El escritor bogotano Antonio Ungar fue merecedor del Premio Herralde de Novela por la obra "Tres ataudes blancos".

La decisión de Ungar

Antonio Ungar es el primer colombiano en ganar el Herralde de Novela, creado hace 27 años y uno de los pocos premios literarios con prestigio que quedan en España. Muy tímido, nada chistoso, ha escrito una novela que hace que el lector se parta de risa. Una parodia genial del sistema de poder en Colombia.

2010/12/15

Por Francisco Barrios

Uno habría pensado que, si Antonio Ungar se ganaba algún premio literario importante, iba a ser con un libro evocativo y melancólico como Las orejas del lobo (2006), su novela anterior, más parecida a él. Pero Tres ataúdes blancos, su última novela, es otra cosa. En ella, Ungar cuenta las aventuras de José Cantoná, un treintañero gordo, pusilánime, alcohólico y llorón, que de pronto se ve en el centro de una conjura política en la imaginaria república de Miranda. La primera escena del libro recuerda el comienzo de El hada carabina, de Daniel Pennac, y en algunos momentos el tipo de humor que discurre por sus páginas evoca al del checo Bohumil Hrabal: es un humor negro provocado por situaciones violentas que no suceden en la realidad. Lo curioso es que Ungar no es un tipo chistoso, y esta novela es chistosísima. “Se la mostré a un amigo al que siempre le muestro todo antes de publicarlo. Me dijo que le parecía una estupidez”, afirmó en la entrevista.

 

Antonio Ungar nació en Bogotá en 1974. Estudió Arquitectura en la Universidad Nacional, se graduó, ejerció su profesión durante cuatro años, y no le fue mal. Pero siempre estaba pensando en argumentos posibles para historias y, a los veinticinco años escribió algunos de esos argumentos y armó un libro de relatos inquietantes llamado Trece circos comunes.

 

Ungar es persistente, pero no parece porfiado. Sin embargo, consiguió que Moisés Melo, entonces editor de Norma, se interesara en su colección de cuentos: todo un logro en un país en el que el cuento es un género de segunda categoría y más si su autor es un desconocido, como era el caso). Trece circos comunes recibió un par de buenas críticas en la prensa y, entre sus amigos, causó cierta sorpresa porque hasta entonces pocas personas sabían que Antonio escribía. Al discreto éxito de ese primer libro siguió otro libro de cuentos, De ciertos animales tristes (2001) y el autor empezó a ser publicado en antologías de escritores jóvenes. Entonces Ungar, que dice escribir, “para satisfacer una necesidad superior a mí mismo”, dejó la arquitectura y dejó Bogotá. Viajó a Barcelona decidido a seguir escribiendo, pero no pudo escribir gran cosa y, como todos los inmigrantes, tuvo que trabajar en lo que saliera (sobre todo en escribir libros por encargo, como “El cuidado del perro”).

Mientras estaba en España, Piero Salabé, un traductor y editor especializado en la detección de nuevos talentos, visitó la Feria del Libro de Bogotá y leyó Trece circos comunes. Sabalé era amigo del escritor chileno Roberto Bolaño, quien para entonces ya era un autor de culto, a quien entregó los dos libros de cuentos de Ungar. Bolaño llamó un día a Antonio y lo invitó a tomarse un café (algo que solía hacer con escritores jóvenes). Más adelante, en una conferencia en Sevilla, el chileno mencionó al colombiano como uno de los autores latinoamericanos para tener en cuenta en el futuro. Este reconocimiento confirmó a Ungar en su decisión de escribir.

 

De los cinco años que vivió en Barcelona (en los que hubo un hiato de un año en México) surgió Zanahorias voladoras (2004), su primera novela, cuyo protagonista, un inmigrante colombiano, termina en la indigencia, en las calles de Roma. Sin embargo, a pesar de lo poco esperanzadora que resulta la historia, hay en la novela una promesa de redención que, si bien no llegó para el protagonista, tal vez sí llegó para el autor con La orejas del lobo, su siguiente libro. En esta novela, Ungar encara lo que quizás constituya el tema subyacente a todos sus libros: la ausencia de su padre, quien murió cuando él era niño. Quise confirmar mi opinión y se lo pregunté: “Tal vez. En todas mis novelas me invento papás”, contestó.

 

Antonio Ungar padre era hijo de Hans Ungar, un judío vienés cuya familia había tenido un almacén de ropa en Viena a comienzos del siglo XX. Un día de 1938, Fritz, el hermano mayor de Hans, fue detenido por la policía. En un comienzo sus padres pensaron que tal vez se trataba de una detención de rutina, pero al pasar los días y no recibir razón de su hijo, comprendieron que la causa de su arresto era su origen étnico. Con la inminente expansión del Tercer Reich por toda Europa, los padres embarcaron a su hijo Hans rumbo a Colombia. Los meses pasaron y Hans, ya en Bogotá, conminó a sus padres a que también hicieran el viaje, lo cual resultaba imposible, ya que Fritz seguía detenido. Un buen día, Hans dejó de tener noticias de su familia. Tiempo después, una antigua novia de su hermano llegó a Bogotá con la noticia de que sus padres también habían sido detenidos y enviados a un campo de concentración. Después de la guerra, Hans se enteró de que Fritz no habia sobrevivido. Sus conocimientos de enfermería le habían permitido vivir en unas condiciones un poco más benévolas que las del resto de los prisioneros pero al final también fue asesinado, al igual que sus padres.

 

 Hans trabajó como contador en Bogotá, organizó los primeros desfiles de moda en la ciudad y fue cliente asiduo de la Librería Central, ubicada en el Pasaje Santafé, cerca a la Plazoleta del Rosario. En algún momento los dueños de la librería le manifestaron su deseo de vender el negocio. El joven inmigrante no tenía cómo comprarla, así que llegó a un acuerdo: trabajaría en la librería e iría abonando el capital mes a mes. Así fue como Hans Ungar se hizo a la Librería Central, en la que robaban libros los entonces jóvenes Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis, entre otros.

 

En un paseo organizado por la colonia austríaca a Útica, Cundinamarca, Hans conoció a Lili Bleier, con quien se casó. En la casa de los abuelos de Antonio Ungar se hablaba mucho más de política que de literatura, y tal vez es ese ambiente el que sale a flote en Tres ataúdes blancos.

 

En 2005, después de la publicación de Zanahorias voladoras, Ungar fue invitado a la residencia de escritores de la Universidad de Iowa. Allí conoció a la escritora palestina Zahiye Kundos, con quien se casó y vivió en Jaffa del 2006 al 2008. Fue allí donde escribió la novela ganadora del premio Herralde: “Me demoré un año escribiéndola, pero como me estaban pagando por una corresponsalía, podía dedicarle hasta diez horas diarias. Mientras estaba en Jaffa leía por internet sólo el comienzo de las noticias de Colombia y después me inventaba los finales. En un primer borrador de la novela metí noticias reales, como la de unos paramilitares que jugaban fútbol con la cabeza de una de sus víctimas, pero resultaban inverosímiles”. Le insisto en que en mi lectura encontré una sátira política: “Si quiere diga que fue una terapia. Porque lo fue”. Pero además de una terapia, Tres ataúdes blancos es una parodia de las novelas de dictador, tal vez porque la única forma de escribir literatura sobre la barbarie de Miranda (o de Colombia) sea a través del humor: “Es que contado en serio, no sale”. Pero como Ungar sí es serio, lo que le salió es algo que de alguna manera recoge el sentimiento de muchos de su generación. Esto último, y el que Tres ataúdes blancos sea parte de un proceso de escritura (personal, inacabado y ambicioso), es lo que hace de esta novela un libro tan interesante como la vida de su autor.

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