La escritora pereirana Albalucía Ángel.

La desvirolada

Escapó a tiempo del realismo mágico. Hizo todo lo que estuvo a su alcance para no volver a Colombia. Esta es la historia, plagada de giros, del exilio voluntario de la revolucionaria novelista pereirana que R.H Moreno-Durán llamó "la única flor femenina del capítulo colombiano en Barcelona".

2010/10/14

Por Rigoberto Gil Montoya

“Mi decisión de no regresar nunca más a Colombia la tomé en el año 1984, fecha en que murió mi padre, y la motivación fue absolutamente apoyada por mi conciencia”, escribía Albalucía Ángel el 30 de marzo de 1998, desde Gaithersburg, Maryland, en respuesta a una invitación que le hiciera el entonces director de la Biblioteca Pública de Pereira, Edison Marulanda, para que asistiera a un homenaje que le rendiría la ciudad durante sus fiestas.

Pero como nunca se puede decir nunca, Albalucía Ángel regresó a su país en septiembre de 2006 y participó como invitada especial en el III Encuentro de Escritoras Colombianas. Aprovechó su visita para pasar una breve temporada en el verde del Quindío y aunque estuvo cerca de su ciudad natal, se mostró reacia a asistir a un simposio sobre su obra, organizado por el escritor César Valencia en la Universidad Tecnológica de Pereira. Sus negativas se suman a la leyenda que por mucho tiempo se ha tejido en los círculos locales sobre su extraña personalidad y las emotivas relaciones con la tierra de su ancestro: “¡Traidora!, me decía, ¿cuándo vas a gritarlo a toda voz como solías hacerlo entonces y te llamaban excéntrica, ‘desvirolada de Pereira’?”, leyó Ángel en su texto “Con la patria a cuestas”, al inaugurar el Encuentro de Escritoras.

De leyendas está hecha la vida del artista y la de Albalucía Ángel empezó en 1939, en Pereira, la ciudad que ayudaron a fundar sus parientes en la segunda mitad del siglo XIX. Desde muy niña, cuando aún no sabía que sería una escritora, Ángel comenzó a almacenar las imágenes que aparecen en su obra. Pero antes vendría su formación, sus devaneos con la poesía adolescente, su primer acercamiento a la obra de Lewis Carroll. Vendría también el discurrir de una vida de provincia, sin límites entre el casco urbano y las grandes haciendas, y donde el comercio era el eje de la vida cotidiana. Por eso no sorprende que, a sus dieciséis años, miembros del comercio local la escogieran como una de las dos candidatas a la Corona del Comercio Nacional. El Diario de Pereira, en su edición del 6 de abril de 1955, catalogó el evento como algo trascendental para la ciudad y añadió que “Doña Alba Lucía presta sus servicios en el almacén de su señor padre y frecuentemente pasa agradables temporadas de descanso en la ciudad de Barranquilla”.

Pero catorce días después de aquella noticia, El Diario anunció en primera página que doña Lucy Mejía había sido proclamada candidata única del certamen en los salones del Club Rialto, en vista de que la otra “damita” “hubo de retirar su nombre, en obedecimiento a razones muy poderosas de índole absolutamente particular”. Años atrás Albalucía ya había sido portada de la revista Variedades: “Morena, de unos bellos ojos, que enmarcan sus pestañas. Boca pequeña y hermosa nariz, un tanto respingada”. Su silueta aún seguía ocupando las secciones Bellezas Femeninas y Damas Pereiranas, pero “razones muy poderosas” la llevaron por otra ruta. Aparecía la rebelde, la desvirolada.

A los diecinueve años, Ángel entró en contacto con los miembros de La Cueva de Barranquilla, y se atrevió a mostrarles sus primeros textos literarios: “Yo entré a La Cueva invisible, y así salí”, recordaba en una entrevista con la BBC de Londres. Álvaro Cepeda fue su primer lector, y la animó a cultivar el género del cuento y a olvidarse de la poesía. También le entregó el manuscrito de su novela La casa grande: “Fue la primera vez en mi vida que tuve el manuscrito de un escritor. Y él me preguntó qué opinaba de esa novela”. Luego entraría en contacto con Gonzalo Arango, en Bogotá, por la época en que estudiaba Historia del Arte en la Universidad de los Andes y viajó con la crítica Marta Traba a los Estados Unidos a visitar museos, junto con otros estudiantes. Después decidió irse a vivir a Europa, sin importar mucho a dónde, para tomar distancia de un estilo que imperaba en gran parte de su país: el grecolatinismo de los hermanos Villegas.

Colombia perdía una reina, pero ganaba una escritora que había sentido los vientos renovadores del Grupo de Barranquilla —influenciado por la tradición anglosajona— y la lluvia torrencial de los poetas nadaístas, enfrentados con histriónica ironía a una sociedad conservadora. Lo otro era el desarraigo, escapar a la convención, hacerse andariega: “Si me hubiera en Pereira habría terminado en el río Otún con una piedra en el cuello, como Virginia Woolf”.

En un fragmento de La augusta sílaba, en su “Capítulo catalán”, R.H. Moreno-Durán recuerda que la primera en radicarse en Barcelona fue Albalucía Ángel y que a ella le siguieron Luis Fayad, Carlos Perozzo, Óscar Collazos, Ricardo Cano Gaviria y el propio Moreno-Durán. Estos autores buscaban expresarse más allá del realismo mágico y mercados menos locales para hacer circular sus primeros libros. A mediados de los sesenta, en España, los influjos del boom latinoamericano se convirtieron en una poderosa alternativa cultural y de resistencia a la asfixiante realidad del franquismo. No era gratuito que Ángel, “la única flor femenina del Capítulo colombiano en Barcelona” –con ese epíteto cursi la llama el autor de Juego de damas–, se ganara la vida como hippy cantando música de protesta en los bares y balnearios de temporada, con los acordes de una guitarra japonesa que su amigo Luis Moreno le había comprado en una prendería de su ciudad natal por cien pesos.

Ángel terminó de escribir su primera novela en Roma, bajo la tutela del chileno Alberto Baeza Flores, mientras cantaba y tocaba la guitarra dos veces a la semana en el Folk Studio por ocho dólares la noche. Los girasoles en invierno, que recibió mención en el Concurso Esso de Literatura en 1966, cuenta la historia de Alejandra, una mujer solitaria, imaginativa y sensible, que espera en el cafetín de un París lluvioso la llegada de alguien que jamás cumple la cita. La larga y tediosa espera le servirá para crear un mundo de ensoñación, ligado a ese otro mundo sideral que imaginó Bradbury: “la ciudad esperaba con sus vidrios y sus negras paredes de obsidiana, y sus altas torres y sus desnudas torrecillas, con sus calles desiertas y sus limpios pestillos, sin papeles ni huellas digitales”, se lee en la novela.

Las circunstancias que rodearon la publicación de esta primera novela no distan de la de muchos escritores colombianos en sus inicios. Ángel le contó a la BBC que hizo una colecta familiar y publicó mil ejemplares de la obra, con la ayuda de Gonzalo Arango y José Antonio Moreno, en los talleres de Editorial Bolívar, la linotipia que un pereirano administraba en Bogotá. La portada la hizo Luis Caballero y el diseño del libro Luciano Jaramillo. Al padre del nadaísmo le dio cien ejemplares para que los regalara, mientras ella hacía lo propio con otro montón de libros, “y el resto los quemó mi hermano una vez en fogata pública”.

La que escribe Los girasoles en invierno es una mujer vinculada al espíritu iconoclasta y experimental de los narradores del boom. No es del todo casual que Ángel haya sido una de las primeras lectoras de La casa grande, una obra que debe su rumor de voces a aquella novela de John Dos Passos titulada Manhattan Transfer. La apuesta por una escritura fragmentaria sigue advirtiéndose en su segunda novela, Dos veces Alicia (1970), cuando, a través de los destinos que habitan la pensión de la señora Wilson, se teje una intrincada relación con dos obras de Carroll, Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo. Pero será en su más impactante novela, Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón (1975), donde Albalucía demostrará sus dotes de narradora moderna.

El sólo hecho de que la escritora regresara al país en 1972 con el afán de emprender una investigación y acopiar materiales “para que hubiera diferentes puntos de vista”, como en su momento se lo contó a la periodista Gilma Jiménez, la convierte en una narradora distinta con una conciencia de escritura que la liga a ese clima que el ensayista Valencia Goelkel bautizó como la “mayoría de edad” en las letras latinoamericanas. De ahí que Ángel defendiera en su obra la construcción de una estructura que, en el plano político, recurría a material documental, y, en el plano ropio de la ficción, se valía de material epistolar, sin dejar de lado los juegos temporales y el uso de un lenguaje que al propio García Márquez le llamó la atención: “Como dice Gabo, yo no escribo a la moda colombiana sino como hablaba mi abuela”.

El atrevimiento era evidente y quizá fue eso lo que advirtieron Álvaro Mutis y Fernando Charry al premiarla en la Bienal de Novela “Vivencias” de Cali en 1975. Pero este mismo atrevimiento fue visto de reojo por algunos críticos literarios, que aunque reconocieron en su obra un distanciamiento de los asuntos macondianos y un tratamiento renovador de la ficción, al manipular y jugar con documentos históricos, textos políticos, canciones infantiles y cánticos religiosos, no dejaron de manifestar su incomodidad frente a una novela “bien difícil de explicar” en su composición formal, como lo escribiera Óscar López: “Es sin lugar a dudas la novela más compleja que se haya escrito en Colombia, lo cual es una forma elegante de decir que es probable que no la entienda nadie”, publicó en El Espectador en 1975.

Después de su Pájara pinta, la obra de Albalucía Ángel derivó en búsquedas personales excéntricas que la llevaron a convertirse en la mensajera de una “nueva conciencia” para solaz de cierta corriente feminista que entiende la literatura como reivindicación y ajuste de cuentas con la historia de las mujeres oprimidas. De ahí que la escritura críptica y simbólica que impera en Misiá señora (1982) y Las andariegas (1984) le haya valido interpretaciones de toda índole, cuando se presume en sus personajes la prolongación de un pensamiento esotérico, acompañado de una pulsión mesiánica, exacerbada, frente a lo que la escritora denuncia como una realidad propia de la decadencia.

Mi encuentro con Ángel sucedió en octubre de 2007. Quería conocer a la escritora que declinó una corona para dar vida a personajes inolvidables como Alejandra la girasol y Ana la pájara. Hacía parte de un nutrido grupo de seguidores, entre los cuales recuerdo a Orlando Mejía, Darío Henao y Óscar Osorio. En vista de que no fue posible que aceptara la invitación al homenaje que César Valencia organizó para ella en Pereira, fuimos a su encuentro hasta las colinas brumosas de Salento, en el Quindío. Diría que fue un encuentro desafortunado. Me impresionaron su cuerpo de mujer pequeña y su atuendo de hippy anciana, aunque me impactó aún más la furia con que fuimos recibidos. Reprochaba que a su homenaje hubieran sido invitados seres por los que ella profesaba un rencor vivo. Sentenció que en Pereira convergían todas las corrientes negativas, tanto, que por allí habitaba un diablo poeta. Estaba desvirolada, pensé, y quizá por eso pretendía pontificar con argumentos que yo había leído en los poemas y manifiestos de su amigo Gonzalo Arango.

De malas vibraciones y fuentes de energía, de fuerzas malignas y verdades sagradas habló esa tarde en las alturas de Salento, mientras la escuchábamos incrédulos. Un amigo me contó que la escritora había convertido su vida en un complejo ritual de prejuicios y por eso no le extrañaba que anduviera para todos lados con sus cucharas de palo, ya que no era conveniente, en la confluencia de energías, según ella, usar cubiertos metálicos. Extrañé a esa fresca muchacha que se había ido con su guitarra a vivir el sueño del artista en Barcelona y luego retornaría para adelantar la investigación que le abrió las alas a la Pájara pinta. Extrañé a la cuentista de ¡Oh gloria inmarcesible! (1979), que vivía sorprendida, alegremente, con el color local de su país. La mujer que esa tarde de octubre echamos de menos, es la que tiene un lugar asegurado en la breve historia de la literatura colombiana.

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