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La curiosidad como forma de vida

Fundador de la revista Etiqueta Negra, este peruano ha alcanzado un lugar central en el periodismo latinoamericano gracias a su oficio como editor y cronista.

2010/03/15

Por Especial Hay

El hombre que aparece en esta foto es un peruano obsesivo que se acostumbró a vivir entre paradojas: no es religioso pero nació el 25 de diciembre (de hace 40 años); es adicto al chat y otras facilidades tecnológicas, pero no sabe conducir; le sobra fama y reputación, pero a veces le falta dinero; se la pasa viajando, pero sus destinos suelen ser las mismas ciudades latinoamericanas.

Julio Villanueva Chang, “el chino tropical”, como lo bautizó Héctor Abad, tiene al menos tres grandes talentos: es un editor emblemático, es un profesor célebre y es un cronista de talla internacional. Su oficio de cronista ha sido injustamente opacado por la celebridad que ha alcanzado como inventor de la revista Etiqueta Negra, una publicación que se convirtió en culto desde que apareció en el mercado, a mediados del año 2002, y que rápidamente se convirtió en la plataforma más importante del periodismo narrativo en lengua española, bajo el reconocimiento de publicaciones como The New York Times, The Guardian, Foreign Policy y N+1 (el editor de esta revista, Mark Greif, llegó a decir de Etiqueta que estaba mejor conectada que The Paris Review, más osada que Esquire y de mejor presentación que The New Yorker).

En Etiqueta Negra colaboraban Martín Caparrós, Juan Villoro, Fernando Savater, Jon Lee Anderson y demás plumas maestras del periodismo literario, convocadas a pesar de las limitadas condiciones económicas del proyecto. A pesar, o quizás justamente gracias a ellas, porque como dijo a propósito Alan Pauls, también colaborador de esas páginas, “muchas veces las cosas más precarias son las condiciones para que las cosas se hagan más puras, más cerca de la idea original que les permitió nacer”.

¿En qué momento apareció este personaje, salido de la sala de redacción del periódico El Comercio, para llevar a cabestro a las mejores firmas del periodismo narrativo y ponerlas a marchar a su antojo? En el momento en que los hermanos Jara, dos empresarios limeños dueños de una imprenta, decidieron ingresar al negocio de las comunicaciones con una idea elemental: montar una revista de negocios.

Nadie ha podido saber cómo los convenció de que, a cambio de ello, editaran una revista literaria, pero desde entonces el mundo editorial en lengua española ganó uno de los productos que más han brillado en los últimos años, y Villanueva Chang se convirtió en referente obligatorio: su revista abrigó una cofradía de grandes autores para los cuales el mejor pago era ver que hacían parte del milagro de cada edición, y que pertenecían a algo tan mágicamente elaborado.

Además de inventar temas y de invitar firmas, Villanueva Chang demostró que un editor no es un coordinador editorial; que editar no es lo mismo que arrear artículos hacia el cierre de edición, como si se tratara de vacas, sino un oficio anónimo, pulcro y riguroso, que consiste en ayudar a cada autor para que encuentre su voz propia y dé la mejor versión posible del texto que trabaja.

El prestigioso Jorge Herralde, padre de Anagrama, dijo ni más ni menos que “los textos sufren el vigoroso tratamiento de Villanueva Chang, un maniático del editing, como en su día lo fue Bill Buford en Granta”. Y Jean François Fogel, consejero editorial de Le Monde, dijo: “Villanueva me pareció a la altura de su leyenda: un editor fenomenal, que ayudó, por ejemplo, a José Carlos Paredes, un periodista de televisión peruano, a escribir un artículo tan bueno que recibió el Premio Nuevo Periodismo en la categoría de texto”.

El año pasado Villanueva Chang se retiró del fragor diario de Etiqueta Negra, aunque aún es su consejero. Su reputación y vocación pedagógica le hicieron intensificar sus labores de profesor en las salas de redacción de los diarios más importantes de América. Este semestre, por ejemplo, dictará un taller de edición en El Tiempo. También ha sido profesor en aulas de Yale y New York University, y expositor de la Harvard’s Nieman Conference on Narrative Journalism, lo cual marca otra paradoja: es profesor de periodismo, pero nunca estudió periodismo. Aprendió formalmente los trucos del oficio cuando ya ejercía, como becario de la Fundación Nuevo Periodismo en talleres con Gabriel García Márquez, Alma Guillermoprieto, Tomás Eloy Martínez y Ryszard Kapuscinski, y en clases maestras con Gay Talese y Susan Orlean, y en el Harvard’s Nieman Seminar for Narrative Editors.

Con todo, hay que insistir en que su faceta de cronista puede ser la mejor. Ha publicado en los medios latinoamericanos más destacados, como Letras Libres y Reforma, de México; La Nación y Radar, en Página 12, de Argentina; y El País Semanal, La Vanguardia, Letra Internacional, y el periódico Público, del cual es columnista dominical desde su fundación, de España.

Es tan riguroso en la investigación como creativo en las estrategias narrativas que utiliza; de una caries de García Márquez elaboró una crónica mítica, “García Márquez va a al dentista”, referente obligatorio en la producción de periodismo literario de esta década; sus perfiles esmerados sobre personajes como el chef Ferrán Adrià y el tenor Juan Diego Flórez consiguieron que su presencia sea habitual en revistas a las cuales acceder es todo un privilegio intelectual, como la importantísima The Virginia Quarterly Review, una publicación gringa de cultura que en su edición de otoño de 2007 publicó en veinticuatro páginas un singular perfil sobre Apolinar Salcedo, el ex alcalde caleño.

Alguna vez un presentador español le preguntó cómo prefería que lo presentaran: si como editor, profesor o cronista. Villanueva Chang respondió con una síntesis de lo que lo ha marcado como intelectual: pidió que simplemente dijeran que era un curioso. Ese, en realidad, ha sido su oficio: mantener los ojos abiertos y el apetito vivo; encontrar en el ordinario material del que está hecho la vida las luminosas historias que nos rescatan del tedio.

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