado cubano en Manhattan, portero de un gran edificio de apartamentos con grandes dificultades para adaptarse al american way of life. En esa década publicó también El Asalto, una historia atroz de un hombre que busca a su madre para matarla con sus propias manos y termina transformado en un agente de la seguridad del Estado y El color del verano (Tusquets, 1999), su última novela, que transcurre en una Cuba gobernada por un esperpéntico dictador de nombre Fifo en la que todas las ilusiones se han desvanecido y el horror se ha instalado como único mundo posible.

Esas obras sombrías las redactó en Nueva York, donde se instaló y en la que en 1987 le diagnosticaron SIDA, “un mal perfecto —escribe en el prólogo de Antes que anochezca— porque está fuera de la naturaleza humana y su función es acabar con el ser humano de la manera más cruel y sistemática posible”. La peste que golpea a los homosexuales en aquellos años no tiene cura, por lo que las enfermedades más terribles se ceban con su indefenso organismo. De su regreso de una de las tantas excursiones al hospital durante el año en que le hicieron el diagnóstico, cuenta: “me arrastré hasta una foto que tengo en la pared de Virgilio Piñera, muerto en 1979, y le hablé de este modo: ‘Óyeme lo que te voy a decir, necesito tres años más de vida para terminar mi obra, que es mi venganza contra casi todo el género humano’”. El 7 de diciembre de 1990, harto de soportar la humillación de la enfermedad y el dolor, Reinaldo se suicidó. “Me voy sin tener que pasar primero por el insulto de la vejez”, escribió en sus últimas páginas de extrema lucidez.

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